Hace una semana con mis colegas de la prensa internacional estábamos entrando a lo que quedó del edificio de la residencia de estudiantes del colegio pedagógico en la ciudad de Starobelsk, ubicada en el centro de la República Popular de Lugansk. 2 días antes, el colegio y su residencia estudiantil fueron atacados en la noche, por tres oleadas de 16 drones ucranianos. Los últimos cuerpos de las niñas, que se hallaron bajo los escombros, habían sido retirados tan solo unas pocas horas antes de nuestra llegada. En total hubo 21 muertos y 65 heridos, 5 de ellos permanecen todavía graves y uno, muy grave. En el momento del ataque, en la residencia dormían 86 estudiantes de entre 14 y 22 años, niñas en su mayoría.
En medio de peluches y cuadernos de estudios, entre los trozos de hormigón resquebrajado, ventanas y puertas hechas trizas en los cinco pisos, las palabras sobran y faltan. Golpes con varios drones, repetidos y dirigidos a un solo blanco claramente civil, excluyen la posibilidad de cualquier casualidad o error. Las labores de rescate, que duraron casi 2 días, varias veces se vieron interrumpidas por las nuevas amenazas de ataques con drones. El escenario apocalíptico de toda la cuadra del colegio pedagógico de Starobelsk se veía especialmente absurdo y loco en medio de una ciudad muy tranquila y verde, en una florecida transición de la primavera al verano, sin nada que parezca instalaciones militares ni con cualquier otro elemento que recuerde la guerra que se libra a unos 80 kms de allí.
Dentro del Donbass, la República de Lugansk ha sido menos afectada por los combates que la de Donetsk, y por eso la ilusión de una vida pacífica aquí es bastante fuerte. Cuando veníamos de regreso, las nubes nos dieron una increíble presentación de luces, sombras y colores. Tal vez, era un mensaje. No lo sé… Solo pude pensar en cuán maravilloso se ve el cielo de Donbass, sin drones.
Cuando regresé traté de leer sobre esta noticia en los medios mundiales. En pocos minutos sentí un gran alivio al recordar que la mayoría de los padres y familiares de los chicos muertos y heridos seguramente no saben inglés, español ni otros idiomas del 'mundo civilizado'. Mientras que la prensa ucraniana convencía a su público de la "nueva mentira de la propaganda rusa" y de la existencia del mítico centro militar de ensamblaje de drones dentro del colegio pedagógico de Starobelsk, sus colegas más 'moderados' y 'objetivos' estaban presentando la masacre de los jóvenes rusos por drones ucranianos, como la "excusa" que buscaba Moscú "para atacar a Ucrania". Entre cierta diversidad de tonos, matices y grados de mentira, el denominador común fue la completa falta de compasión por las víctimas.
Independientemente de la visión de la política rusa que tengan, no hubo ni siquiera un "lamentablemente" o algún "por desgracia". Los criminales de guerra de Kiev, que por órdenes de los de afuera, dicen actuar en nombre de Ucrania, tienen en las alas de sus drones inscripciones en ucraniano y se perfeccionan en matar a niños y jóvenes con nombres y apellidos ucranianos, y a quienes hace tan solo unos años, se consideraban oficialmente sus compatriotas. Con ellos todo está más o menos claro. Esto explica también por qué Crimea y Donbass nunca más van a volver a querer ser parte de Ucrania.
Pero, ¿qué es lo que les pasa a los otros? Los defensores del Estado de Israel desde hace décadas suelen decir, ante las pruebas de los crímenes del régimen sionista, que todo aquello es "propaganda árabe". Los admiradores de las dictaduras militares en América del Sur siempre afirmaron que las ejecuciones y torturas fueron parte de una "campaña comunista" para desprestigiar a sus gobiernos. Los nazis ucranianos aseguran, que, en la Segunda Guerra Mundial, los nacionalistas ucranianos colaboradores de Hitler "lucharon a la vez contra el comunismo y el fascismo".
Nada original y poco novedoso, pero existe una gran diferencia. En estos últimos años la post verdad que se le impone al mundo por parte de los grandes medios de comunicación, reforzados por las populares redes sociales, casi siempre en las mismas manos, dibuja en la conciencia masiva una "nueva realidad" que se ve tan absoluta y convincente, que a veces sin profundos conocimientos de historia y sicología, es casi imposible no caer en la trampa. Ya no son simplemente las "fake news", son los verdaderos "fake worlds", donde todo está arreglado para acomodar la sensibilidad y el pensamiento en la dirección conveniente para los grandes poderes de esta "democracia". No solo para que a nadie se le ocurra dudar de que los adolescentes rusos del colegio de Starobelsk en realidad no fueron estudiantes, sino fabricantes de drones militares, sino también para que a nadie se le ocurra sentir compasión por los civiles muertos del bando opuesto.
Se invierten totalmente los sentidos de las palabras, las razones de las cosas y las profundidades de los sentimientos. La deshumanización consiste no solo en satanizar al enemigo, sino también en romper la relación causa efecto de cualquier proceso mental donde un ciudadano común, de cualquier país europeo, de esos que ahora mismo se están preparando para reemplazar la carne de cañón ucraniana por la de sus habitantes, pueda justificar cualquier cosa de las que ayer le habrían indignado. Ya vemos cómo los políticos europeos condenan a Rusia por los drones ucranianos que caen en los países bálticos. Como ven, no encuentran nada escandaloso en los permanentes ataques de Kiev contra la central nuclear de Zaporozhie, la más grande de Europa.
Ya no es asunto simple de ignorancia o desinformación, es una irreversible descomposición de cerebros de generaciones enteras, como parte de la guerra cognitiva, no solo contra Rusia o Irán, sino contra toda la humanidad, que todavía no se ha dado cuenta que fue trasladada a otra dimensión histórica. Su amalgama siempre es la misma: el odio. Este odio funciona como las estructuras de hormigón armado de los edificios humanos: está acostumbrado a aplastar la vida y el amor con su propio peso. El objetivo del enemigo es cegarnos con el dolor para luego aplastarnos con ese odio, para convertirnos en él.
Quizás es su única oportunidad para lograr vencernos.