Soy de los que, como Fox Mulder, quiere creer, y eso se debe, principalmente, a Carl Sagan y su Cosmos, y a Steven Spielberg, que lleva medio siglo convenciéndome de que el primer contacto no tiene por qué ser una invasión. Con eso en mente es complicado no presentarse ya ante El Día de la Revelación con cierta predisposición, y justo por eso me cuesta tanto contarte que me ha dejado a medias. El Día de la Revelación es el regreso de Spielberg a la ciencia ficción de visitantes siderales después de dos décadas largas, su primera historia de alienígenas desde La guerra de los mundos, escrita por David Koepp y sostenida por la pareja que forman Emily Blunt y Josh O'Connor. La premisa es qué ocurriría el día en que el mundo entero tomara conciencia, de manera indudable, de que no estamos solos.
Spielberg no monta un duelo de marines contra platillos volantes, sino que trata de mirar de frente el impacto humano de semejante noticia. La crítica internacional ya la ha coronado como su mejor película en veinte años. Por desgracia, no creo que sea para tanto. Entiendo el entusiasmo, porque en lo formal no le pongo una sola pega, pero ahí empieza precisamente mi problema.
El argumento gira en torno a un empleado de una empresa dedicada a velar por la información más secreta del mundo (Josh O'Connor), que toma la radical decisión de revelar al mundo la existencia de vida extraterrestre y exponer los programas secretos del gobierno estadounidense relacionados con la investigación de ovnis. Paralelamente, la historia sigue de cerca a una presentadora de televisión (Emily Blunt) que sufre un extraño y perturbador episodio en plena transmisión en directo. Aunque la película parece tratar de la filtración del secreto, la del caos y las profundas consecuencias globales que enfrenta la humanidad al tener que asimilar la innegable verdad de que no estamos solos en el universo, en realidad se trata de cómo se intenta que esa información no se haga pública, con una emocionante persecución de por medio. Spielberg lleva toda la vida mirando al cielo, y ahora nos pide que nos miremos a los ojos Merece la pena colocar la película en su sitio dentro de una filmografía que ha vuelto una y otra vez al mismo tema sin repetirse jamás.
Si dejamos fuera la incursión interdimensional de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal y las producciones que firmó como padrino, como Super 8, a Spielberg le quedan tres grandes películas de extraterrestres, y las tres mantienen un diálogo con El Día de la Revelación. Encuentros en la Tercera Fase muestra un asombro casi religioso ante lo desconocido, estaba E.T., el extraterrestre y su ternura infantil, y estaba La guerra de los mundos y su miedo de posguerra reconvertido en pánico del 11-S. El Día de la Revelación quiere ser una síntesis de las tres, y en sus mejores momentos lo consigue. El problema, ya te lo adelanto, no está en la ambición, sino cómo maneja los detalles argumentales.
El problema, ya te lo adelanto, no está en la ambición, sino cómo maneja los detalles argumentales Porque hay una idea principal en todo esto, y la entiendo perfectamente. Spielberg lanza un llamamiento a todo el planeta en un momento internacional tan tenso y enrarecido como el que estamos viviendo, y lo que viene a decirnos es que solo la empatía puede salvarnos. Aplaudo el gesto, porque hace falta valor para defender algo tan poco de moda como mirar al otro y reconocerse en él, en la mejor tradición pacifista que va de Ultimátum a la Tierra hasta hoy. Lo que lamento es que esa empatía termine eclipsando un puñado de asuntos que en este escenario eran igual de jugosos: la espiritualidad, la religión y, sobre todo, el impacto social, político y económico que un anuncio así tendría sobre nuestras vidas.
No pasa nada, hay otras películas que nos hablan de eso, como la genial La Llegada, y me parece genial lo que quiere contarnos aquí Spielberg y que haya disfrazado toda su propuesta de fiebre ufológica. Un homenaje precioso a la ufología Y es una lástima, porque debajo de esa decisión hay una propuesta que me parece de lo más interesante. El Día de la Revelación es, en su capa más superficial, una reflexión sobre la mitología que rodea a un fenómeno tan mediático, divisorio y conspiranoico como el de los ovnis, y la construye siguiendo casi al pie de la letra lo que sabemos del Proyecto Libro Azul, aquel cajón en el que las Fuerzas Aéreas norteamericanas archivaron miles de avistamientos entre 1952 y 1969 sin llegar nunca a anunciar gran cosa y que no dejaba de ser un manual gubernamental de cómo manejar el fenómeno de cara a la sociedad civil. La película recoge esa herencia y la cruza con temas tan dispares como el chamanismo y el control de la información.
Hay guiños muy reconocibles a algunos de los casos más célebres de la historia de la ufología, como el multitudinario caso de las Luces de Fénix, de esos que cualquier aficionado pillará al vuelo. Cuando la película explora ese terreno, creo que es cuando más brilla. Pero Spielberg quiere contarnos otra cosa. No es casualidad que el cine lleve setenta años usando a los visitantes para hablarnos de nosotros mismos.
Desde que la Guerra Fría convirtió el cielo en territorio de sospecha y paranoia, el platillo volante ha sido un espejo donde proyectar el miedo de cada época, y el ser humano llevaba haciendo eso mismo con sus mitos mucho antes de algo procedente del espacio exterior se estrellara (o no) en el desierto de Nuevo México. El Día de la Revelación es heredera consciente de esa tradición, y ahí reside buena parte de su encanto. El detalle del chamanismo, lejos de ser un adorno exótico, enlaza con una intuición antiquísima en el que los fenómenos relacionados con el contactismo han acompañado a la humanidad a lo largo de su historia bajo muchos disfraces diferentes. Por eso da un poco de rabia que la trama acaba sacrificando esa riqueza por una historia bastante más sencilla y convencional.
El problema no es de fondo ni de forma Llegamos al meollo del asunto. En mi opinión el aspecto donde flojea El Día de la Revelación no está en lo que cuenta ni en cómo lo hace, sino en los detalles de guion. La película se lava las manos respecto al complejo militar-industrial estadounidense y en lugar de señalar al aparato que durante décadas ha tenido más motivos y más medios para guardar esta clase de secretos, decide que los malos sean una oscura y siniestra organización privada que, eso sí, lleva setenta y nueve años ocultándole la verdad al mundo por encargo del gobierno. Desde Roswell, para ser exactos.
Es una forma muy cómoda de mirar hacia otro lado, pero también de cómo ha cambiado la percepción social de esa parcela de las teorías de la conspiración en el que el gobierno secreto que rige el destino del mundo es una subcontrata. No es casualidad que el cine lleve setenta años usando a los visitantes para hablarnos de nosotros mismos El asunto es que el CEO de esa empresa, malísimo él, ha hecho del secreto su misión vital y está dispuesto a lo que sea con tal de mantenerlo. ¿Por qué? Se deja caer alguna pildorita de información, pero básicamente porque es el malo, y punto. En esa simplificación, reduccionista y un pelín paternalista con el espectador, se diluye todo lo bueno de la propuesta inicial.
En su empeño por resultar amable, la película olvida que los malos del mundo, los de verdad, son muy malos, y esa coartada le permite cosas difíciles de tragar, como que un civil empuje a un agente de fuerzas especiales, se salte un cordón policial y entre en una zona restringida como quien va a por el pan. Esta película podría haberme parecido estupenda si simplemente se hubiera tomado un poco más en serio el contrapunto entre sus protagonistas y antagonistas. Y es que lo del fenómeno extraterrestre, aunque apasionante, no deja de ser una excusa para explicar que a la sociedad se le oculta información, se la miente y se la manipula. en El Día de la Revelación esto no solo queda en un segundo plano, sino que además se pasa de puntillas sobre el hecho y se dulcifica, no sea que a alguien le de por preguntarse sobre si, además de mentir sobre qué pasó (o no) realmente en Roswell, no nos estarán dando gato por liebre en algún que otro asunto del que deberíamos estar informados. Lo que de verdad me inquieta es para qué sirve la fiebre OVNI cuando salgo del cine Me he quedado una preocupación que va más allá de la propia película.
Me inquieta que El Día de la Revelación sirva para revitalizar la fiebre por el fenómeno, y que quede claro que no lo digo desde la incredulidad, porque yo sigo pensando que la verdad está ahí fuera y que conviene vigilar los cielos. Lo que me preocupa es otra cosa bien distinta. Lo pretenda Spielberg o no, y seguramente no lo pretende, todo este asunto de la desclasificación de lo inexplicado suele servir, fuera de la pantalla, para distraernos de problemas reales, inmediatos y mucho más feos, donde la conspiranoia adopta un tono bastante más siniestro que el de los hombrecillos grises. Encuentros en la Tercera Fase, me sigue pareciendo bastante más interesante Lo paradójico es que ese mundo a punto de romperse es justo el telón de fondo de la historia.
El Día de la Revelación se desarrolla durante los días previos a una escalada de violencia global y, sin embargo, prefiere mirar al cielo, lo cual creo que es otra genialidad de Spielberg. Viendo cómo está el patio ahora mismo a mí tampoco me parece mal pararse un momento a replantearse las cosas y recordar que somos una sola especie subida a una roca diminuta. Pero hay una línea muy fina entre la invitación a la empatía y la huida hacia delante, y la película la pisa más de una vez. ¿Acabará esta clase de relato ayudándonos a mirarnos de verdad, o solo nos servirá para no mirar lo que está sucediendo de verdad? ¿Será capaz de salvarnos la empatía? ¿Será capaz de salvarnos el cine? O en realidad todo esto solo sirve para distraernos de lo que ocurre realmente. ¿Es El Día de la Revelación un alegato por la verdad y por la humanidad, o como explicaba el ufólogo ufólogo John Keel, un caballo de Troya que forma parte de toda la parafernalia que rodea al fenómeno OVNIs) y que no es más que una farsa creada para engañar y distraer a la humanidad?
Una vez que empieza la paranoia, es muy difícil de parar... Aun con todo, ve al cine A pesar de todo lo anterior, no puedo cerrar este texto de otra manera que recomendándote que la veas. El Día de la Revelación se pasa volando pese a sus largas horas de metraje, y deja por el camino varios de esos momentos tan de Spielberg en los que entiendes que estás ante un maestro de la narrativa en imágenes, capaz de manejar todos los recursos del cine como muy pocos en este oficio. A eso súmale una banda sonora de John Williams que vuelve a ser una maravilla y que, como ha salido del retiro por Spielberg (a quien, dice, no sabe decirle que no), tal vez sea, por desgracia, la última de su carrera.
Si a la factura le añades las buenas intenciones, el saldo da para una tarde de cine estupenda. Pero sería injusto no decirte que la hermana mayor de esta película, Encuentros en la Tercera Fase, me sigue pareciendo bastante más interesante. Termino donde empecé, con los que me enseñaron a querer creer. Cosmos me regaló las preguntas y Spielberg me regaló la esperanza de que la respuesta no tuviera por qué darnos miedo.
Y las dos regalos siguen siendo completamente válidos (y queridos). Ese se una al hecho de que no hay un Spielberg malo, porque soy de los que opinan que la peor película que pueda hacer Spielberg siempre estará por encima de la media de los estrenos del momento. Por eso le exijo más a una película que ya ofrece bastante, porque a quien más quieres es a quien más le pides. Ojalá la próxima vez que Spielberg se atreva a vigilar los cielos lo haga confiando más en la seguridad narrativa que tenía encuentros en la Tercera Fase y no dudando en la capacidad de los espectadores de asimilar la realidad de ser engañados y manipulados.
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