El baloncesto, en su versión de élite, es un deporte muy complejo. Un cúmulo de ajustes y contra-ajustes, de esquemas con mil opciones basadas en estadística avanzada para responder a posibles planes y sus respectivas variantes del rival en lo que acaba siendo prácticamente una partida de ajedrez andante en tiempo real. A veces. Otras veces, puede llegar a ser una caótica sucesión de carambolas que haría palidecer a cualquier escena de la saga de Destino Final.
Y ha sido esta segunda versión la que se ha desplegado en el Little Caesars Arena durante el crucial Game 5 entre Pistons y Cavaliers, en el que estos segundos han terminado imponiéndose por un sufrido y peleado 113-117. Un resultado que, con una extraña mezcla de sensaciones en las que, con todo, prima sin duda la alegría, los deja a un solo paso de las Finales del Este y de elevarse al top 4 de la liga en estos extrañísimos playoffs. La cara y la cruz El vivido en Detroit fue uno de esos choques en los que la única constante es, paradójicamente, la inconsistencia colectiva. Casi como si el partido se reiniciase cada dos minutos, las virtudes que encumbraban a un equipo podían desaparecer de repente y dar un vuelco al choque, un jugador que llevaba media noche sin anotar un tiro podía despertar de la nada y dar un impulso a los suyos.
Los parciales iban y venían y cada vez que un bando parecía tomar el control era solo cuestión de ver cómo iba a perderlo a continuación. Lo cual dio lugar a un encuentro que sirvió para reflejar a la perfección las luces y sombras de cada uno. En los Pistons, brillaron los tramos de agresividad defensiva que les permitían robar y correr y que les hicieron sumar 20 puntos tras pérdida al descanso, brilló Cunningham con 39 tantos, brilló la omnipresente energía de Ausar Thompson. Pero a su vez, destacaron para mal la irregularidad de Tobias Harris como segunda espada, las limitaciones para crear en media pista especialmente cuando llegó el 2 vs 1 a Cade, el una vez más desastroso rendimiento de Duren.
En los Cavs, por su parte, hubo momentos para ilusionarse con la capacidad del equipo de igualar el nivel físico de un rival más atlético, con los chispazos de acierto exterior de Strus y Merrill, con la capacidad de Harden para echarse el equipo a la espalda con sus 30 puntos. Como también hubo momentos para preocuparse por la enorme cantidad de pérdidas tontas, por las desconexiones ofensivas, por los apagones de Donovan Mitchell que empiezan a ser más frecuentes de lo debido. Y claro, todo ese batiburrillo de idas y venidas acabó dando lugar a un perfecto juego de suma cero que llevó el choque a la prórroga. Lo tuvo en su mano Detroit, que ganaba por 103-94 a falta de menos de tres minutos, lo tuvo en su mano Cleveland, que contó con posesión para llevarse el triunfo, y al final en una curiosa aplicación de la ley salomónica ninguno de ellos recibió nada y todo quedó dispuesto para decidirse en cinco minutos de tiempo extra.
La cuestión es si debió ser así. AUSAR THOMPSON WITH THE BLOCK 😮 — NBA (@NBA) May 14, 2026 WE ARE HEADED TO OT IN DETROIT ON ESPN. pic.twitter.com/7Ezdb0lgbM Porque, en una acción que marcó el choque y que puede marcar la serie si acaba cayendo del lado de los de Atkinson, Ausar Thompson pareció ser objeto de falta por parte de Jarrett Allen poco después de taponar el intento de game winner de Donovan Mitchell y poco antes de que sonara la bocina. Una falta absurda, sí, y en una acción en la que el alero no iba a obtener ninguna ventaja, lo cual fue seguramente el motivo que llevó a los árbitros a no señalar otra cosa que el final del choque. Pero, ¿falta al fin y al cabo?
En desarrollo (Fotografía de portada: Rick Osentoski-Imagn Images)