Después de cuatro años de silencio, Euphoria finalmente llegó a su cierre. Y debo admitir que tenía dudas. No sabía cómo Sam Levinson lograría reunir nuevamente a un elenco que hoy domina Hollywood, ni cómo resolvería las polémicas que rodearon la producción. Sin embargo, tomó la decisión más arriesgada posible: un salto temporal de cinco años que aleja a la serie de los pasillos de la secundaria para lanzarla a un territorio mucho más oscuro y adulto.
Desde los primeros minutos queda claro que esta temporada no busca vivir de la nostalgia. La estética brillante, el maquillaje excesivo y el neón desaparecen casi por completo. Es como ver a una serpiente mudando de piel. La crudeza visual sustituye el glamour y la serie adopta una identidad mucho más cercana al cine criminal.
Hay ecos evidentes de Scorsese, momentos que recuerdan a Tarantino y una estructura narrativa que por momentos evoca a Breaking Bad. No todo funciona igual de bien. Aunque Hans Zimmer aporta una banda sonora sólida, nunca alcanza el impacto emocional que Labrinth consiguió en las temporadas anteriores. Esa ausencia se siente.
El viaje hacia la luz con Rue El cambio más radical ocurre en la historia de Rue. Su lucha ya no gira únicamente alrededor de la adicción. Ahora está atrapada dentro del ecosistema criminal del fentanilo, donde las consecuencias ya no son personales, sino mortales. Personajes como Laurie, Álamo y especialmente Bishop amplían el universo de la serie hacia terrenos mucho más peligrosos.
Bishop, en particular, termina siendo uno de los personajes más interesantes gracias a la evolución moral que experimenta durante la temporada. El salto temporal también permite explorar el destino de las protagonistas. Cassie y Nate construyen una aparente vida perfecta que termina derrumbándose de forma violenta. Maddy se convierte en una mujer empoderada y con visión empresarial, mientras que Lexi encuentra éxito como guionista en Los Ángeles.
Jules, en cambio, queda relegada a un papel menor, algo que puede decepcionar a muchos, aunque dentro de la historia principal tiene cierta lógica. OJO: Viene Spoilers del final de Euphoria Pero donde Euphoria alcanza su punto más alto es en los últimos minutos de la serie. . . . . La muerte de Rue —los ya comentados «últimos siete minutos«— es un cierre devastador. El foreshadowing de Ali finalmente se cumple y la serie recuerda que la adicción siempre termina cobrando su deuda.
El homenaje a Fezco resulta especialmente conmovedor. Ver a Rue intentando rescatarlo en una alucinación funciona como un tributo tanto al personaje como al fallecido Angus Cloud. Zendaya entrega aquí una de las mejores actuaciones de toda su carrera; la escena final con su madre es sencillamente desgarradora. También me impactó la resolución de Ali frente a Álamo.
Es un momento cargado de simbolismo religioso y de justicia casi bíblica que inevitablemente recuerda a Django Unchained. La espiritualidad sobre todas las cosas Y es precisamente la espiritualidad lo que termina definiendo el mensaje final de la serie. Levinson coloca el dedo sobre la crisis del fentanilo en Estados Unidos, pero también introduce una lectura religiosa evidente. La Última Cena, las referencias a Dios, la búsqueda de redención y ese contundente «Amén» final dejan clara la postura del creador.
Sí, existen algunos puentes narrativos discutibles. Pero el peso emocional del desenlace logra que esas fallas pasen a segundo plano. Para mí, Euphoria no solo cerró de manera satisfactoria: entregó uno de los finales más ambiciosos, coherentes y memorables de la televisión moderna. Un cierre histórico que se siente tan doloroso como necesario.
Este review es de Echados Viendo Tele, programa de crítica de cine que podés ver en TN8 los sábados a las 9:00 pm, con repetición domingo a las 12:00 MD y 9:00 pm