Por: Mohammad Molaei * Hay algo sombríamente cómico en la consistencia con la que Washington ha declarado destruida a la marina iraní. El presidente estadounidense, Donald Trump, ha afirmado en numerosas ocasiones durante los últimos tres meses que la Marina de Irán se encuentra “en el fondo del mar”. El secretario de Guerra de Trump, Pete Hegseth, prometió “aniquilarla” desde el primer día de la guerra de agresión de 40 días. El secretario de Estado, Marco Rubio, elevó su destrucción a uno de los principales objetivos declarados del conflicto.
El comandante del Comando Central de EE.UU. (Centcom), almirante Brad Cooper, compareció ante las cámaras para declarar que “ni un solo buque iraní” permanecía “operando en el Golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz o el golfo de Omán”. Y, sin embargo, semanas después, las fuerzas navales iraníes seguían patrullando con plena capacidad esa estratégica vía marítima. Meses más tarde, submarinos de la clase Qadir emergían en formación dentro del estrecho de Ormuz. Y el propio estrecho —cuya reapertura debía servir, según el enemigo, como prueba viviente de la derrota naval iraní— continúa cerrado al tráfico comercial normal hasta el día de hoy.
El cuerpo de una marina declarada muerta, repetida y estridentemente, se niega a dejar de moverse. Lo que fue atacado y lo que no Examinemos las cifras que Washington tanto disfruta citar. El Centcom informó que al menos 17 buques iraníes fueron destruidos o hundidos durante las primeras semanas de la guerra impuesta de 40 días. Para abril, Trump afirmaba que 158 embarcaciones habían sido destruidas y que la marina había sido “aniquilada”.
El presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, general Dan Caine, declaró que Washington había “neutralizado de manera efectiva la principal presencia naval iraní en el teatro de operaciones”. Lo que Washington omite deliberadamente es que casi todos los buques localizados, atacados y hundidos pertenecían a la flota de superficie convencional de la Armada de la República Islámica de Irán. Fragatas, corbetas y embarcaciones ancladas en puertos conocidos, visibles mediante imágenes satelitales y rastreables por activos de inteligencia que las observaban desde hacía años, fueron los objetivos atacados. Sin embargo, la verdadera capacidad de disuasión marítima de Irán nunca se construyó principalmente en torno a esos buques.
Un análisis honesto demuestra que Teherán pasó tres décadas diseñando una estrategia naval basada en una sola premisa: que, en cualquier guerra contra una gran potencia, su flota de superficie convencional sería destruida. La doctrina se construyó alrededor de aquello que sobreviviría a esa destrucción y continuaría combatiendo. Lo que sobrevive es la Marina del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), y la guerra impuesta de 40 días no ha cambiado esa realidad. Control estratégico de Irán sobre el estrecho de Ormuz, un duro golpe a la supremacía naval de EEUU | HISPANTV La consolidación del control estratégico de Irán sobre el estrecho de Ormuz asesta un duro golpe a la supremacía naval estadounidense.
La arquitectura naval que no pudieron destruir La Marina del CGRI no se parece a una marina tradicional, y precisamente ese es el objetivo. No posee portaviones ni cruceros con misiles guiados. Lo que sí posee son enjambres de pequeñas y rápidas embarcaciones de ataque: cientos de ellas, equipadas con misiles antibuque y capaces de ocultarse en ensenadas costeras, entre flotas pesqueras y dentro del tráfico de puertos comerciales. Desde el aire, a gran velocidad y con ventanas limitadas de identificación, distinguir una lancha rápida armada del CGRI de una embarcación pesquera resulta extremadamente difícil incluso para las marinas más avanzadas.
Destruirlas de forma exhaustiva durante una guerra de 40 días es, según expertos militares, prácticamente imposible. A ello se suman las baterías costeras de misiles antibuque —Nur, Qader y Jaliy Fars— integradas en la accidentada costa montañosa iraní que se extiende a lo largo de la ribera septentrional del estrecho. Estos sistemas han sido reforzados, dispersados y modernizados continuamente durante más de treinta años. No se encuentran expuestos en campos abiertos esperando ser fotografiados y atacados.
Están ocultos en túneles, cuevas y plataformas móviles capaces de desplazarse y volver a esconderse entre misiones. Incluso las fuerzas armadas estadounidenses, con sus incomparables capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, no lograron localizarlos ni destruirlos. Y luego están las minas navales. Antes de la guerra, algunas estimaciones situaban el arsenal iraní en alrededor de 6000 minas.
Pueden ser desplegadas por pequeñas embarcaciones, dhows tradicionales o barcos comerciales modificados; naves que, a simple vista, parecen indistinguibles del resto del tráfico en una de las rutas marítimas más transitadas del planeta. Según informó The Wall Street Journal , más del 60 % de la flota del CGRI asignada a patrullar el estrecho de Ormuz permanecía intacta después de seis semanas de guerra. Esa es la flota que coloca minas, aborda embarcaciones y convierte el estrecho en un corredor de alto riesgo. Más del 60 % sigue operativo.
La marina “destruida” cuya desaparición Washington anuncia constantemente es la pequeña flota que nunca constituyó la principal amenaza. Primera pregunta: si la marina ha desaparecido, ¿por qué los portaviones no entran? Esta es la prueba más sencilla, y aquella que ningún funcionario estadounidense —incluidos Trump y Hegseth— parece dispuesto a abordar directamente. La supremacía naval significa que puedes navegar donde quieras con tus buques.
Si la marina de tu adversario ha sido aniquilada, entras en sus aguas. No permaneces a 300 kilómetros de distancia y llamas a eso un bloqueo. Ni un solo grupo de combate de portaviones estadounidense entró en el Golfo Pérsico durante toda la guerra. Las operaciones ofensivas —bombardeos, bloqueo y demás acciones— se llevaron a cabo desde el mar Arábigo, el golfo de Omán y el mar Rojo.
El profesor Alessio Patalano, del King’s College de Londres, afirmó claramente que las operaciones de bloqueo comenzaron “más lejos de Irán” precisamente para impedir que el país pudiera explotar de inmediato las ventajas de sus pequeñas embarcaciones y armamento de corto alcance. Se trata de un académico occidental describiendo la postura naval estadounidense y reconociendo que Washington mantuvo sus fuerzas a distancia para evitar la amenaza de las “pequeñas embarcaciones y armas de corto alcance” iraníes. Eso implica admitir que dichas capacidades continúan siendo una amenaza creíble. El USS Abraham Lincoln llevó a cabo sus operaciones de bloqueo en el mar Arábigo, una masa de agua que no es el Golfo Pérsico, ni el estrecho de Ormuz, ni se encuentra cerca de las aguas iraníes que Teherán ha mantenido cerradas y patrulladas durante todo el conflicto.
El propio Golfo Pérsico —cerrado oficialmente por Irán el 2 de marzo— no vio la presencia de ningún portaviones estadounidense durante toda la guerra. Ese hecho, por sí solo, dice más que cualquier declaración del Pentágono. Irán cierra estrecho de Ormuz tras agresiones de EEUU y ataca 2 buques infractores | HISPANTV Las Fuerzas Armadas iraníes han declarado que el estrecho de Ormuz queda cerrado por completo a partir de este momento tras las nuevas acciones hostiles de EE.UU. Segunda pregunta: si la amenaza ha desaparecido, ¿qué ocurrió con el USS Gerald R.
Ford ? A mediados de marzo de 2026, se produjo un incendio a bordo del USS Gerald R. Ford , el buque de guerra más caro jamás construido, valorado en 13 000 millones de dólares y considerado el portaviones tecnológicamente más avanzado del mundo. La declaración inicial de la Marina estadounidense fue breve: el incendio había sido contenido, dos marineros sufrieron heridas leves y el buque seguía siendo “plenamente operativo”.
Era el lenguaje habitual de gestión de daños del Pentágono. Posteriormente, CNN obtuvo imágenes del interior del barco. Lo que mostraban no era un simple incendio controlado en una secadora. Filas de literas derretidas convertidas en estructuras metálicas deformadas, mamparos retorcidos, cableado expuesto colgando de techos calcinados y secciones completas del interior reducidas a escombros.
El fuego ardió durante más de treinta horas. El sistema de extinción falló, obligando a la tripulación a combatirlo manualmente durante toda la noche. Seiscientos marineros perdieron sus alojamientos. Uno de ellos declaró anónimamente a CNN : “Pensé seriamente que íbamos a perder el barco”.
El Ford fue retirado de operaciones y enviado a la bahía de Souda, en Creta, para reparaciones. El USS George H. W. Bush fue desplegado como sustituto.
La versión oficial atribuyó el incidente a una secadora en la lavandería. Sin embargo, la física no respalda esa explicación. Un incendio de esa naturaleza, detectado en un entorno militar preparado para el control de daños y con sistemas de extinción operativos, no debería provocar treinta horas de combustión descontrolada ni deformaciones estructurales de acero como las observadas. Durante ese período, el Ford operaba, según su propia Citación Presidencial de Unidad, bajo una “amenaza persistente de misiles enemigos y drones de ataque unidireccionales”.
El mismo marinero relató que, mientras navegaban por el mar Rojo, la tripulación recibía advertencias para “esperar impactos y prepararse para el control de daños” cuando aparecían municiones iraníes en el horizonte. Una marina cuyo enemigo ha sido destruido no recibe ese tipo de alertas. No navega bajo amenaza constante ni envía a su buque insignia a reparaciones urgentes. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió.
Tercera pregunta: si los submarinos fueron hundidos, ¿qué disparó contra el Burke ? Aquí es donde la narrativa se vuelve especialmente problemática para Washington. Los submarinos de la clase Qadir son pequeños —aproximadamente 117 toneladas en inmersión—, de fabricación nacional y diseñados específicamente para operar en las aguas poco profundas, estratificadas térmicamente y acústicamente complejas del Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. Los procedimientos convencionales de guerra antisubmarina, desarrollados para los océanos Atlántico y Pacífico, funcionan deficientemente en este entorno.
Las características físicas del golfo degradan significativamente el rendimiento del sonar. La táctica del Qadir consiste en posarse sobre el fondo marino y esperar. Los analistas navales llaman a esto ocultación por “reposo en el fondo”: el submarino se asienta en el lecho marino, apaga sistemas no esenciales y se vuelve acústicamente indistinguible de la geología circundante. En la práctica, permanece invisible hasta que decide dejar de serlo.
El 10 de mayo de 2026, mucho después de que Trump declarara “aniquilada” a la marina iraní, el comandante de la Armada iraní, contralmirante Shahram Irani, confirmó públicamente el despliegue de submarinos Qadir en el estrecho de Ormuz bajo condiciones de preparación para el combate. Durante unas maniobras navales, varias unidades emergieron simultáneamente en formación y luego volvieron a sumergirse para reanudar sus patrullas. Según Army Recognition , entre 14 y 20 permanecían operativas. Además, estos submarinos pueden portar misiles de crucero antibuque Yask, lo que amplía considerablemente su capacidad ofensiva.
Los disparos de advertencia con torpedos efectuados por submarinos Qadir contra un destructor de la clase Arleigh Burke , obligándolo a retirarse, constituyen una demostración práctica de la lógica estratégica para la que fueron concebidos. Lo que esta decisión revela es que la supuestamente “destruida” flota submarina iraní no fue destruida en absoluto. Algo disparó esos torpedos. Algo forzó esa retirada.
Ese algo es precisamente la flota Qadir que Washington aseguró que ya no existía. ¿Cómo diminutas lanchas rápidas de Irán convirtieron el estrecho de Ormuz en zona prohibida para la Armada de EEUU? | HISPANTV Las pequeñas y veloces lanchas de ataque de Irán convirtieron el estrecho de Ormuz en una zona prohibida para la Marina de Estados Unidos. Cuarta pregunta: entonces, ¿por qué el estrecho sigue cerrado? Esta es la pregunta que responden diariamente los mercados: las primas de seguro marítimo continúan en niveles de crisis. Es la pregunta que responde Lloyd’s List cada vez que informa sobre otro buque que evita la ruta.
El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo transportado por mar en el mundo, sigue sin estar abierto. El CGRI lo cerró oficialmente el 2 de marzo. Estados Unidos lanzó una campaña para reabrirlo el 19 de marzo. Posteriormente impuso un bloqueo naval el 13 de abril y desplegó portaviones, destructores, dragaminas, unidades de marines y enormes cantidades de munición de precisión para intentar alterar la situación.
Al momento de redactarse este artículo, el estrecho continúa siendo una zona que el transporte marítimo comercial evita, que las aseguradoras consideran un área de guerra y que los operadores de petroleros califican como un corredor de riesgo inaceptable. Rubio declaró ante el Senado el 2 de junio que Irán había “minado amplias zonas de Ormuz”. Por su parte, los propios parámetros operativos del Centcom excluyen explícitamente al estrecho de las áreas cubiertas por el bloqueo. Washington está bloqueando desde una distancia segura una vía marítima que afirma haber reabierto, mientras el CGRI continúa desplegando minas Maham-3 y Maham-7 de fabricación nacional y realizando ataques contra buques mercantes. ¿Por qué Washington sigue repitiéndolo?
La afirmación de que la marina iraní ha sido destruida no constituye, en esencia, una evaluación militar honesta basada en hechos. Si así fuera, habría sido corregida discretamente hace semanas, cuando la evidencia operativa la volvió insostenible. Persiste porque forma parte de una estrategia de comunicación política dirigida al público estadounidense, al que se le prometió una campaña militar limpia, decisiva y profesionalmente ejecutada, y al que se le debe proporcionar una narrativa continua de éxito independientemente de lo que ocurra realmente en el estrecho. El problema, según diversos expertos, es que esta mentira tiene una vida útil muy corta en el entorno informativo actual.
Gobiernos aliados como Japón, Corea del Sur, Australia y los Estados del Golfo Pérsico disponen de sus propios servicios de inteligencia y de sus propias evaluaciones sobre lo que sucede en Ormuz. Y esas evaluaciones describen una fuerza que ha sufrido pérdidas, se ha adaptado y continúa operando con suficiente eficacia como para negar la libertad de navegación en el punto de estrangulamiento marítimo más importante del planeta. Cada día que el estrecho permanece cerrado; cada día que un capitán de petrolero decide rodear el cabo de Buena Esperanza en lugar de arriesgarse a atravesar Ormuz; cada día que la flota Qadir patrulla bajo aguas que los portaviones estadounidenses evitan, la narrativa oficial estadounidense recibe un nuevo golpe, uno que no podrá absorber indefinidamente. * Mohammad Molaei es un analista de asuntos militares radicado en Teherán. Texto recogido de un artículo publicado en Press TV