Por Xavier Villar Por primera vez, Irán atacó directamente a Israel sin que una acción israelí previa contra territorio o activos iraníes lo precediera. Las líneas de confrontación se han desplazado desde la guerra de los cuarenta días, y lo que ese desplazamiento revela merece más atención que la que la crónica inmediata puede ofrecerle. Durante años, los analistas han caracterizado la doctrina de disuasión iraní como fundamentalmente reactiva: Teherán absorbía el golpe, calculaba la respuesta y actuaba en el momento y lugar de su elección. Esa caracterización describía un patrón de comportamiento sin atender a las condiciones que lo sostenían ni a las que podrían modificarlo.
Lo que los acontecimientos del domingo ponen de manifiesto es que Irán ha modificado los términos de su propio cálculo estratégico. Ya no se considera obligado a esperar un ataque directo contra su territorio para justificar una respuesta. La capacidad de disuasión había sido restablecida en el sentido de que Israel sabía que cualquier ataque contra Irán recibiría una respuesta proporcional. Con el ataque del domingo, Irán ha añadido una dimensión que cambia el perímetro de ese cálculo: también responderá a los ataques israelíes contra el Líbano.
La pregunta que surge de inmediato es qué condiciones hacen posible este cambio. Los Estados modifican las reglas del juego cuando perciben que el equilibrio de poder en su entorno, sus capacidades internas y las condiciones regionales les permiten tomar la iniciativa. Lo que el ataque del domingo señala es un nivel de confianza estratégica que resulta difícil de disociar del resultado de la guerra de los cuarenta días. Pese a dos campañas militares sucesivas contra Teherán, Irán está lejos de haber sido debilitado.
Las autoridades iraníes proyectan la convicción de que actualmente no existe amenaza creíble, ni de Israel ni de Estados Unidos, capaz de obligarles a un cambio sustancial en su política. Irán se percibe en una posición que le permite imponer nuevas reglas a sus adversarios antes que actuar dentro del marco que otros le imponen. Esa percepción tiene efectos políticos autónomos que estructuran el comportamiento de todos los actores implicados, con independencia de cualquier evaluación externa sobre sus fundamentos materiales. Lo que hace particularmente significativo el ataque del domingo es que no ocurre en el vacío sino sobre el trasfondo de una transformación regional acumulada.
La guerra de los cuarenta días no solo no quebró la capacidad operativa iraní; consolidó una lectura del equilibrio regional que Teherán venía construyendo desde hace años. En ese marco, el ataque del domingo es la expresión de una evaluación estratégica: que el momento es propicio, que los adversarios están debilitados y que la iniciativa, tomada ahora, produce efectos que la respuesta reactiva no podría producir. La confianza estratégica que refleja esta decisión está lejos de ser una improvisación. La humillación y sus dimensiones La posición de la administración Trump también merece atención.
Irán, que sobrevivió cuarenta días de bombardeos intensos, mantiene el estrecho de Ormuz bajo su control y acaba de demostrar su disposición a actuar ofensivamente, opera desde una posición de iniciativa sostenida. Israel, que ha combatido en toda la región sin alcanzar ninguno de sus objetivos declarados, acumula un desgaste que sus declaraciones públicas no pueden disimular. Trump, que necesita una salida del conflicto, no controla los términos en que esa salida podría producirse. Esta constelación no es el resultado de un error táctico ni de una decisión equivocada de una administración particular; es el resultado acumulado de décadas de subestimación sistemática de actores cuya lógica política Washington ha preferido no comprender.
La humillación estadounidense que emerge de estos acontecimientos opera en dos planos inseparables. En el material, Irán resistió la coerción y respondió de formas que alteraron las suposiciones sobre una dominación estadounidense incuestionable en la región. Cuarenta días de bombardeos no produjeron capitulación; produjeron un Irán que el domingo por la noche ataca directamente a Israel desde una posición que sus adversarios no anticiparon. En el discursivo, algo más profundo está en juego: la capacidad de Estados Unidos para nombrar, clasificar y definir la realidad política ha sido cuestionada con una eficacia que ninguna administración anterior había tenido que enfrentar con esta claridad.
Durante décadas, Washington construyó un orden de inteligibilidad en el que Irán aparecía como problema a resolver, como actor que debía ser disciplinado hasta aceptar los términos del orden liberal. Lo que los acontecimientos de este fin de semana demuestran es que ese orden de inteligibilidad no corresponde a la realidad que pretende describir. Irán no fue disciplinado. Y esa resistencia sostenida tiene una elocuencia que el análisis convencional no puede absorber sin revisar sus premisas.
Esta dimensión discursiva es la que los marcos analíticos convencionales tienden a subestimar porque opera por debajo del umbral de lo que se considera análisis riguroso. La política exterior estadounidense hacia Irán ha operado históricamente desde la premisa de que Washington posee el derecho a estructurar el orden regional y que los actores que rechazan esa estructuración constituyen anomalías que deben corregirse. La guerra de los cuarenta días ha demostrado que esa premisa resulta estratégicamente ineficaz. La coerción no produjo capitulación; produjo una reconfiguración del equilibrio regional que Washington no anticipó y que este lunes, con el ataque del domingo todavía sin respuesta articulada, no sabe cómo gestionar.
La pregunta que Washington debería hacerse, y que su propio marco epistémico le impide formular con claridad, es si la política de máxima presión no ha producido exactamente lo contrario de lo que prometía: un Irán más confiado, más dispuesto a la iniciativa y menos sujeto a los términos que sus adversarios querían imponerle. La ecuación libanesa La decisión de Irán de vincular explícitamente su respuesta a los ataques israelíes contra el Líbano desmonta con precisión dos narrativas que han circulado durante años con escaso escrutinio crítico. La primera es la etiqueta de proxy aplicada rutinariamente a Hezbolá, que presupone una relación de instrumentalización unilateral en la que Teherán utiliza a la organización como herramienta de su política regional, sin agencia propia y sin intereses que no sean los de su supuesto patrocinador. La segunda es la narrativa según la cual Hezbolá arrastró al Líbano a una guerra de otros, como si el Líbano fuera un espectador pasivo de un conflicto ajeno a sus propios intereses y a su propia historia política.
Ambas narrativas comparten una función precisa: deslegitimar la resistencia libanesa reencuadrándola como efecto de una manipulación externa antes que como expresión de una posición política autónoma con raíces históricas propias. Lo que el paraguas de seguridad que Irán extendió sobre el Líbano revela, según la politóloga libanesa Amal Saad, trasciende la inseparabilidad de los intereses estratégicos de ambos actores y la profundidad de sus vínculos ideológicos y religiosos, aunque esos vínculos existan y sean políticamente relevantes. Lo que revela es una concepción de la soberanía como autodeterminación regional: una soberanía sustantiva y vivida, que debe ser continuamente ejercida y defendida mediante la lucha y la solidaridad, frente a la soberanía formal conferida externamente que el gobierno libanés encarna, y que, como ese mismo gobierno ha demostrado, puede ser negada o entregada en la práctica sin que su denominación formal cambie. Esa distinción determina quién puede actuar en nombre de una comunidad cuando esa comunidad está siendo atacada, y quién sólo puede invocar una autoridad que ya no controla.
Irán actúa desde una lógica en la que la autonomía política de la comunidad, su capacidad para establecer sus propios términos de seguridad y para resistir la presión externa, constituye el valor político fundamental. Una lógica que el análisis convencional de las relaciones internacionales ha sido incapaz de capturar porque insiste en tratar a Irán como un actor cuyas decisiones sólo pueden leerse como respuesta a estímulos externos, nunca como expresión de una evaluación estratégica propia. Al menos desde la guerra de los cuarenta días, Irán ha demostrado que ese marco es insuficiente, y el domingo por la noche lo confirmó de una manera que difícilmente admite interpretación alternativa. Lo que todo esto sugiere es que Teherán ha dejado atrás la doctrina de disuasión estrictamente reactiva, según la cual la acción directa contra Israel se enmarcaba como una respuesta a una escalada previa.
Si esa lectura es correcta, las reglas del juego regional han cambiado de manera profunda.