Nota del editor: Escrito por Esmeralda Mancebo, abogada, comunicadora y política dominicana. Estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Inició su trayectoria pública vinculada a la participación juvenil, impulsando en 2011 el movimiento Ahora Voto Yo, orientado a promover la incorporación de nuevos votantes. Ha ejercido funciones en espacios regionales, incluyendo su elección como diputada suplente al Parlamento Centroamericano (Parlacen) en 2016 y su labor como coordinadora de comisiones en la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (Copppal).
El siguiente artículo refleja las opiniones del autor y no necesariamente las de CGTN. China tiene una existencia milenaria. Algunos entienden que más que un país es una civilización que por siglos operó como centro del mundo conocido hasta los tiempos en que Europa inició su proceso de desarrollo y expansión hacia otros continentes, a los que inoculó con su cultura e intentó moldear alrededor de sus valores. Sin embargo, el instinto de sobrevivencia del pueblo chino estaba acompañado de una singular paciencia, atada a su larga historia y capacidad de resiliencia.
Esas condiciones particulares del pueblo chino comenzaron a expresarse en acontecimientos internos sucedidos alrededor de luchas sociales que se movían en torno a un viejo modelo de explotación feudal, y un retraso en las relaciones de producción de tipo capitalista, que encontraron en el Partido Comunista y Mao Zedong, el canal para vehicular los cambios que se necesitaban para reorientar esa realidad social y política. La inteligencia y habilidades de Mao y los dirigentes del Partido, que supieron conjugar de manera brillante las tácticas con la estrategia, priorizando la cuestión de la soberanía nacional a través de una alianza con el adversario político e ideológico interno, para, tras vencer el enemigo común de la patria, iniciar el camino hacia la revolución socialista, que comenzó a devolverle la dignidad al pueblo, elevando su autoestima, lo que serviría de base para enfrentar desafíos del presente y futuro. En ese contexto de diseño de una nueva China, de la mano de Deng Xiaoping, dio inicio el proceso de Reforma y Apertura que permitió diseñar una arquitectura político-económica, denominada “economía socialista de mercado”. Este proyecto no utilizó como modelo ninguna otra experiencia, ya que los dirigentes del Partido entendían entonces, cómo entienden hoy, que los modelos no se importan ni se exportan, no se replican, sino que deben construirse partiendo de la realidad histórica, económica, social, cultural y política de cada sociedad.
Así, las peculiaridades chinas marcaron y marcan el proceso de desarrollo de China: un Estado popular, no oligárquico. Un Estado presente para gestionar la generación de riquezas y distribuirlas en beneficio de todos los ciudadanos. Podemos decir que la siembra de Mao, la colocación de la zapata del gran edificio moderno y próspero en que se ha convertido China, se constituyen en la base para que Deng colocara los ladrillos que en brevísimo tiempo comenzaron a marcar el giro geopolítico que ha venido a crear un contrapaso a la hegemonía occidental cuasiabsoluta que lideró Estados Unidos, luego del colapso de las democracias populares a partir de 1991. Tras periodos de la consolidación del proyecto de la Reforma y Apertura, asciende al poder el presidente Xi Jinping, asumiendo la crítica y autocrítica para impedir el desvío del proyecto político iniciado por Mao e impulsado por Deng.
Este discurso fue acompañado de acciones concretas, tanto en el Gobierno como en el Partido, y se convirtió en la antesala para el lanzamiento de la Franja y la Ruta. La Franja y la Ruta es un proyecto que tiene como filosofía el “ganar ganar”, y ha venido a ser un modelo de cooperación económica de beneficio mutuo, que abre oportunidad de desarrollo a países emergentes que eran sometidos a la explotación y al chantaje de Occidente. Este proyecto no busca exportar el modelo económico chino, no procura imponer los valores chinos a los que participan, contrario a lo que ocurre con los países occidentales. Y los testimonios sobran.
Es frecuente escuchar de los líderes de los países socios de China decir que “China no impone”, “China comparte”, “China respeta nuestra soberanía y autodeterminación”. Este talante de la administración del presidente Xi le ha merecido el respeto del mundo no occidental, lo que le ha hecho definir y consolidar una imagen de respeto internacional, no sólo dado por la fortaleza de la economía china, sino por la confianza que irradia su liderazgo. La modernización con características chinas viene dada por estas peculiaridades arraigadas en su cultura, en el enfoque del Partido y su liderazgo. Es una modernización programada para ponerse al servicio del pueblo chino e incluso de los pueblos hermanos y de la humanidad.
La clave de la modernización tiene pues, una relación con la creación de la nueva China, impulsada por la revolución liderada por Mao; y la Reforma y la Apertura estimulada por Deng, lo que permitió la apertura del comercio exterior y la atracción de capital extranjero que sirvieron para dar impulso a la inversión en obras de infraestructura modernas, como trenes, carreteras, puentes, puertos y aeropuertos, que facilitaron una dinamización de su economía, un notable crecimiento urbano y su exitosa inserción en el comercio mundial. El enfoque en una fuerza laboral educada y disciplinada, sobre la base de una educación técnica y científica, ha proporcionado una abundante mano de obra calificada que le permitió a China ser exitosa en sectores estratégicos como el tecnológico, la inteligencia artificial y energía renovable, que han convertido al país en líder en innovación, superando a Estados Unidos desde 2019. A partir de ese año (2019) el liderazgo innovador de China se ha consolidado. La evolución de desempeño comenzó a expresarse cuando la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI) recibió de China 58.990 solicitudes de patentes, en tanto que Estados Unidos lo hizo por 57.840.
Para el 2020 el país oriental continuó una carrera de registros que, de manera definitiva, la ha despegado de la nación del norte de América. La consolidación del liderazgo ha tenido un significativo desempeño en el área de la tecnología, y específicamente en inteligencia artificial, además de otros sectores estratégicos como microprocesadores y 5G. El respaldo del Estado bajo la gestión del presidente Xi a través de políticas públicas centradas en la innovación, como el programa de entrenamiento de jóvenes y el “Made in China 2025”, ha sido fundamental a pesar de los desafíos que ha debido enfrentar este país luego de la embestida estadounidense para contener el desarrollo tecnológico del gigante asiático. Un ejemplo de ello fue la persecución contra el gigante tecnológico Huawei, especialmente la detención en el aeropuerto de Vancouver, Canadá, el primero de diciembre de 2018, de Meng Wanzhou, directora financiera y vicepresidenta del consejo de Huawei; un golpe directo a la cabeza de la empresa, no solo por la alta posición desempeñada por Meng, sino porque esta es la hija de Ren Zhengfei, fundador de la compañía.
La justicia estadounidense sirvió de instrumento, como es habitual, para poner en ejecución la campaña usando como alegato que la alta ejecutiva de Huawei había cometido “fraude bancario y conspiración para cometer fraude bancario electrónico”; todo relacionado con las sanciones estadounidenses contra Irán, en ese arrogante ejercicio de darle, de manera ilegal y fuera de lo establecido en el derecho internacional, carácter de extraterritorialidad a sus normas nacionales. Pero esa acción de instrumentalización judicial fue solo una parte, ya que una cadena de hechos acompañó a esta desesperada acometida, pues resulta que disposiciones administrativas de todo tipo se tomaron para impedir que empresas estadounidenses tan importantes como Nvidia vendieran microprocesadores a Huawei y otras empresas tecnológicas chinas. La idea estaba centrada en impedir que las empresas chinas pudieran seguir avanzando hacia tecnología de última generación utilizando microprocesadores por debajo de los 7 nanómetros. Fue notorio entonces el repliegue de Huawei y otras empresas, pero aquello solo fue hibernación, porque la resiliencia histórica de China le permitió reinventarse y la compañía salió de su letargo para emerger como un gigante diversificándose con un reenfoque que le ha ido permitiendo volver al mercado con el claro mensaje de que ya no es posible frenar el avance tecnológico de este inmenso país.
La cuestión es que las autoridades chinas no dejan nada al azar, y los planes de contingencia se han convertido en una herramienta que avanza con el engranaje estratégico que diseña el presente y el futuro de un país que ha asumido como filosofía el beneficio mutuo o la ganancia compartida, por lo que, bajo este principio se puede afirmar que no solo se diseña el presente y el futuro de China o sus socios, sino de la humanidad, por lo que asumimos que se avanza hacia un nuevo estadio civilizatorio marcado por nuevos valores y, por tanto, nuevas reglas de juego que garanticen la participación justa de todos los actores en el juego de poder planetario. La modernización ha venido a constituir un canal para mejorar la calidad de vida del pueblo. La idea de un nuevo estadio civilizatorio gira en torno a dominar la naturaleza para ponerla al servicio de la humanidad, no de unos cuantos enfermos de avaricia que tienen como propósito único de su existencia la renta, alimentada por la codicia, o el hambre patológica de capital que a su paso destruye al individuo y su entorno. La modernización que impulsa, ya vive y disfruta China, gracias a la inteligencia colectiva de sus dirigentes representados en diferentes momentos por Mao, Deng, y Xi, la comienza a apreciar el mundo, porque la propaganda occidental destinada a colocar en el imaginario de la sociedad global de que el modelo revolucionario chino fracasó, choca con la realidad, con lo que se palpa, porque ya, incluso a los medios de comunicación al servicios de campañas de desinformación, se les hace difícil ocultar lo que es obvio, lo que los pueblos del mundo ven y quieren.
El compromiso de avanzar hacia el desarrollo con inclusión va acompañado de políticas que protegen el medio ambiente. Se ha asociado el empuje económico de un país a la degradación de la tierra por el uso irresponsable, para algunos, de la explotación de los recursos naturales y, para otros, porque el desarrollo económico está estrechamente relacionado y en igual proporción que el ritmo de crecimiento de la economía del país que se trate. Ciertas o no estas aseveraciones, el presidente Xi Jinping, consciente de que de alguna manera el crecimiento de la población va ligado a una creciente demanda de bienes y servicios que, para satisfacerla, requiere de la explotación de recursos naturales finitos, se ha planteado programas que están llamados a, en principio, lastimar lo menos posible la naturaleza y continuar la exploración que se encamine no solo a eliminar el daño sino a restaurar el causado. Los hechos demuestran la eficiencia de estos programas, pues China es líder mundial en el uso de energía renovable.
Este liderazgo global lo ha alcanzado el país asiático debido a la fuerte inversión del Estado que ha colocado a China como líder en fabricación de paneles solares. La apuesta por energía limpia ha llevado a este país a plantearse para el 2030 disminuir significativamente el pico de emisión de carbono, y para el 2060 alcanzar la neutralidad. La producción de energía limpia está acompañada de un programa de expansión de redes para su distribución en el país. Con estas políticas China busca acabar con su histórica dependencia del carbón mineral para la producción de energía, debido a su alto nivel de contaminación.
Los automóviles a combustión, igual que las generadoras de energía con combustibles fósiles, son altamente contaminantes y contribuyen con la disminución de la calidad del aire, por ello las autoridades chinas no podían ser indiferentes a este asunto si en su meta está la neutralidad de carbono para el año 2060. En ese sentido el Gobierno chino ha apostado por la eliminación gradual de carros a combustión por los de movilidad eléctrica, lo que en pocos años le ha convertido en el país líder en la fabricación de autos de este tipo. Los incentivos del Gobierno a los fabricantes de vehículos eléctricos le han dado el liderazgo. La alta producción de estos vehículos contrasta con la escasa producción de países con tradición en ventas de autos convencionales que, empantanados en proyectos para el desarrollo de carros eléctricos se han visto forzados a pactar acuerdos con empresas automotrices chinas para no quedarse fuera de un mercado que cada día apuesta más a este tipo de instrumento para la movilidad.
Estas políticas se enmarcan en el pensamiento o teoría ecológica del presidente Xi Jinping que bien podríamos resumir en su expresión “Las aguas cristalinas y las montañas verdes son cordilleras de oro y plata”. De ahí, sumado a todo lo que hemos expuesto en torno a la cuestión ecológica se encuentran nuevos programas de reforestación y el impulso del “Programa de la Gran Muralla Verde” iniciado en 1978. Los cambios civilizatorios que avanzan desde la ganancia compartida como negación al despojo de que fueron víctimas los países pobres se proyectan sobre la base de un mundo ecológico y de acometidas gubernamentales que muestren armonía con la naturaleza. Es como concibe Xi el proceso de cambios disruptivos que se producen a nivel planetario: una civilización ecológica en la que coexistan de manera armoniosa la humanidad y la naturaleza, la interdependencia entre el desarrollo económico y la protección del medio ambiente.
Estas acciones se inscriben en la lucha que libra China contra el cambio climático para lo cual se plantea la explotación de los recursos con mayor eficiencia, para lo que se requiere innovación, a la cabeza de la cual está este inmenso país que no deja de sorprender al mundo con novedades que impactan en las fuerzas productivas y reorientan la dinámica de la vida cotidiana de la gente para hacerla más saludable y placentera, lo que podríamos traducir en un nuevo estado de bienestar que satisfaga no solo las necesidades más básicas sino incluso las aspiraciones que se encuentran en el ocio y generan felicidad. Viendo, así las cosas, podríamos afirmar que China está liderando el proceso hacia un nuevo estadio civilizatorio centrado en el ser humano. No en la codicia ni en los caprichos de unos pocos, de las hambrientas oligarquías que se engullen las riquezas que genera toda la sociedad. Estamos frente a la apuesta de una sociedad más humana, porque China ha entendido que la modernización es necesaria, pero no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento para mejorar las condiciones materiales de existencia del pueblo.
Como hemos afirmado, es innegable el avance y modernización de China, su lento pero sostenido crecimiento económico la están llevando a exhibir indicadores que desde hace años la colocan como la primera potencia del mundo en términos de paridad de poder adquisitivo y, como la segunda en lo relativo al PIB nominal, una afirmación que se extrae de números fríos que no toman en cuenta la generación real de riquezas en los Estados Unidos, país con el PIB más alto de acuerdo a los números servidos por el Banco Mundial, la Reserva Federal y otras entidades financieras. Desindustrializado como está, Estados Unidos, se quiera o no, se encuentra en un proceso de declive que va en paralelo al ascenso de China, y algunos se preguntan si el país americano está a tiempo de recuperarse e impedir que el gigante de Asia pueda superarlo en los próximos años como la potencia más grande del planeta. Esa interrogante se la plantea Manolo Pichardo en su libro “El desplazamiento del poder global. Hacia un nuevo orden”, cuando en su capítulo V se pregunta “¿Se agota el tiempo para Estados Unidos reaccionar?
Pichardo aborda la respuesta apuntando hacia un horizonte despejado. La claridad del horizonte como respuesta a la pregunta es descrito de la siguiente manera por el autor del libro referido: “En la práctica (independientemente de la teoría) Estados Unidos se está enfrentando a la pérdida de su hegemonía, a la pérdida del control de los organismos multilaterales; de ahí que, en medio de la pandemia, tras acusar a China de controlar a la Organización Mundial de la Salud (OMS), notificó de manera formal a las Naciones Unidas la desvinculación de su país de la institución. Ambos hechos, producidos en un mismo espacio de tiempo, explican que los organismos internacionales no crean la realidad, sino que son producto de ella, de la dinámica que se acomoda a los cambios que generan las fuerzas económicas, sociales y políticas”. En el último párrafo del capítulo final del libro citado titulado “El conflicto ruso-ucraniano como efecto de la recomposición global” Pichardo concluye afirmando que “en definitiva, todo lo aquí expuesto nos permite mantener la tesis que se expresa en el título de este trabajo de investigación y análisis; es cuestión de tiempo, de acuerdo a los pronósticos de los académicos e intelectuales citados en el desarrollo de este texto, para que seamos testigos de un nuevo orden mundial, marcado por el multilateralismo, en el que China jugará un papel fundamental en la emergencia de los países del sur y el este”.
En conclusión, pensamos que queda claro, y así lo vemos desde el Centro Dominicano de Estudios sobre China, que el proceso de avance y modernización de China está impregnado del carácter y temperamento de su sociedad, forjado a lo largo de cinco mil años de existencia y una cultura configurada y afianzada a lo largo del tiempo en medio de dificultades internas, amenazas externas que, como hemos afirmado en este texto, le dotaron de una capacidad de resiliencia que le ha permitido, como el ave fénix, resurgir de sus cenizas. El forjamiento de este carácter y la interpretación correcta de la realidad social, política, económica y cultural por parte del liderazgo del Partido Comunista de China, es la causa fundamental del éxito chino, pues la interpretación del marxismo como base teórica para comprender el proceso de esta sociedad no partió de una visión ajena, no partió de la importación de experiencia similares en países que decidieron construir una sociedad socialista y, fuera de los prejuicios de marxistas dogmáticos, comprendieron que no era posible la construcción del socialismo sin agotar una etapa clave que involucra las relaciones de producción de tipo capitalista hasta superarla de manera dialéctica. Estas bases, diseñadas a lo largo del tiempo por Mao, Deng y Xi, fundamentalmente, le dan solidez al proceso y, con la solidez, sostenibilidad al desarrollo y la modernización de China, que influirá de manera positiva en el resto del mundo para hacerlo más humano, porque, y esto es relevante, el paradigma occidental se derrumba, pues no dio soluciones colectivas a los males que afectan al mundo, sino que se centró en el individualismo que ha caracterizado esta cultura, marcada por la imposición violenta de sus valores y la violencia que acompañó por siglos el despojo de las riquezas de los más débiles.