La velocidad con la que tu móvil abre las aplicaciones, la fluidez de la cámara al hacer una foto bajo el sol y la propia vida útil de los componentes internos caen drásticamente durante los meses de calor, sobre todo si estamos en la playa. Esto afectará al rendimiento de tu dispositivo, así que si sueles usarlo en la playa o piscina, este artículo es para ti. A pesar de lo que pueda parecer, no se trata de una percepción subjetiva ni nada relacionado con fallos de cobertura de red. Cuando el termómetro supera ciertos límites lógicos, los componentes de silicio de los móviles comienzan a luchar para no sufrir daños irreparables en el circuito.
A diferencia de un ordenador, un teléfono disipa el calor de forma pasiva a través de su chasis de aluminio o cristal. Cuando la temperatura exterior es realmente alta y el sol golpea directamente sobre la pantalla, el margen de disipación cae a cero, lo que obliga al terminal a tomar medidas de emergencia para asegurar la integridad física del dispositivo. Protocolo de emergencia En este contexto, el motivo por el que la interfaz va más lenta o incluso ciertas aplicaciones o juegos sufren tirones en pleno verano tiene que ver con el estrangulamiento térmico. Las marcas de procesadores, como pueden ser Qualcomm, Apple o MediaTek, integran en el silicio una serie de sensores avanzados de temperatura que monitorizan el núcleo del chip de forma ininterrumpida.
Si estos termistores detectan que los transistores se aproximan a un umbral crítico (generalmente fijado en torno a los 45 o 50 grados Celsius en la batería y más de 80 grados en la CPU), el software del sistema activa una función de autoprotección. Esta función consiste en reducir drásticamente y de forma inmediata la frecuencia de reloj del procesador (los gigahercios a los que trabaja) y el voltaje de la unidad gráfica (GPU). Para que cualquier usuario lo entienda de forma sencilla, el teléfono frena a propósito su propio motor para generar menos calor interno por fricción de electrones. Es un mecanismo de defensa automatizado, ya que el sistema operativo prefiere funcionar lento antes de permitir que el exceso de temperatura destruya las soldaduras de la placa base o degrade de forma irreversible los componentes químicos de la batería.
Celda de litio Aunque esta lentitud en el uso es molesta, lo peor de someter un smartphone al entorno de la playa se localiza en la batería, sobre todo en las de iones de litio, que alimentan la absoluta mayoría de los móviles y que basan su funcionamiento en reacciones químicas de intercambio de energía. El calor actúa como un acelerador de estas reacciones de forma descontrolada. Cuando un teléfono se calienta en exceso de forma continuada debido al sol, se desencadenan tres efectos perjudiciales en su almacenamiento: - Pérdida de capacidad nominal: La estructura interna que retiene los iones se destruye, lo que provoca que la batería dure mucho menos a partir de ese día. - Hinchazón de la celda: El calor genera gases en el interior de la bolsa hermética de la batería, lo que puede llegar a combar la pantalla o despegar la tapa trasera del dispositivo. - Riesgo de fuga térmica: En casos extremos de desatención por parte del usuario, el material puede entrar en combustión interna, rompiendo las celdas de seguridad del terminal. El choque térmico radical genera condensación de agua en el interior de los circuitos e incluso puede agrietar el cristal de la pantalla por contracción de materiales.
Por tanto, es recomendable retirar la funda protectora de plástico, ya que hace de abrigo, aislando el calor. También es aconsejable apagar las conexiones que demandan mucho rendimiento, como el GPS o los datos 5G, bajar el brillo de la pantalla al mínimo y colocar el smartphone a la sombra en un lugar donde corra el aire.