Por: Dina Y. Sulaeman * La marina israelí no pide tu pasaporte antes de abrir fuego. No le importa si el gobierno de tu país mantiene relaciones diplomáticas con Tel Aviv o no. Tampoco le importa si tu país está comenzando secretamente a suavizar su postura hacia Israel en aras de una relación más cómoda.
Capturan, detienen, hieren e incluso matan, y luego esperan a que el mundo aparte la mirada. La “Flotilla Global Sumud”, un movimiento humanitario internacional de activistas que busca llevar alimentos a Gaza por vía marítima, ha demostrado una verdad incuestionable: cualquier país que envíe a sus ciudadanos en misiones humanitarias hacia Gaza debe aceptar las humillaciones impuestas por Israel. Corea del Sur, Grecia, Francia, Brasil, Canadá, Australia, el Reino Unido y Suecia mantienen buenas relaciones con Israel. Sin embargo, sus ciudadanos siguen siendo detenidos por Israel en aguas internacionales.
Misiones similares se han llevado a cabo durante más de una década, y siempre terminan del mismo modo: activistas arrestados o incluso asesinados. En la tragedia del Mavi Marmara de 2010, por ejemplo, diez activistas turcos fueron asesinados por fuerzas del régimen, y aun así nunca hubo una rendición de cuentas significativa. El patrón es absolutamente claro. Israel actúa bajo la premisa de que el mundo condenará sus actos y luego los olvidará.
Y hasta ahora, esa premisa ha resultado cierta, al menos hasta tiempos recientes. Ningún “tono diplomático adecuado” La experiencia de Indonesia es tan reveladora como dolorosa. En los últimos años, Yakarta ha mostrado señales de cambio en su enfoque respecto a la cuestión palestina. De hecho, el presidente de Indonesia llegó a declarar: “la paz solo puede alcanzarse si todos reconocen, respetan y garantizan la seguridad de Israel”.
Indonesia incluso se unió al Consejo de Paz formado por Trump, del cual Israel forma parte como miembro, mientras que el representante oficial de la Autoridad Palestina no fue admitido. El tono de la diplomacia indonesia ha cambiado: de una confrontación basada en principios a un enfoque más cauteloso y conciliador. ¿Y qué obtuvo Indonesia a cambio? Cuatro soldados indonesios miembros de la Fuerza Provisional de ONU para Líbano (UNIFIL) murieron a manos de fuerzas israelíes en el Líbano. Más recientemente, cinco ciudadanos indonesios que se unieron a la Flotilla Global Sumud fueron tomados como rehenes por Israel en aguas internacionales.
Israel ha enviado un mensaje inequívoco: la acomodación no produce seguridad. Israel interpreta la indulgencia diplomática no como buena voluntad, sino como debilidad y como una luz verde para ir aún más lejos. 📸 🇪🇸 Manifestantes en Madrid protestan contra el ataque de Israel a la Global Sumud Flotilla y la detención de sus activistas, en su camino hacia Gaza. pic.twitter.com/uumsN56Til — HispanTV (@Nexo_Latino) May 1, 2026 La economía del genocidio: ¿quién financia la agresión? Para comprender por qué Israel actúa hoy con semejante impunidad, debemos observar la arquitectura de apoyo que hace posible dicha impunidad, y esa arquitectura es, ante todo, económica. Estados Unidos proporciona aproximadamente 3800 millones de dólares anuales en ayuda militar a Israel, además de paquetes extraordinarios de asistencia que hicieron aumentar drásticamente las transferencias de fondos durante el genocidio en Gaza.
Pero la ayuda militar es solo la capa más visible. Israel cuenta con el respaldo de una cadena de suministro armamentística integrada por fabricantes estadounidenses como Boeing, Lockheed Martin, Elbit Systems y L3 Technologies, que suministran bombas, drones y tecnología de vigilancia utilizados en Gaza. Existe asimismo una fuerte exposición financiera por parte de BlackRock, Vanguard y grandes bancos occidentales, que poseen participaciones significativas en empresas armamentísticas israelíes y en bonos que financian sus agresiones genocidas, desde Gaza hasta Beirut y Teherán. También existe apoyo tecnológico por parte de Amazon Web Services y Google, que proporcionan infraestructura en la nube para el aparato militar y de inteligencia israelí a través del “Proyecto Nimbus”, pese a las importantes protestas de sus propios empleados.
Se ha demostrado que algunas empresas operan en asentamientos israelíes ilegales o apoyan el reclutamiento militar israelí, y aun así continúan operando libremente en los mercados del Sur Global. Existen además milicias notorias que perpetran genocidio en Sudán, abastecidas con armas israelíes a través de los Emiratos Árabes Unidos, con el objetivo de controlar las minas de oro. Y hay más. Todos ellos conforman un sistema de inmunidad financiera al servicio de un proyecto colonial, y dicho sistema funciona mediante las decisiones cotidianas de consumo de miles de millones de personas en todo el mundo.
El eje israelí-estadounidense no es simplemente una alianza bilateral. Es un sistema diseñado para preservar un determinado orden global, en el cual ciertas vidas son consideradas dignas de protección, mientras que otras son vistas como sacrificables. Urgente necesidad de formar un frente global de resistencia En este punto, debemos examinar la situación internacional de manera más amplia. La resistencia de Irán y la del Eje de Resistencia frente a Estados Unidos e Israel han provocado un marcado declive del poder estadounidense.
La intimidación ejercida por Estados Unidos e Israel ha tenido repercusiones globales. Ha llegado el momento de hablar de un frente mundial de resistencia. El mundo necesita unirse para utilizar todos los instrumentos legítimos de que disponen los Estados soberanos y la sociedad civil con el fin de hacer que la impunidad israelí tenga un costo real. Los instrumentos existen.
Lo que ha faltado hasta ahora es la voluntad política para utilizarlos de forma simultánea y a gran escala. Por ejemplo, todos los Estados miembros del Estatuto de Roma están obligados a ejecutar las órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional (CPI), y la orden de captura contra Netanyahu ya existe. La demanda por genocidio presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) constituye una intervención histórica que necesita más apoyo. Más países deberían sumarse, presentar escritos amicus curiae o al menos expresar respaldo oficial.
Así es como funciona el aislamiento jurídico. En el frente económico, los países deberían suspender contratos de adquisición con empresas que suministran armas o tecnologías de doble uso a Israel, retirar bonos militares israelíes de los portafolios de fondos soberanos y aplicar los principios del Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) como política de Estado, y no solo como aspiración de la sociedad civil. Actualmente, más de 140 países han reconocido a Palestina. Supuestamente, ese reconocimiento no debería quedarse en un simbolismo vacío.
Todo reconocimiento debería servir de base para un cambio real en la posición jurídica internacional de Palestina. Si Palestina fuese admitida oficialmente como Estado miembro de las Naciones Unidas, tendría derecho a fortalecer sus capacidades militares y recibir asistencia militar de otros países cuando fuese atacada por Israel (Artículo 51 de la Carta de la ONU). También deben impulsarse boicots contra Israel en eventos deportivos, concursos musicales y otros espacios internacionales. Israel depende profundamente de la legitimidad internacional, y precisamente ahí reside su vulnerabilidad.
Lo que Gaza necesita ya no es simplemente expresiones de simpatía o condenas verbales. Lo que se necesita es un frente de Estados y sociedades del mundo que decidan conjuntamente que el costo del silencio es mucho más elevado que el costo de la resistencia. Irán ha cumplido su papel en el terreno militar frente a Estados Unidos e Israel. Otros países deben demostrar avances reales en diversos frentes, porque Israel solo podrá ser detenido si es sometido a presión real desde múltiples direcciones, de manera simultánea y con consecuencias concretas. * Dina Y.
Sulaeman es profesora adjunta de Relaciones Internacionales en la Universidad Padjadjaran, Indonesia. Texto recogido de un artículo publicado en Press TV