Por Xavier Villar El mensaje de Mohammad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento iraní, con motivo del aniversario del fallecimiento del imam Jomeini articula cuatro asuntos que, en apariencia, podrían tratarse por separado: la figura del fundador de la República Islámica, el martirio del ayatolá Seyed Ali Jamenei durante la guerra de los cuarenta días, el nombramiento del nuevo Wali, y la nueva doctrina de disuasión iraní. Lo que hace del texto un documento políticamente denso es que estos cuatro asuntos no se presentan como materias independientes. Están articulados alrededor de un único significante: la Wilāyat al-Faqīh, el gobierno del jurista, que funciona en el discurso de Qalibaf no como referencia institucional entre otras, sino como el punto nodal desde el cual toda la arquitectura política de la República Islámica adquiere coherencia y desde el cual sus distintos elementos, político-teológicos, se vuelven legibles como un proyecto político unitario. Para comprender el peso de ese significante es necesario situar su genealogía.
Jomeini no concibió la Wilāyat al-Faqīh como un mecanismo de gobierno para el Estado iraní en sentido administrativo. La articuló como respuesta a una ausencia estructural: la del significante nodal que articulaba a la comunidad musulmana como sujeto político colectivo y cuya desaparición dejó a esa comunidad políticamente fragmentada, distribuida entre Estados-nación cuya forma institucional había sido diseñada sin ella y frecuentemente contra ella. La Wilāyat al-Faqīh fue, en ese contexto, una herramienta conceptual de emancipación política en un mundo poscolonial: un intento de restituir una modalidad de agencia colectiva capaz de operar en un orden internacional hostil sin rendirse a sus términos. La República Islámica se configura así como una formación política cuyo referente nunca fue exclusivamente la población iraní, y cuyo horizonte normativo excede las fronteras del Estado territorial que la sostiene institucionalmente.
Es precisamente esta no-coincidencia entre forma estatal e imaginario político lo que hace de la República Islámica un objeto de análisis irreductible a las categorías del pensamiento político occidental dominante. El discurso de Qalibaf moviliza ese significante con una precisión que merece ser analizada en detalle. La muerte del ayatolá Ali Jamenei durante la guerra de los cuarenta días no se presenta en el texto como una pérdida que solamente exige duelo, sino como material político activo inscrito en una tradición que antecede con mucho a la República Islámica. En la tradición chií, el paradigma de Kerbala constituye el horizonte onto-político de referencia.
En el año 680, Husein ibn Ali se negó a reconocer la autoridad del califa Yazid I, denunció su opresión y fue masacrado junto a sus seguidores tras varios días sin agua ni alimento. Ese acontecimiento no se sedimentó en la memoria colectiva chií como derrota histórica, sino como paradigma de resistencia frente a la tiranía: la figura del mártir que antepone la integridad política y espiritual de la comunidad a su propia supervivencia, y cuya muerte confirma la legitimidad de la causa antes que su derrota. El martirio del ayatolá Jamenei se inscribe dentro de esa misma lógica discursiva. Su muerte en el transcurso de una guerra contra lo que el discurso iraní designa como fuerzas opresoras reactiva el significante de Kerbala y lo proyecta sobre el presente, dotando a la pérdida de un sentido político que la transforma en argumento de continuidad antes que en señal de ruptura.
La institución absorbe la pérdida del Wali y la convierte en demostración de su propia solidez: la Wilāyat al-Faqīh demuestra su capacidad de continuidad precisamente allí donde podría esperarse su fragilidad. En este sentido, el martirio en el contexto político iraní funciona como categoría productiva que genera sentido, consolida identidad colectiva y orienta la acción hacia el futuro. La muerte del mártir no clausura un ciclo político; lo reinicia bajo nuevas condiciones. La nostalgia que trabaja Es en este punto donde la distinción que Svetlana Boym establece en The Future of Nostalgia resulta analíticamente productiva para comprender la lógica del discurso de Qalibaf.
Boym diferencia entre una nostalgia restaurativa, que aspira a reconstruir un pasado perdido como si fuera posible recuperarlo intacto, y una nostalgia reflexiva, que interroga ese pasado y extrae de esa interrogación una forma de orientarse en el presente. La nostalgia restaurativa, señala Boym, no se percibe a sí misma como nostalgia: se presenta como verdad, como restauración de un origen que debería haber permanecido intacto y cuya recuperación constituye una obligación política. Caracteriza, en su análisis, a los nacionalismos de corte mítico que convierten el pasado en programa: hay un origen perdido que debe ser recuperado y cualquier desvío de ese origen es una traición que debe ser corregida. La nostalgia reflexiva opera de manera radicalmente distinta: trabaja con los fragmentos, reconoce la irreversibilidad del tiempo y hace del pasado un recurso antes que un santuario.
No aspira a reconstruir lo que se fue sino a extraer de ello una capacidad de acción en el presente. El discurso de Qalibaf opera con claridad en el segundo registro. Toma la muerte del fundador de la República Islámica y la del anterior Wali no como objetos de veneración melancólica ni como pérdidas que exigen reparación mediante la restauración de un estado anterior, sino como materiales para una proyección política hacia adelante. La continuidad de la Wilāyat al-Faqīh no se sostiene mediante la repetición de gestos fundacionales ni mediante la reconstrucción de un origen idealizado.
Se sostiene demostrando que el significante es capaz de sobrevivir la pérdida de sus figuras más prominentes y de rearticularse, tras esa pérdida, con mayor determinación estratégica. El legado de Jomeini y el martirio de Jamenei no son restos museísticos despolitizados: son argumentos activos en una disputa política cuyo horizonte es el presente y el futuro de la comunidad. Esta distinción tiene consecuencias que van más allá de la caracterización del discurso de Qalibaf. La nostalgia restaurativa, tal como Boym la analiza, tiende hacia lo que ella denomina la reconstrucción total de monumentos del pasado, hacia la sustitución de la historia compleja por la mitología nacional, y hacia la búsqueda de un origen puro que justifique las demandas del presente.
El discurso político iraní contemporáneo, al menos en la configuración que el mensaje de Qalibaf expresa, hace precisamente lo contrario: reconoce la muerte, reconoce la pérdida, y extrae de ambas una capacidad de acción que no depende de la recuperación de ningún estado previo. La Wilāyat al-Faqīh sobrevive a sus titulares porque su legitimidad no reside en la persona del Wali sino en la continuidad de la institución como custodio de la comunidad. Lo que Boym llamaría una relación productiva con la memoria colectiva: hacer que aquello que se fue siga actuando en el presente sin pretender que el tiempo no ha pasado. La nueva doctrina de disuasión que Qalibaf enuncia es la dimensión en que el entramado político-teológico se traduce en términos operativos y adquiere su expresión material más concreta.
La formulación es deliberadamente precisa: cualquier ataque contra Irán suscitará una respuesta capaz de mantener el dominio de la escalada. La referencia no es a la proporcionalidad en el sentido clásico, sino a la capacidad de escalada controlada: Irán anuncia que ha incorporado la lección estratégica de la guerra de los cuarenta días y que su respuesta futura será activa y calculada, orientada a establecer los términos del conflicto antes que a reaccionar a los del adversario. Esta doctrina representa la dimensión material de lo que la Wilāyat al-Faqīh sostiene como horizonte normativo. Si la institución político-teológica provee la legitimidad para actuar y el marco dentro del cual esa acción adquiere sentido colectivo para la comunidad, la doctrina de disuasión provee la capacidad operativa para sostener esa actuación frente a adversarios con superioridad tecnológica y militar convencional.
La República Islámica incorpora el lenguaje de la disuasión estratégica como instrumento al servicio de una autonomía política cuyo fundamento sigue siendo teológico-político. La inclusión del alto el fuego en el Líbano como condición del acuerdo con los Estados Unidos ilustra con precisión esta lógica. La doctrina de disuasión iraní no opera sobre un territorio delimitado por fronteras estatales. Se inscribe en una lógica donde la defensa de la comunidad tiene una dimensión ummática que trasciende las fronteras del Estado iraní aunque opere con los instrumentos que ese Estado pone a su disposición.
Es esta superposición de registros, el estatal y el comunitario islámico, lo que hace que el análisis de la política de seguridad iraní desde categorías puramente realistas o westfalianas resulte sistemáticamente incapaz de dar cuenta de sus decisiones. Irán no negocia únicamente como Estado territorial; negocia como formación cuya responsabilidad política se extiende más allá de sus propias fronteras. El mensaje de Qalibaf articula, en definitiva, una posición sobre el momento que atraviesa la República Islámica: una formación política que ha superado una guerra, renovado su liderazgo y articulado una nueva doctrina estratégica dentro de un marco que no pide permiso al orden liberal para considerarse legítimo. La Wilāyat al-Faqīh ha demostrado, en la lectura de Qalibaf, su capacidad para atravesar la prueba más severa que una institución política puede enfrentar, la pérdida de su titular en condiciones de guerra, y salir de ella con mayor claridad sobre sus propios términos de acción.
La República Islámica ha dejado de presentarse únicamente como potencia resistente para configurarse como un poder que actúa, calcula y establece condiciones. Esa transformación descansa en la continuidad de una institución cuya legitimidad proviene de su capacidad para construir y proteger la autonomía e independencia de la umma, y cuyo horizonte normativo excede con mucho los límites del Estado que la sostiene institucionalmente. Quienes interpretan la insistencia iraní en la Wilāyat al-Faqīh como rigidez ideológica aplican, sin advertirlo, la misma gramática que lleva décadas construyendo a Irán como actor incapaz de autogobierno racional. Lo que el discurso de Qalibaf pone de manifiesto es una formación política que extrae del pasado, incluidas sus pérdidas más costosas, la capacidad de actuar en el presente con iniciativa propia.
En la tipología de Boym, esa es la marca distintiva de la nostalgia reflexiva: hacer trabajar la memoria en lugar de conservarla.