La historia moderna está cargada de ejemplos en los que el criterio humano ha marcado grandes momentos en la diplomacia, desde John F. Kennedy y Nikita Khrushchev, que gestionaron la crisis de los misiles cubanos en 1962, hasta las reuniones de Henry Kissinger y Zhou Enlai, que sentaron las bases para la apertura de China en 1971. ¿Pero qué pasaría si la inteligencia artificial pudiera ayudarnos a afrontar mejor algunas de las crisis más apremiantes de la actualidad? Singapur nos ofrece un anticipo de cómo podría ser ese futuro. El mes pasado, el ministro de Asuntos Exteriores de la ciudad-estado, Vivian Balakrishnan, reveló que había creado un “segundo cerebro” diplomático usando una tecnología de código abierto llamada NanoClaw.
Dicha herramienta recopila transcripciones, discursos y otros materiales, en particular, sus propias aportaciones, en una base de datos con función de búsqueda. Se está volviendo tan útil, bromeó el ministro, que no se atreve a apagarla. Es una idea esencialmente singapurense en cuanto a su eficiencia, sin dejar de lado ciertos matices distópicos. No obstante, ningún diplomático serio, ni siquiera Balakrishnan, apostaría por que un sistema de IA negociara un acuerdo para poner fin a la guerra en Ucrania o resolviera décadas de hostilidad entre EE.UU. e Irán.
El mensaje fundamental del ministro es que, si bien la tecnología es cada vez más capaz de gestionar el cálculo, la memoria y las tareas rutinarias, no puede sustituir a la comprensión. O, como él mismo dice: “Se puede delegar el trabajo, pero no se puede delegar la responsabilidad”. Sin embargo, en un mundo en el que la diplomacia suele escasear, la inteligencia artificial puede ayudar a los responsables políticos a hacer frente a la complejidad. Gobiernos de todo el planeta ya están usando la IA para resumir grandes cantidades de datos, simular distintos escenarios de negociación e identificar posibles puntos de acuerdo.
El Departamento de Estado estadounidense está empleando estas herramientas para traducir documentos y resumir información. En Libia, la ONU usó una plataforma llamada Remesh para recabar y analizar las opiniones de miles de ciudadanos durante el proceso de paz de finales de 2020, que se produjo tras años de guerra civil. Dado que funcionaba en teléfonos móviles básicos y admitía dialectos locales, logró incorporar a la conversación más voces de las que habrían podido incluir las consultas tradicionales. Por su parte, el Banco Mundial está usando la IA para predecir los flujos de refugiados procedentes de Sudán del Sur y la República Democrática del Congo hacia Uganda.
Con esto, los gobiernos y las organizaciones humanitarias podrían disponer de más tiempo para organizar alojamiento, escuelas, atención sanitaria y otros servicios esenciales antes de que lleguen las personas. Con todo su potencial, la inteligencia artificial también es intrínsecamente vulnerable a los riesgos, afirma Asha Hemrajani, investigadora principal del Centro de Excelencia para la Seguridad Nacional de la Escuela S. Rajaratnam de Estudios Internacionales de Singapur. “Si se introducen datos erróneos, el resultado será incorrecto”, me dijo. “Todo depende de los datos que se introduzcan en el modelo de IA que se esté construyendo. Y estos sistemas son vulnerables al pirateo y la manipulación, lo que podría dar pie a errores de cálculo estratégicos.
En un entorno de alto riesgo como la diplomacia, hay que hacerlo bien: los humanos deben seguir estando al tanto de todo”. Por eso, por muy impresionante que parezca el segundo cerebro de Balakrishnan, plantea una pregunta incómoda: ¿A quién está reemplazando? Las tareas que podría realizar esta herramienta, redactar informes, sintetizar informes de países, preparar discursos y preguntas parlamentarias, tradicionalmente han sido responsabilidad de diplomáticos subalternos o asesores políticos. La diplomacia no es la única que se enfrenta a este dilema, pero la cuestión es especialmente acuciante en Singapur, una de las economías más expuestas a la IA.
Bloomberg Economics estima que aproximadamente el 40% del empleo podría verse afectado por esta tecnología, el porcentaje más alto del mundo. Suecia y el Reino Unido le siguen con alrededor del 30%, mientras que EE.UU. se sitúa en el 26%. El hecho de estar expuestos a la tecnología no implica necesariamente que vaya a sustituir a los trabajadores. Las cifras nos dan poca información sobre la rapidez con la que se adoptará esta tecnología o si los puestos de trabajo se verán potenciados en lugar de eliminados.
Los singapurenses muestran un optimismo sorprendente. Solamente el 17% cree que es poco probable que los trabajadores se beneficien de la IA, frente al 46% en Alemania. Eso podría explicar por qué el gobierno ha podido seguir adelante con sus ambiciones en materia de IA. Singapur firmó un acuerdo con OpenAI y la semana pasada otro con Anthropic.
También lanzó una alianza conjunta de IA con Corea del Sur, respaldada por un fondo de US$300 millones, y anunció planes para implementar agentes de IA en todo el sector público. Sin embargo, actuar con rapidez conlleva sus propios riesgos. El desafío no radica en si usar la IA en la diplomacia, sino en cómo. Los diplomáticos jóvenes necesitan desarrollar un criterio que ningún algoritmo puede replicar.
Es fundamental dedicar tiempo al aprendizaje de idiomas, la comprensión de las culturas y la experiencia con diplomáticos de mayor rango. Las cualidades humanas fundamentales, como la empatía y la comprensión, son imprescindibles para lograr buenos resultados diplomáticos. El próximo gran avance seguirá requiriendo a una persona capaz de captar el ambiente y percibir las señales que pueden determinar el éxito o el fracaso de un acuerdo de paz. Ningún “segundo cerebro” basado en la IA puede hacer eso.
Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios. Lea más en Bloomberg.com