Hay artistas a los que te basta un par de líneas de uno de sus dibujos para reconocerlos al instante. Katsuya Terada es uno de esos. Un auténtico maestro de la línea con un estilo inconfundible. Claro, te hablo como un fan que acumula más libros de arte suyos de los que aguantan mis estanterías: basta un fragmento de un dibujo suyo para decir: "Terada". el artista nipón de 62 años se define como artista del rakugaki, más una filosofía que un estilo: dibujar poco y a todas horas, en cualquier parte y sin pensarlo.
Y esa forma de entender el oficio, el garabato hecho disciplina, acaba de aterrizar en una de las sagas más góticas y legendarias del videojuego. Pero no es, ni de lejos, la primera vez que Terada presta su talento a la industria. Un dibujante que no cabe en una sola industria Describir el trabajo de Terada es difícil: su obra ha tocado casi toda la cultura pop. Fue el diseñador de personajes original de Blood: The Last Vampire, firmó su propio manga sobre el Viaje al Oeste con The Monkey King, realizó diseños para el Hellboy de Del Toro y ha pasado por las portadas de los cómics de Iron Man y por las cartas de Magic: The Gathering.
Su trazo, denso y nervioso, vive a la vez en el manga, las bellas artes y el diseño digital. Y todo nace de una idea: dibujar por dibujar no es un descanso del trabajo serio, sino su forma más alta del mismo; un impulso que ya llenaba los cuadernos de Hokusai siglos antes de que "manga" fuera una forma de llamar al cómic japonés. Hoy dibuja casi todo en digital, pero insiste en que el soporte da igual: su mano derecha sigue siendo su herramienta más fiable. Esa coherencia hace que reconozcas su trazo en un diseño, en una viñeta o en una imagen publicitaria. ¿Cuántos artistas presumen de que se les identifica por un centímetro cuadrado de papel y tinta?
Con 21 años, el animador Toshio Nishiuchi le encargó personajes, fondos, arte de manuales y hasta un logotipo para la Famicom, la consola que en Occidente fue la NES. De ahí saltó a un trabajo que marcó a media generación: entre 1989 y 1995 ilustró para Nintendo Power, y sus láminas de The Legend of Zelda: Link's Awakening y A Link to the Past son, para muchos, el primer Hyrule que imaginaron de verdad. Lo más interesante es que, según contó en una entrevista, no había tocado ningún Zelda cuando los dibujó: se guió por lo que leía en las revistas japonesas. Y aun así yo creo que dio con el tono exacto, con la imagen mental que muchos fans de mi generación tenemos de la saga.
Lo de Zelda me parece espectacular, pero si tengo que quedarme con una imagen, elijo la portada japonesa de Prince of Persia para Super Famicom, de 1992, una de mis favoritas de un videojuego de todos los tiempos. Ese príncipe con aire de cartel de cine clásico, condensa lo que hace grande a Terada: elegancia, peligro, trazo y movimiento. Y no lo digo solo yo: el propio Jordan Mechner, creador del juego, la cita entre sus favoritas. y la cosa no quedó ahí: por el camino dejó además los diseños de Virtua Fighter 2 y la portada de Virtua Fighter Remix: su huella asoma lo mismo en un plataformas que en la primera gran saga de lucha en 3D. Y llegamos al presente.
En el Xbox Games Showcase del 8 de junio, Konami confirmó que Castlevania: Belmont's Curse saldrá el 15 de octubre de 2026, desarrollado con Evil Empire y Motion Twin, la gente de Dead Cells. La protagonista es Rose Belmont, hija de Trevor, en un París en llamas de 1499, y el arte principal lleva la firma de Terada, que hasta ha pintado una carta del tarot de Rose para la edición especial. Que una saga de 40 años confíe su imagen a un artista del garabato dice mucho de hacia dónde mira Castlevania, y más aún de cómo se ha ganado el respeto de una industria que durante años ha estado usando su trabajo sin darle, en mi opinión, el mérito que merece. A mí, como fan, me produce una alegría difícil de disimular: reconocer su mano en alguna nueva imagen promocional, es de esas recompensas que solo entiende quien lleva años siguiéndolo.
Porque eso es lo que ha hecho siempre Katsuya Terada, no dejar dibujar hasta lograr que cada trazo acabe siendo algo que reconocerás el resto de tu vida.