Mientras Estados Unidos se esfuerza por poner fin a su guerra con Irán, se está precipitando hacia un conflicto igualmente mal concebido en Cuba. Si la Casa Blanca quiere evitar otro estancamiento estratégico, debe corregir el rumbo cuanto antes. Tras el exitoso operativo llevado a cabo en enero para capturar al dictador venezolano Nicolás Maduro, EE.UU. ha intensificado de forma constante una campaña destinada a provocar un cambio también en La Habana. Interrumpió los cruciales envíos de petróleo procedentes de Venezuela, lo que agotó las reservas de combustible y paralizó la ya inestable economía cubana.
Amenazas de nuevas sanciones han forzado a varias empresas extranjeras a suspender sus operaciones en el país. El Pentágono desplegó buques de guerra cerca de la isla y envió aviones espía para recordar a sus dirigentes lo vulnerables que son. La acusación por asesinato contra el expresidente Raúl Castro, de 95 años, avivó los temores de una intervención militar para su detención. El gobierno cubano, dirigido durante décadas por Raúl y su carismático hermano Fidel, merece poca compasión.
Ha reprimido la disidencia, ha estrangulado la economía mientras enriquecía a sus allegados, ha coqueteado con Rusia y China, adversarios de Estados Unidos, y ha llevado a alrededor del 10% de la población a huir de la isla desde el inicio de la pandemia de Covid-19. Aunque el embargo impuesto por EE.UU. hace décadas ha cortado en gran parte la mayor fuente potencial de importaciones, exportaciones e inversiones de Cuba, el régimen ha desperdiciado sus contadas oportunidades para aliviar las tensiones. Probablemente, la mayoría de los cubanos no lamentarán su desaparición. Las exigencias más razonables planteadas por la Casa Blanca, abrir la economía de forma más amplia a la iniciativa privada, flexibilizar las restricciones al flujo de información y liberar a los presos políticos, son difíciles de rebatir.
Acceder a ellas beneficiaría al pueblo cubano y abriría la puerta a que EE.UU. contribuyera a la recuperación del país. No obstante, la administración ha socavado su propio argumento con exigencias cambiantes y poco claras, amenazas bélicas y predicciones despectivas sobre el futuro estatus de vasallaje de Cuba, todo lo cual ha endurecido la resistencia en La Habana. Si el régimen sigue mostrándose desafiante, el riesgo es que toda esta retórica dura acorrale a la Casa Blanca. Los halcones ya abogan por ataques aéreos limitados para forzar a los líderes cubanos a emprender reformas.
Y si eso no funciona, y hay pocos indicios de que así sea, se ejercerá presión para ir más allá y enviar tropas estadounidenses sobre el terreno. Estados Unidos no ha sentado las bases, ni prácticas ni políticas, para una operación de este tipo. Tampoco está claro que la administración esté preparada si su campaña acelera el colapso del Estado cubano. La tarea de instalar nuevos líderes, prevenir o gestionar la emigración, restablecer la seguridad, restaurar los servicios y reconstruir la economía devastada sería inmensa.
Consumiría recursos, absorbería una buena parte del mandato restante del presidente y distraería aún más a las fuerzas armadas estadounidenses de desafíos estratégicos más importantes. Para impulsar el cambio en Cuba, será necesario recurrir menos a las medidas coercitivas y más a los incentivos, de modo que las figuras del régimen puedan ver algún valor en la liberalización. Para comenzar, la Administración debería moderar sus exigencias mínimas: por ejemplo, podría comprometerse a no atacar la isla ni a intentar derrocar al gobierno a cambio de restricciones sobre las actividades de inteligencia de China y Rusia. Después, EE.UU. debe orientar a los dirigentes cubanos hacia una salida viable del actual punto muerto.
La Casa Blanca debería equilibrar su impulso a las reformas de privatización con un alivio limitado, pero claro, de las sanciones, con el fin de que los empresarios cubanos puedan acceder al crédito y a los bienes que precisan para desarrollar sus negocios. Además, debería restablecer el suministro de petróleo a la isla e intensificar la ayuda humanitaria para hacer frente a la crisis que han causado sus restricciones. Después de un periodo de estabilidad y de creación de confianza, será más fácil aceptar nuevas reformas. Una postura más moderada sin duda enfurecerá a muchos exiliados con influencia política en Miami.
Sin embargo, casi siete décadas de confrontación han hecho poco por ayudar al pueblo cubano. Vale la pena intentar otro camino. Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios. Lea más en Bloomberg