52-81 era el resultado a los pocos segundos de comenzar la segunda mitad. El Madison Square Garden, que durante estos playoffs ha sido un hervidero en el que se celebraban hasta los saques de banda, ofrecía el mismo nivel de decibelios que el velatorio de un mimo. Y con razón. Lo que los presentes están viendo es a unos Spurs en estado de gracia arrasar a los suyos e ir camino de no solo colocar el 2-2, sino de hacerlo dándole un vuelco anímico a la serie.
Cómo esos mismos aficionados están, poco más de una hora después, celebrando la mayor remontada de la historia de las Finales es algo que resulta difícil de explicar. En un partido cargado de eventos, de jugadas decisivas cayendo para un lado o para otro y de giros argumentales, es imposible tener la perspectiva necesaria para analizar un clásico instantáneo cuando apenas has tenido tiempo de asimilar lo vivido. Por ahora, la única certeza la marca el resultado. Y ese señala un 107-106 a favor de unos Knicks que parecen elegidos por el destino.
Porque no hay otra manera de explicarlo. A ratos por baloncesto, a ratos por energía, a ratos por corazón. Pero llega un punto en el que toda gran proeza, aquella que merece ser recordada durante mucho tiempo cual cantar de gesta, requieren de algún tipo de fuerza que trasciende aquellas que puede explicar la física. Una fuerza que hoy se vistió de azul y naranja para dejar a Nueva York a un solo triunfo de un anillo que, ahora por mil motivos, sería histórico.
En desarrollo (Fotografía de portada: Brad Penner-Imagn Images)