Hagamos un poco de memoria. Se nos acababa el siglo XV y a la Iglesia Cristiana la imprenta le pareció maravillosa, casi providencial. La adopción de aquel invento por parte de las instituciones eclesiásticas fue entusiasta porque les permitía amplificar su misión. No pasó mucho tiempo para que el discurso cambiara de forma notable.
En la bula Inter multiplices de 1487, el papa Inocencio VIII la ensalzaba pero avisaba de sus riesgos: lo mismo que servía para difundir la palabra de Dios, podía servir para difundir herejías y falsas ideas. Fue entonces cuando se introdujo una censura según la cual ningún libro debía imprimirse sin la aprobación de las autoridades eclesiásticas. Aquello sentó las bases del futuro Index librorum prohibitorum que estableció una lista de obras prohibidas para toda la cristiandad. Aquello no salió demasiado bien.
Martín Lutero precisamente aprovechó aquella invención divina para distribuir su propaganda durante la Reforma protestante, y si dicho movimiento acabó teniendo éxito fue sin duda alguna gracias a la imprenta. No en vano a Lutero se le considera el primer autor de best-sellers de la historia. Las encíclicas ante los avances tecnológico Avancemos. En 1891 el Papa León XIII publicaba su encíclica Rerum Novarum, posiblemente la encíclica social más famosa de la historia.
En ella el pontífice se centraba en los derechos de los trabajadores como respuesta a la inquietante Revolución Industrial. Denunciaba la concentración de la riqueza y de las nuevas tecnologías "en manos de unos pocos", y advertía de que eso estaba convirtiendo a los obreros en esclavos. Sigamos avanzando. Hace 90 años, Pío XI lanzaba su acta Vigilanti Cura (1936), dedicada exclusivamente al cine.
En ella se reconocía el progreso tecnológico que suponía la cinematografía, pero advertía que si no se regulaba de forma estricta, se convertiría en el mayor instrumento de corrupción moral y manipulación de masas de la historia. Aquel mensaje se vería acompañado de la encíclica Miranda Prorsus (1957), de Pío XII, que ampliaba esa advertencia tanto a la radio como a la televisión, que tenían tanta o más capacidad que el cine de ser beneficiosas pero también tóxicas para la humanidad. Ha habido otras encíclicas sociales relacionadas con la tecnología: Pacem in Terris (1963) de Juan XXIII hablaba del peligro atómico, mientras que Evangelium Vitae (1995) de Juan Pablo II era una llamada de atención contra técnicas biomédicas eugenésicas y de manipulación de embriones. Lo curioso es que la mayoría de estas encíclicas se publicaron bastantes años después de que ciertos avances tecnológicos se hubieran producido.
Eso haría pensar que hay una o varias encíclicas dedicadas a internet, a los móviles o a las redes sociales. No las hay, auque dichos temas han sido mencionados por los últimos Papas en otros mensajes. Llega Magnifica Humanitas Por eso resulta sorprendente que el Papa León XIV haya dedicado toda una encíclica a la inteligencia artificial. Lo ha hecho apenas tres años después de que se lanzara ChatGPT, y además lo ha hecho con un título singular: Magnifica Humanitas (2026).
Un dato: Robert Fracis Prevost, el Papa León XIV, se licenció en matemáticas en 1977 por la Universidad Villanova en Filadelfia. En esa encíclica se sigue una línea argumental histórica muy clara: muchas de las ocasiones en las que aparece una tecnología disruptiva, el Vaticano adopta el papel de "freno ético" e intenta alertar de algo relevante: los avances técnicos y tecnológicos deben supeditarse al ser humano. En Magnifica Humanitas el discurso es conocido y razonable: alerta de que las grandes empresas de IA acabarán imponiendo su visión moral a todo el planeta. No es solo que los hiperescaladores (Amazon, Microsoft, Google) o empresas como OpenAI o Anthropic dominen este mercado en el apartado comercial: es que ese dominio se traduce también en una forma de influencia más preocupante aún de lo que lo fueron (y lo son) el cine o la televisión.
La encíclica también avisa de cómo la IA está provocando un "desplazamiento cognitivo" en el que el ser humano acaba prefiriendo que los algoritmos piensen por él en vez de realizar un esfuerzo reflexivo. El texto es muy largo (40.000 palabras, lo que equivale aproximadamente a una novela de unas 150 páginas) y ambicioso, y cubre muchos más ambitos, pero el mensaje unívoco es el de esa advertencia sobre los peligros de esta tecnología. Si uno mira con perspectiva histórica todo este catálogo de advertencias papales, es imposible no ver la paradoja. La mayoría de las tecnologías que el Vaticano denunció en su día como amenazas existenciales terminaron, a la postre, haciendo del mundo un lugar mejor, más próspero y más conectado.
La imprenta democratizó la cultura, la Revolución Industrial elevó el nivel de vida global, el cine y la televisión enriquecieron el imaginario colectivo y la biotecnología salva vidas. La historia nos demuestra que esos malos augurios de los Papas nunca llegaron a cumplirse del todo, pero hay que tener cuidado. El valor de estas encíclicas no está en su capacidad de predecir el futuro, sino en su función como contrapesos éticos. Está bien y es necesario que alguien advierta de los riesgos, porque esos peligros eran y siguen siendo reales.
Imagen | La Santa Sede