¿Me ha convertido mi smartwatch en un hipocondriaco?

¿Me ha convertido mi smartwatch en un hipocondriaco?

Llevamos años metidos en una carrera tecnológica que parece no tener techo. Primero fueron los pasos, luego las pulsaciones y ahora tenemos electrocardiogramas, niveles de oxígeno en sangre y hasta todo lo que hace nuestro cuerpo mientras dormimos. Lo que pasa es que, lo que empezó como una herramienta bastante útil para deportistas, se ha convertido en una especie de consultorio médico de muñeca que no deja de lanzarnos notificaciones y que, por desconocimiento, puede llegar a obsesionarnos… demasiado. Entiende a tu reloj El problema es que los fabricantes nos venden datos, pero no nos dan contexto.

Tenemos gráficas preciosas y colores llamativos en la pantalla del móvil, pero la mayoría de los usuarios ni sabe lo que significa. Por eso hay quien se asusta cuando ve una caída en la frecuencia cardíaca en ciertos momentos del día o un pico de estrés a las tres de la tarde. Esto no quiere decir que algo marche bien, pero al verlo, nos genera una ansiedad innecesaria que los expertos ya han empezado a bautizar como hipocondría digital. Lo que nació como la búsqueda en Google de cualquier mínimo síntoma que sintamos, ha derivado en una dependencia extrema de los wearables sin saber qué y cómo nos miden.

Y lo que pasa es que estas métricas, en muchos casos, tienen un margen de error considerable. Como alguien que lleva probando wearables desde que eran simples trozos de plástico con tres luces LED, he visto la evolución de estos sensores. Son maravillas de la ingeniería, de eso no hay duda, pero no son dispositivos médicos de grado hospitalario. De hecho, ya hemos hablado de cómo los médicos reniegan de este tipo de productos.

Un mal ajuste de la correa o un simple movimiento del brazo pueden alterar un resultado y disparar todas nuestras alarmas mentales. Y, al final, estamos delegando nuestra tranquilidad en un algoritmo que no sabe si hemos dormido mal porque estamos enfermos o simplemente porque el vecino ha hecho ruido. Esta vigilancia constante nos está robando la capacidad de escuchar a nuestro propio cuerpo. Antes sabíamos si estábamos cansados simplemente por cómo nos sentíamos al levantarnos de la cama.

Ahora, mucha gente no se siente cansada hasta que su reloj le dice que su «puntuación de sueño» es de 50 sobre 100. Le damos más valor a lo que dice un sensor de 200 euros que a nuestras propias sensaciones físicas, dejando de lado el sentido común. Si a eso le sumamos la presión por cerrar los «anillos» de actividad o por mantener una racha de pasos, podemos ir un poco más allá. Si no llegas al objetivo, el reloj te castiga con una alerta que, más que en una motivación, es una carga mental que se suma al estrés diario que se olvida de algo igual de importante que hacer deporte: descansar.

Relájate Entiéndeme, un reloj inteligente puede ser un aliado fantástico para detectar anomalías graves o para animarnos a movernos un poco más, pero nunca debería ser la fuente principal de nuestra salud. Si te sientes mal o crees que hay hábitos que deberías cambiar, fíate de tu médico y consulta a un especialista.