Por Boris Luis Cabrera Hay películas de este corte que se sostienen sobre la música; otras, sobre el conflicto. Michael, dirigida por Antoine Fuqua, intenta conciliar ambas fuerzas, pero termina inclinándose hacia el espectáculo, como si el pulso narrativo dependiera más del ritmo de “Billie Jean” que de las grietas humanas del artista. El filme es, en esencia, una maquinaria de seducción masiva. Sus cifras —cerca de 800 millones de dólares de recaudación global— no solo lo colocan entre los grandes éxitos del año, sino que reafirman la vigencia comercial de los biopics musicales.
Michael entiende su tiempo: apela a la memoria colectiva, al archivo sentimental de varias generaciones, y convierte cada escena en una suerte de concierto expandido. El escritor cubano Joao Fariñas, autor de una de las escasas biografías de Michael Jackson publicadas en español (El rey del pop), lo resume con claridad en declaraciones exclusivas para Prensa Latina: “Es una película profundamente comercial, pensada para entretener, y en ese sentido funciona”. Su valoración no es menor si se considera que habla desde la investigación y la cercanía con el mito. Fariñas reconoce, sin embargo, un acierto esencial: “Las actuaciones son muy sólidas; por momentos, su sobrino Jaafar Jackson parece el propio Michael en escena”.
A ello se suma la interpretación de Colman Domingo como Joe Jackson, construida desde la dureza y el control. Ese verismo actoral encuentra respaldo en una reconstrucción material obsesiva. No es un detalle menor que los premios Grammy que aparecen en pantalla sean los originales del artista, ni que el vestuario —incluido el icónico guante— reproduzca con precisión piezas asociadas a su vida. Tales decisiones aportan una textura casi documental a un relato que, paradójicamente, evita profundizar en lo más conflictivo.
Ahí reside su principal fisura. Michael narra el ascenso —de Gary, Indiana, a la cima del Bad World Tour en 1988—, pero elude deliberadamente los episodios que redefinieron la percepción pública del cantante en décadas posteriores. La película no miente; simplemente selecciona, y en esa selección se construye una figura casi inmaculada, más cercana al ícono que al ser humano. Fariñas lo sugiere con cautela: el filme “prioriza el entretenimiento sobre la exploración psicológica” y deja fuera zonas esenciales del personaje.
A su juicio, esa omisión responde a una estrategia narrativa: los hechos más controvertidos pertenecerían a otra etapa de su vida y podrían abordarse en una eventual segunda parte. Sin embargo, desde la crítica, esa decisión reduce la complejidad dramática y desplaza el conflicto hacia un territorio difuso. El guion opta entonces por un eje más seguro: la relación con el padre, figura dominante y motor del trauma. En ese territorio, la película encuentra momentos de autenticidad emocional, aunque a menudo recurre a soluciones previsibles.
Michael aparece como un niño perpetuo, marcado por la disciplina feroz y empujado hacia una perfección que nunca termina de comprender. La insinuación de ese “síndrome de Peter Pan”, al que alude Fariñas en su lectura del personaje, se percibe, pero no se interroga. Narrativamente, el filme avanza como una sucesión de números musicales: canciones completas, coreografías milimétricas y una progresión lineal hacia la gloria. Para el espectador, la experiencia resulta envolvente; para el análisis, repetitiva.
La ausencia de conflicto real —o su desplazamiento— limita la densidad del relato. “Quizás habría sido más interesante profundizar en su psicología”, apunta Fariñas, en una observación que condensa la principal deuda del largometraje. Y, sin embargo, sería injusto reducir Michael a una operación complaciente. Como espectáculo, funciona con precisión, y como producto cultural confirma que Jackson sigue siendo un lenguaje universal. Su recepción masiva en América Latina, Europa y Estados Unidos lo demuestra; en algunos mercados, incluso, la exhibición ha debido ampliarse ante la demanda del público.
La película, en definitiva, no pretende cerrar el debate sobre Michael Jackson, sino administrarlo. Ofrece una versión posible —luminosa, emocionalmente accesible— en medio de un archivo contradictorio que aún divide opiniones. En palabras de Fariñas, “es un suceso de masas, a la altura de lo que representa Michael Jackson como ícono global”. Quizás ahí radique su mayor virtud y su límite más evidente: Michael no busca descifrar al hombre, sino preservar el mito.
Y en ese gesto, tan calculado como eficaz, encuentra su éxito… y también su silencio. jha/mml/blc