Durante décadas, la energía en el espacio ha sido un problema casi invisible para el público, pero fundamental para cualquier misión. Cada satélite, estación espacial o vehículo orbital depende de sus propios paneles solares y baterías, como si cada aparato tuviera que cargar permanentemente con su pequeña central eléctrica a cuestas. Eso limita su tamaño, su autonomía y, sobre todo, lo que puede llegar a hacer. Ahora, una empresa estadounidense llamada Star Catcher quiere cambiar esa lógica con una idea que parece salida de la ciencia ficción: crear la primera red eléctrica espacial del mundo.
La compañía acaba de recaudar 65 millones de dólares para desarrollar un sistema capaz de transmitir energía entre satélites mediante láseres infrarrojos. La idea, en esencia, es sencilla: un satélite recolecta energía solar y la envía inalámbricamente a otro vehículo en órbita que la necesita. Como una especie de “wifi eléctrico” orbital. La comparación más cercana sería imaginar un dron que nunca necesita aterrizar para recargarse porque recibe energía continuamente desde otra plataforma.
Solo que aquí hablamos de satélites moviéndose a más de 28.000 kilómetros por hora alrededor de la Tierra. La empresa asegura que su sistema podrá transmitir cientos de vatios de potencia inicialmente, con el objetivo de alcanzar varios kilovatios en el futuro. Puede sonar poco comparado con una central eléctrica terrestre, pero en el espacio esas cifras cambian completamente de escala. La Estación Espacial Internacional, por ejemplo, genera entre 75 y 90 kilovatios usando enormes paneles solares que ocupan una superficie similar a un campo de fútbol.
Un satélite convencional de comunicaciones suele operar con entre 1 y 20 kilovatios. Y muchos pequeños satélites o cubesats funcionan con apenas decenas de vatios: menos que una bombilla doméstica. Eso significa que transmitir incluso unos pocos cientos de vatios de forma inalámbrica en órbita podría duplicar temporalmente la capacidad energética de numerosos satélites pequeños sin necesidad de añadir paneles más grandes ni baterías adicionales. La clave del proyecto está en los láseres infrarrojos.
En lugar de enviar electricidad mediante cables, imposible entre objetos separados por cientos de kilómetros en el vacío, el sistema convierte la energía en un haz de luz concentrado que viaja hasta otro satélite equipado con células fotovoltaicas especiales capaces de reconvertir esa luz en electricidad. La física detrás del proceso no es nueva. De hecho, la transmisión inalámbrica de energía lleva décadas estudiándose. Nikola Tesla ya fantaseaba con algo parecido a finales del siglo XIX.
Pero hacerlo en la Tierra presenta enormes pérdidas energéticas debido a la atmósfera, las nubes o las interferencias. En el vacío espacial, en cambio, el entorno es mucho más favorable. Y ahí es donde la idea empieza a resultar verdaderamente interesante. Porque el objetivo de Star Catcher no es simplemente alimentar satélites aislados.
Su visión es crear una infraestructura energética orbital compartida. Una suerte de red eléctrica espacial donde diferentes vehículos puedan “conectarse” temporalmente para recibir energía cuando la necesiten. Eso podría cambiar muchas cosas. Actualmente, una parte enorme del peso de los satélites corresponde a sistemas energéticos: paneles solares, baterías, mecanismos de despliegue y protección térmica.
Si parte de esa energía pudiera recibirse externamente, los satélites podrían ser más pequeños, más ligeros y mucho más baratos de lanzar. Además, permitiría mantener operativos sistemas que normalmente quedarían inutilizados al entrar en sombra terrestre o al agotar sus baterías. Incluso podría alimentar futuras estaciones espaciales privadas, bases lunares o vehículos de exploración profunda. La idea encaja especialmente bien con la nueva carrera espacial comercial.
Solo en la última década, el número de satélites activos en órbita se ha multiplicado varias veces, impulsado por compañías como SpaceX, Amazon o OneWeb. De hecho, en toda la historia espacial, hasta 2013, se habían lanzado unos 7.000 satélites. Hoy hay más de 10.000 activos simultáneamente alrededor de la Tierra. La órbita terrestre está dejando de ser un espacio reservado para agencias gubernamentales y empieza a parecerse más a una infraestructura industrial en expansión.
Y toda infraestructura industrial necesita energía. Por supuesto, todavía quedan enormes desafíos técnicos. Apuntar con precisión un láser entre objetos que se desplazan a velocidades orbitales no es trivial. También hay pérdidas energéticas en cada conversión: electricidad a luz, luz a electricidad.
Y cualquier sistema basado en haces energéticos debe resolver cuestiones de seguridad y regulación internacional. Pero incluso si la eficiencia inicial es limitada, el concepto tiene una ventaja enorme: rompe con la idea de que cada satélite debe ser energéticamente autosuficiente. Es, en cierto modo, el mismo salto conceptual que ocurrió con internet. Los primeros ordenadores eran islas independientes.
La revolución no llegó cuando se hicieron más potentes, sino cuando empezaron a conectarse entre sí. Ahora el espacio podría estar acercándose a un cambio parecido. No solo una red de satélites, sino una red de energía orbital. Y eso trae nuevas polémicas sobre seguridad, monopolio y ciberataques a una red de la que depende gran parte de nuestro modo de vida actual. ✕