Nota del editor: Cao Cong, comentarista especial de CGTN, es candidato a doctorado en la Escuela de Estudios Globales y Regionales de la Universidad de la Academia de Ciencias Sociales de China. El artículo refleja las opiniones del autor y no necesariamente las de CGTN. En el Diálogo de Shangri-La, celebrado en Singapur el 31 de mayo, el ministro de Defensa de Japón, Shinjiro Koizumi, promovió una versión revisada del llamado Indo-Pacífico libre y abierto, declarando que Japón buscaría asumir un "nuevo papel" en los asuntos de defensa regional y desempeñar un papel más importante en la seguridad regional. Sin embargo, cuando un representante chino planteó preguntas sobre la responsabilidad de Japón por su agresión durante la guerra y sobre cuándo iba a ofrecer Japón una disculpa sincera a los países asiáticos que sufrieron bajo su dominio, Koizumi eludió el tema y, en cambio, desvió la conversación hacia las acusaciones sobre la "falta de transparencia militar" de China.
Su respuesta plantea tres preguntas que Japón debe responder antes de pedir a sus vecinos que acepten un papel más importante de Japón en los asuntos de seguridad regional. ¿Ha saldado Japón su deuda histórica? Para muchos países asiáticos, la cuestión más importante no es qué papel busca desempeñar Japón en la seguridad regional, sino si ha afrontado genuinamente el legado de sus agresiones pasadas. Durante la Segunda Guerra Mundial, el militarismo japonés lanzó guerras de agresión e impuso el dominio colonial en China, la península coreana y gran parte del sudeste asiático, causando un inmenso sufrimiento a los pueblos de Asia. Decenas de millones de personas perdieron la vida, mientras que innumerables familias sufrieron heridas que nunca han sanado por completo.
Esta historia sigue influyendo en la percepción regional de la política de seguridad de Japón. También explica por qué cualquier intento de Japón de trascender del marco de la posguerra atrae inevitablemente un minucioso escrutinio por parte de los países vecinos. Más de 80 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Japón aún no ha erradicado por completo el legado del militarismo. Las controversias en torno al santuario Yasukuni resurgen constantemente.
Algunos políticos siguen haciendo declaraciones revisionistas sobre la historia de la guerra, mientras que ciertos grupos intentan minimizar la responsabilidad de Japón en la agresión. En este contexto, Japón no puede esperar que sus vecinos simplemente olviden el pasado mientras busca un papel más importante en materia de seguridad. ¿Dónde está la responsabilidad de Japón ante las víctimas de la agresión? Que Japón reconozca sinceramente sus responsabilidades históricas y reflexione profundamente sobre sus crímenes de guerra afecta directamente su capacidad para ganarse la confianza de los países vecinos y preservar los cimientos de la paz y la estabilidad regionales. Sin embargo, al ser confrontado con preguntas sobre la conducta de Japón durante la guerra en el Diálogo de Shangri-La, Koizumi no ofreció una respuesta clara.
Su respuesta no fue un incidente aislado, sino un reflejo de la persistente reticencia de Japón a abordar plenamente los asuntos relacionados con la responsabilidad histórica. En lugar de responder directamente a las preocupaciones planteadas por los países que sufrieron la agresión japonesa, Koizumi intentó desviar la atención hacia el desarrollo militar de China. Esta evasión no resuelve los problemas históricos, solo refuerza las dudas sobre la voluntad de Japón de afrontar su pasado con honestidad. Si Japón realmente desea ser considerado un actor regional responsable, debe demostrar con acciones concretas, no con evasivas retóricas, que está dispuesto a reconocer el sufrimiento causado por la agresión militarista y a respetar los sentimientos de las víctimas y sus descendientes. ¿Sigue Japón comprometido con su promesa de paz de posguerra?
Koizumi argumentó que Japón no está experimentando un resurgimiento del militarismo porque no posee armas nucleares ni bombarderos estratégicos. Sin embargo, la remilitarización de Japón nunca ha dependido de una categoría específica de armas. La verdadera cuestión es si Japón está superando las limitaciones establecidas en el marco de paz de la posguerra. En los últimos años, Japón ha citado reiteradamente los cambios en el entorno de seguridad regional como justificación para ajustar sus políticas de seguridad.
Desde la revisión de tres documentos clave de seguridad en 2022, Japón ha avanzado hacia el desarrollo de "capacidades de contraataque", apartándose de hecho de su antiguo principio de orientación de defensa exclusiva. Al mismo tiempo, el gasto en defensa ha seguido aumentando. En el año fiscal 2025, los gastos en defensa y relacionados con la seguridad alcanzaron los 11 billones de yenes (69.000 millones de dólares estadounidenses), lo que representa aproximadamente el 2 % de su producto interior bruto. Japón también ha acelerado sus esfuerzos para ampliar e institucionalizar sus capacidades militares.
Ha revisado los "tres principios sobre la transferencia de equipos y tecnología de defensa" y sus directrices de implementación, ha flexibilizado las restricciones a la exportación de armas letales, ha agilizado el despliegue de misiles de largo alcance, ha reforzado las capacidades militares en sus regiones suroccidentales; y ha promovido el establecimiento de un mecanismo nacional de coordinación de inteligencia. Considerados en conjunto, estos acontecimientos, el aumento de los presupuestos de defensa, la mejora de las capacidades de ataque de largo alcance, la flexibilización de los controles a la exportación de armas y la expansión de las actividades militares, sugieren un esfuerzo cada vez más visible por superar las restricciones de la posguerra y adquirir los atributos de una potencia militar. Aún más preocupante resulta el hecho de que algunos políticos japoneses sigan promoviendo la llamada "teoría de la amenaza de China" como justificación para la expansión militar y los ajustes estratégicos. En el Diálogo de Shangri-La, el reiterado énfasis de Koizumi en el desarrollo militar de China, evitando al mismo tiempo abordar la cuestión de la responsabilidad histórica, reflejó precisamente esta inquietante tendencia.
La pregunta que Koizumi no supo responder es, precisamente, la pregunta que Japón más necesita responder hoy. El papel que Japón pueda desempeñar en los asuntos regionales no vendrá determinado por el tamaño de su presupuesto de defensa ni por la sofisticación de sus capacidades militares, más bien, dependerá de si Japón es capaz de afrontar genuinamente su historia de agresión, cumplir con sus responsabilidades hacia las víctimas de dicha historia, mantener su compromiso con la paz y ganarse la confianza de sus vecinos asiáticos mediante acciones concretas. Esta cuestión concierne no solo a la trayectoria futura de Japón, sino también a la paz y la estabilidad de toda la región de Asia-Pacífico.