Por: Juan Alberto Sánchez Marín La Revolución cubana, desde hace más de 65 años —cuando el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower impuso las primeras sanciones comerciales unilaterales e ilegales el 19 de octubre de 1960—, soporta uno de los asedios más infames y prolongados de la historia. No es para menos. Su sola existencia y persistencia constituye una de las mayores vergüenzas para un imperio que, también a lo largo de la historia, ha sido uno de los más prepotentes.
La relación de las agresiones es heterogénea e incluye desde invasiones, como la de Playa Girón en 1961, e intentonas de magnicidio contra Fidel Castro, la figura emblemática de la Revolución, objeto de más de 600 planes de atentados y conspiraciones, hasta un férreo bloqueo económico, financiero y comercial. No es solo eso, desde luego. Guerra biológica, guerra comunicacional, injerencias al por mayor y al detal, inclusión en listas oprobiosas, sabotajes y acciones terroristas. Son ejemplos de una campaña implacable de persecución contra la más hermosa “cosa vido”, como describió Cristóbal Colón a “la ysla de Cuba”, en su Diario de a bordo, al avistarla por primera vez.
Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde aquella remota tarde de domingo del 28 de octubre de 1492, y muy pocas cosas han variado en la agresión desde la madrugada victoriosa del jueves 1 de enero de 1959. De la Guerra Fría al asedio de diseño Aunque la obsesión de Estados Unidos por doblegar a la isla se mantiene intacta, el contexto ha mutado y los procedimientos se han radicalizado. Hoy, bajo la influencia de sujetos como Donald Trump y de su escudero infiel, Marco Rubio, este asedio ininterrumpido cobra una nueva y perversa dimensión. Ya no se trata solo de la herencia de la Guerra Fría, sino de una pieza clave dentro de una agresiva Estrategia de Seguridad Nacional dirigida a reconfigurar el dominio estadounidense sobre todo el hemisferio.
Los grandes conglomerados mediáticos occidentales, en la inviable misión de diferenciarse, no se ponen de acuerdo para decir lo mismo. En cambio, coinciden pronto en el mutismo sobre la actual política exterior estadounidense hacia América Latina. Sus estrategias desbocadas rara vez se analizan bajo la lupa del imperialismo contemporáneo. Llevamos décadas con la narrativa de la “cooperación” a cuestas, pero la realidad es brutal y sin adornos: Latinoamérica y el Caribe constituyen una prioridad absoluta para la estrategia geopolítica imperial.
Y Cuba es el principal escollo que deben sortear —o sea, destruir— para consolidarla. El espejismo de la cooperación y el saqueo estratégico Para entender el cerco de “máxima presión” sobre naciones disidentes como Cuba, primero hay que comprender el diseño macroeconómico que Washington ha trazado para el resto del continente. Los grandes titulares hablan de “acuerdos de inversión”, “estándares de certificación” y “financiamiento responsable”; sin embargo, la letra pequeña revela otra cosa. Hoy, la administración estadounidense opera bajo una premisa definida y clara: Washington considera a Latinoamérica una zona de abastecimiento estratégico.
No se trata de libre mercado. El objetivo de Washington no es simplemente adquirir recursos, sino construir un sistema de acceso y control sobre la región como proveedora de energía y minerales raros. Esto se disfraza con habilidad a través de la diplomacia corporativa. Los recientes pactos con Chile, Argentina y Brasil no buscan el desarrollo autónomo de esas economías.
Su objetivo es introducir el financiamiento y los estándares de certificación de Estados Unidos en la producción local, de modo que sean las empresas norteamericanas las que decidan qué se extrae, cómo se procesa y hacia dónde se exporta. La dinámica evidencia un rediseño del colonialismo extractivista en el que la ecuación es letalmente simple: Latinoamérica aporta el litio, el cobre, el petróleo y el agua; Washington aporta la tecnología, las reglas... y las pistolas. Es la nueva dependencia, más sofisticada que la de los años setenta, pero igual de asfixiante. En ese tablero, Cuba es la pieza que no encaja.
Su existencia soberana, su modelo de resistencia y su negativa a integrarse como colonia de servicios o proveedora de minerales la convierten en un peligroso precedente y un prototipo de desobediencia inaceptable. Hegemonía militar: el cerco geopolítico El control económico no es algo aséptico. Requiere de un brazo armado que lo garantice. El documento oficial que rige la política exterior de Estados Unidos no deja lugar a dudas: Latinoamérica y el Caribe son una “prioridad absoluta”.
Eso, sin ambages ni vueltas, quiere decir que ninguna zona del hemisferio puede quedar por fuera de la esfera de control de Washington. Para lograrlo, la diplomacia de las cañoneras ha evolucionado hacia la ocupación territorial estratégica mediante el despliegue de bases militares en puntos neurálgicos: Honduras, cerca de las reservas petrolíferas de Venezuela; Paraguay, sobre el Acuífero Guaraní, una de las mayores reservas de agua dulce del mundo; y Colombia, como punta de lanza hacia la Amazonía y el Pacífico. No se trata de defensa ni de cooperación, es ocupación táctica. Cada base es una navaja sobre la yugular de los recursos que el imperio necesita para la propia reproducción.
Y cada país que acepta esas bases sin chistar —a cambio de migajas retóricas o financieras— se convierte en rehén voluntario de una cadena de mando que jamás lo incluirá en las decisiones. En este esquema, Cuba es el territorio insumiso. Por eso el cerco se endurece: no basta con bloquear su economía; hay que desestabilizar su política, saturar a su sociedad con embustes, impedir que acceda a combustible, medicinas o tecnología, y culpar luego a las autoridades y su sistema por la escasez resultante. Lo que tenemos es la doctrina de la asfixia en estado puro.
La dupla Trump-Rubio: sadismo ideológico y cálculo electoral Con la llegada de Donald Trump a la presidencia, y con Marco Rubio sentado a su siniestra, el bloqueo contra Cuba dejó de ser inercia burocrática y se transformó en un espectáculo de ensañamiento. Rubio, hijo de exiliados cubanos, que construyó su carrera política sobre el odio a la Revolución, ha sido el artífice de las medidas más crueles: la suspensión de vuelos chárter, la persecución de las remesas, y la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo. Un oxímoron que solo la hipocresía imperial puede sostener cuando Estados Unidos arma a Israel y bombardea Yemen e Irán, mientras aviva, a lo largo y ancho del planeta, toda clase de amenazas, desestabilización, intervenciones y agresiones. La novedad de este segundo mandato de Trump es que el objetivo se hizo explícito: no se trata de “presionar para reformas” ni de “ayudar al pueblo cubano”.
El propósito es lograr el sueño megalómano de Trump y los suyos: la claudicación de la revolución cubana. En otras palabras, la rendición incondicional. ¿El método? La crueldad calculada. La escalada de sanciones y amenazas de Washington contra Cuba reaviva décadas de agresión y profundiza la crisis humanitaria y energética en la isla.
Para Rubio, esta cruzada es personal. Su resentimiento de clase se proyecta como política de Estado, y, mientras la prensa occidental lo retrata como “el senador que defiende la libertad”, calla que sus medidas condenan a abuelos a morir sin sus medicinas y a niños a crecer sin electricidad estable. El siniestro plan se ejecuta mediante el incremento del bloqueo más extenso que registra la historia moderna contra un país soberano. La historia moderna, y también la antigua.
Eventos recientes: la asfixia en acción y la farsa extraterritorial En los últimos meses, la administración Trump reactivó el Título III de la Ley Helms-Burton (1996), mediante el cual se le abre la puerta a demandas millonarias contra empresas que operan con propiedades nacionalizadas hace sesenta años. Las sanciones financieras han sido reforzadas hasta el punto de que ningún banco del mundo quiere tocar una transacción relacionada con Cuba, por humanitaria que sea. Y amenaza con penalizar a los países que envíen petróleo a la isla, al aplicar un principio de jurisdicción extraterritorial que solo un imperio de la índole del estadounidense se atreve a ejercer. A este cerco energético —que en sus efectos prácticos equivale a un bloqueo naval criminal y a un acto de guerra genocida que amenaza la existencia misma de la población— se suma ahora una ofensiva judicial sin precedentes.
La reciente instrucción de cargos penales contra el líder de la Revolución, el General de Ejército Raúl Castro, es la materialización de este atropello. Una decisión judicial extraterritorial, moralmente infame y legalmente arbitraria, orquestada mediante la manipulación de tribunales estadounidenses. La pretensión es obvia: usurpar jurisdicción sobre un derribo de aeronaves ocurrido hace 30 años en el espacio aéreo y marítimo cubano. Con este acto, la Casa Blanca no solo pisotea el derecho inalienable a la legítima defensa de un Estado soberano frente a misiones terroristas, sino que fragua un circo político para engañar a sus propios ciudadanos.
Como bien lo denunció el canciller cubano, Bruno Rodríguez, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, detrás de esta maniobra subyace un propósito vil: fabricar el pretexto para una aventura militar de “cambio de régimen” o “construcción de nación”, como lo denomina con cinismo el eufemismo imperial. En su histórico alegato, el diplomático desnudó la perversidad de una plutocracia corrupta e inmoral que causa adrede este estrangulamiento. Las asfixiantes sanciones han provocado que, por ejemplo, la expectativa de vida de niños cubanos enfermos de cáncer se redujera drásticamente del 85% al 65%, para que luego esos mismos verdugos esgriman el peligro de una crisis humanitaria como excusa de intervención. Ante este escenario demencial que podría desencadenar un baño de sangre, el llamado de Cuba resuena imperioso: el Sur global debe movilizarse para protegerse en colectivo y no permitir que una élite arrastre a la región a la barbarie.
La complicidad de los grandes medios: el pacto del silencio La maquinaria propagandística occidental, al mismo tiempo, amplifica cualquier disidencia marginal como si fuera un tsunami, mientras silencia las movilizaciones masivas de apoyo a la Revolución. La guerra híbrida es también mediática: presentar el bloqueo como “respuesta a la dictadura” en lugar de mostrarlo como lo que es: una herramienta de castigo colectivo explícitamente prohibida por el Derecho Internacional. He aquí otro elemento esencial que casi nunca se encara. Cuando los grandes conglomerados occidentales informan sobre Cuba, repiten como loros la cantinela de “régimen autoritario”, “falta de libertades” y “crisis provocada por el gobierno”.
Nunca vamos a leer en ningún medio corporativo un titular que revele la finalidad esencial del imperio, digamos que “Estados Unidos intensifica el bloqueo para rendir a la isla por hambre”. De ningún modo, eso revelaría la naturaleza criminal de la política imperial. La misma prensa que aplaude las sanciones a Rusia por su intervención militar en Ucrania, celebra las que se imponen a Cuba por el pecado original de haber osado construir un proyecto socialista a noventa millas de Cayo Hueso, Florida. La coherencia moral no existe en el periodismo de guerra; existe solo la alineación geopolítica.
Estados Unidos ha abierto múltiples frentes de amenazas contra Venezuela, China, Rusia, El Líbano o Palestina, multiplicadas bajo el mandato de Trump. Pero hay una diferencia cualitativa en el caso cubano: la agresión no es ocasional ni reactiva. Es sistémica, permanente, y se ha normalizado como si fuera el clima. Llueve el bloqueo sobre Cuba desde hace más de seis décadas, y los periodistas occidentales tienen el paraguas roto o, más bien, no quieren mojarse.
La resistencia como derrota anticipada del imperio Frente a esta doctrina de la asfixia, cabe preguntarse: ¿por qué Cuba sigue en pie? ¿Por qué no claudica? La respuesta incomoda al imperio: porque hay un pueblo que ha hecho de la resistencia un arte de vivir; porque el bloqueo mata, pero no convence; porque la dignidad de los cubanos no se rinde con hambre. Los estrategas de Washington no entienden esto. Piensan en términos de coste-beneficio, de disuasión, de umbral de dolor.
Y tropiezan una y otra vez con un hecho que ningún misil ni sanción puede abatir: la Revolución cubana no es un gobierno, es una cultura. Es un vínculo intergeneracional de rebeldía que brotó en tierra hostil y no deja de estar activo y propagarse. Trump y Rubio pueden endurecer el cerco, sumar listas, sanciones y amenazas, pero la historia ya les ha dado su veredicto. Cuba sigue ahí, más bien plantada que nunca, como aquella hermosa “ysla” que deslumbró a los navegantes del otro lado de la Mar Océano y que nadie podrá domeñar.
El poder, en su arrogancia, cree que asfixiar es lo mismo que vencer. Se equivoca de cabo a rabo. La asfixia solo demuestra su miedo: el miedo a que una pequeña isla de poco más de 100 000 km² lleve tantas décadas desgastando al imperio, y que de paso le enseñe al mundo que la dignidad también es victoriosa. Fuentes y Referencias - Departamento de Guerra/Defensa de EE.
UU. (2026). National Defense Strategy (Estrategia de Seguridad Nacional). Documento oficial que formaliza las prioridades hegemónicas en el hemisferio occidental. - Naciones Unidas (2026). Intervención del Canciller Bruno Rodríguez ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
Denuncia exhaustiva sobre la crisis humanitaria inducida, la tasa de mortalidad y la persecución judicial. - Colón, Cristóbal. Diario del descubrimiento (Tomo I). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Edición y notas de Manuel Alvar. - Center for Strategic and International Studies - CSIS (2026).
The 2026 National Defense Strategy by the Numbers. Análisis especializado sobre el cambio radical en las prioridades de defensa de la administración Trump. (*) Juan Alberto Sánchez Marín es periodista y analista internacional colombiano. Director de dXmedio.