Nagoya es una de esas ciudades que olvidas aunque hayas estado allí, pero lo más curioso es que sus propios habitantes también lo admiten. Es la cuarta ciudad más grande de Japón y sede de algunas de las mayores fortunas industriales del país (empezando por Toyota). Aún así, ha cargado durante décadas con un título que pocos espacios podrían reclamar: la ciudad más aburrida de Japón. ¿El problema? No es un insulto importado, es una autopercepción.
La cosa llegó al extremo en 2015, momento en el que el Ayuntamiento encargó una encuesta entre residentes de ocho grandes ciudades para medir cuál era la más atractiva. Nagoya quedó última en casi todas las categorías y la prensa se quedó sin palabras: todos eligieron a su propia ciudad como favorita, excepto los nagoyanos —o nagonienses, puestos a inventar gentilicios—, ya que estos colocaron la suya en tercer lugar por detrás de Kioto y Tokio. Cuando el problema tiene nombre, apellido y dialecto propio Una parte de la culpa la tiene el presentador Tamori. En los años ochenta convirtió Nagoya en objeto de sus bromas cuando, por ejemplo, insistía en que sus habitantes compensaban un complejo de inferioridad con una gastronomía poco sutil y un dialecto que acabó siendo el acento por defecto de los personajes ridículos de la comedia japonesa.
Fue el equivalente a los chistes sobre Lepe —o La Gomera si eres canario—, pero aquí el chiste terminó convirtiéndose en reputación. La contradicción aquí es importante. Nagoya es vista como una ciudad de comerciantes en la que cada decisión pasa por el filtro de la utilidad económica. Sus calles amplias, sus instalaciones portuarias y su mentalidad empresarial responden a una lógica que no necesita gustar para funcionar.
Toyota nació a pocos kilómetros y genera una riqueza que haría sonrojar a muchas capitales europeas, pero ningún balance contable convierte una ciudad en destino. Ahí es donde entran las marcas. En 2017, Legoland inauguró en el puerto de Nagoya su primer parque al aire libre en Japón. Cinco años después, Studio Ghibli abrió el Ghibli Park en Nagakute y apostó por un espacio sin montañas rusas con una atmósfera ultra potente.
Así, esto resume el dilema de Nagoya: incluso cuando atrae inversiones extraordinarias, lo hace de un modo que encaja con lo que la gente espera de un destino. El propio alcalde reconoció en 2015 que ya no era una broma decir que Nagoya es un lugar al que nadie quiere venir y eso le llevó a impulsar la reconstrucción del castillo histórico como proyecto bandera. Sin embargo, el problema no es la falta de atractivos, sino algo más difícil de resolver: la narrativa. Tokio es el futuro, Kioto el pasado y Osaka la fiesta, pero Nagoya sigue siendo la ciudad entre medias.
Más allá de eso, la presencia de marcas fuertes apostando por Nagoya implica que la ciudad es un diamante en bruto, uno al que los japoneses llevan décadas mirando sin saber qué hacer. Imagen principal de Aichi Now