En 1982, Wolfgang Petersen estrenó Das Boot con una premisa que ningún estudio norteamericano habría aprobado: una película de guerra de casi tres horas protagonizada por soldados nazis que serían capaces de generar empatía con los espectadores. Fue nominada a seis Óscar, acabó ganando cinco premios BAFTA y se convirtió en una de las películas bélicas más influyentes de la historia. Aún así, la pregunta que casi nadie se formula es cómo consiguió que esa idea tan loca funcionara. La respuesta no está en el guion ni en las actuaciones, está en el submarino.
EL U-96 está más cerca de ser una trampa que un escenario, ya que dentro no hay ideología visible, no hay esvásticas en sus paredes ni discursos sobre el Reich. Allí hay hombres con miedo, frío, sueño y ganas de seguir viviendo, siempre deseando que no llegue su hora. Al estar en un espacio cerrado, el heroísmo se diluye y aparece algo mucho más difícil de ignorar: son personas reales en una situación insostenible. El mecanismo que el género repite Das Boot no fue el primero en utilizar ese mecanismo, pero sí el que lo llevó más lejos.
Petersen rodó durante semanas en réplicas a escala real y utilizó cámaras que apenas cabían entre los actores para conseguir que la claustrofobia fuera física antes de ser emocional. El resultado fue que el espectador no podía mantener la distancia moral que normalmente protege al público de una película sobre el bando alemán en la Segunda Guerra Mundial, dado que el submarino eliminó esa barrera. Otros ejemplos de narrativa dentro de submarinos pueden ser La caza del octubre rojo y Crimson Tide. En la primera, el capitán soviético Ramius deserta hacia América y la película apuesta por convertir esa transición en una situación sin salida: solo dos aliados y ningún sitio al que huir.
En Crimson Tide, Hackman y Washington no discuten sobre protocolo nuclear, sino sobre las consecuencias de obedecer una orden sin confirmarla y la posibilidad de cometer un crimen. En un submarino, el conflicto militar pasa a ser filosófico, dado que ninguno de los implicados puede abandonar el debate. Lo que une a estas tres películas es que ninguna trata realmente de lo que parece: Das Boot no es una película sobre las acciones nazis, La caza del octubre rojo no es un thriller de espionaje y Crimson Tide no trata sobre el apocalipsis nuclear. Los tres usan el submarino como condición narrativa, como un espacio en el que el argumento no puede esquivarse porque físicamente no hay salida.
Esa, y no otra, es la razón por la que el género ha producido alguna de las reflexiones políticas y morales más honestas del cine comercial del siglo XX. El fondo del mar tiene una ventaja que ningún otro escenario ofrece: hace imposible mirar hacia otro lado. Das Boot, por su parte, lo demostró convirtiendo en protagonistas a hombres que habrían sido los villanos en cualquier otra película. Hollywood lo aceptó porque el submarino era la única excusa lo suficientemente sólida como para que el espectador no se levantara del asiento y, sorprendentemente, confirmó que los submarinos son el espacio perfecto para debates filosóficos.