Justo cuando piensas que la Humanidad ya ha hecho de todo, llega otro proyecto absolutamente demencial a poner el punto sobre la i. El proyecto del Freedom Ship, la primera ciudad flotante del planeta, es otro de esos sueños en los que la realidad quiere superar a la ciencia ficción. Lamentablemente para su futuro inmediato, la ciencia ficción parece correr más rápido. Hablamos de un monstruo gigantesco de 1,6 kilómetros de longitud, 240 metros de ancho y 30 cubiertas de altura, diseñado para que vivan en él unas 80.000 personas entre residentes permanentes, turistas y tripulación.
Un crucero perpetuo no para irse de vacaciones, sino para echar raíces mientras vas dando la vuelta al mundo en una ruta que dura dos años. Lo que nombres, lo tienes, desde teatros hasta parques de atracciones, desde zonas comerciales a barrios residenciales, con tranvías que te lleven de aquí para allá mientras acudes a un hotel, al colegio a las oficinas o incluso a ver un partido en su enorme estadio con capacidad para 15.000 personas. Cuando se habla de una ciudad flotante, el Freedom Ship no lo hace al vuelo. El problema es que plantear un proyecto así, alcanzando con ello uno de los grandes hitos de nuestra ingeniería, no es necesariamente fácil.
De hecho, es tan complicado que llevan haciéndolo cerca de 30 años, desde que un ingeniero estadounidense lo plantease en los 90 mientras intentaba conseguir financiación para su construcción. Tal vez sean los 16.000 millones de euros que costaría construirlo, o tal vez sea que cuando se anunció en 1999 su coste rondaba los 6.000 millones de euros y desde entonces no ha parado de subir. En cualquier caso, está lejos de ser únicamente un problema financiero, porque también lo es de escala. Si no se han construido aún ciudades flotantes es porque nadie se atreve a ello, menos aún con una logística tan compleja.
Ser así de grande implica no poder atracar en los puertos, tirando de ferris y helicópteros para gestionar la movilidad de tripulación y residentes, y requiere abrazar la energía nuclear para poder moverlo de un lado para otro del mundo con un coste eficiente. Ni siquiera la idea de aprovechar el barco para limpiar el mar o estudiar los océanos sirve como excusa para olvidar que, lo de entrar en una ciudad sin ley por aquello de estar constantemente en aguas internacionales, tal vez no sea tan buena idea como alguno podría llegar a pensar.