Después de una década cerrando bocas, esta fue la película con la que Clint Eastwood se coronó como un gran director

Después de una década cerrando bocas, esta fue la película con la que Clint Eastwood se coronó como un gran director

Warner Bros. Imagina pasarte 40 años siendo la imagen inquebrantable del tío más duro del cine y que, precisamente por eso, la crítica y la prensa no te tomen en serio al dirigir tus primeras películas. Clint Eastwood se pasó décadas cerrando bocas, pero el punto final de todo esto, la obra que lo cambió todo, llegó con una película preciosa llamada Gran Torino . En sus inicios le veían como a un simple actor de acción, hasta el punto de que tuvo que salir a defenderlo el mismísimo Orson Welles , diciendo que la gente estaba tan cegada por su imagen de tío duro que era incapaz de ver la inteligencia que había tras sus películas.

Y Welles tenía toda la razón. Cuando comienza Gran Torino todo parece indicar que Eastwood nos va a dar otra ración de violencia. Nos presenta a Walt Kowalski escupiendo al suelo y amenazando a los pandilleros con un rifle desde su porche. Como espectadores aquí nos acomodamos en la silla, cogemos las palomitas y pensamos: "Genial, ha vuelto Harry el sucio, se van a cagar".

Pero lo que estaba haciendo en esos primeros minutos era tenderle una trampa al espectador , haciéndonos creer a todos que estábamos viendo otra película más de venganza para poder sorprendernos con algo totalmente diferente. Lume repasa las claves de este peliculón de Eastwood en una nueva pieza de No es como las demás . Kowalski es un hombre de otra época que se da cuenta de que contestar a la violencia con más violencia ya no sirve de nada, solamente crea más dolor. Todo en su vida es un asco: acaba de perder a su mujer, está solo y su familia de sangre es imbécil.

Sus hijos y nietos no se preocupan por él ni muestran respeto por la difunta abuela; solo se interesan por la herencia y especialmente por su coche, el Gran Torino del 72. Frente a un joven cura que intenta que se confiese, Walt entiende que su verdadera penitencia tiene que ser un sacrificio real, no rezar tres Ave Marías en un confesionario. Walt es un veterano de la guerra de Corea que arrastra unos prejuicios enormes y que lleva medio siglo muerto en vida . Justo en la casa de al lado se instala una familia de la etnia Hmong, y aunque al principio proyecta sobre ellos un odio irracional por sus propios traumas, es la relación con estos vecinos lo que le hace cambiar.

Acaba dándose cuenta de la gran ironía de su vida: el odio hacia su propia familia está más que justificado, mientras que termina encontrando lealtad, valores y verdadero respeto en unos desconocidos a los que odiaba sin ningún motivo. El dilema moral y filosófico enorme llega cuando los pandilleros amenazan el futuro de los jóvenes Thao y Sue, su verdadera familia ahora. A Walt le persigue el recuerdo de haber matado a jóvenes asiáticos que solo seguían órdenes. Sabe que tener las manos manchadas de sangre te destroza por dentro y no te deja dormir el resto de tu vida.

Por eso, cuando llega el clímax, toma una decisión poética. Si le dejase a Thao ir a vengarse con un arma, el chaval se convertiría en un asesino, se convertiría en el propio Walt. Si esta fuera la típica peli de venganza, Eastwood se liaría a tiros y la violencia escalaría, pero aquí hace algo mucho más inteligente: encierra a Thao para proteger su alma y va a enfrentarse a la banda desarmado, sabiendo que tiene cáncer de pulmón y los días contados. Se deja acribillar a propósito, cayendo al suelo con los brazos en cruz como Cristo sacrificándose por los demás, para que la policía meta a la banda en la cárcel y salvar así el alma de Thao.

Eastwood aquí coge su propia figura de héroe y la destruye . Trabajar con actores naturales Para conseguir transmitir esta humanidad en la película, hizo algo increíble: casi ninguno de los actores que hacen de los vecinos Hmong eran profesionales. Montó castings en las comunidades Hmong de Estados Unidos porque quería gente de verdad; esa incomodidad que ves en pantalla entre Walt y los chavales al principio es real. Incluso buscó consultores para corregir errores del guion original sobre la cultura Hmong y dejó a los actores improvisar en su lengua, en lugar de en inglés, quitándoles la presión de que todo saliera perfecto.

Y para rematar el realismo, movió la historia de Minnesota a Michigan, rodando en los barrios obreros cerca de Detroit. Detroit fue la gran ciudad del motor hasta que colapsó en los años 60, quedando llena de fábricas abandonadas como un cementerio de la automoción. Esto le da todo el sentido a Walt , que se pasó 50 años trabajando en la cadena de montaje de Ford e instaló con sus propias manos la columna de dirección del Gran Torino en la fábrica. Por eso, cuando ve a su hijo vender coches japoneses (los que hundieron Detroit), lo siente como una traición.

Ese coche es el símbolo de que Kowalski vive en un pasado que ya no existe. Así, en la brillante escena de la lectura del testamento, no le deja el Gran Torino a su nieta, sino a Thao, demostrando que el legado y la verdadera familia tienen que ver con los valores, el respeto y la lealtad, no con la sangre. Todo esto nos lleva a la filosofía de entender el cine y a las personas que tiene Eastwood, una manera que hoy está casi extinguida. No te trata como a un espectador tonto, no te pone explosiones cada 5 minutos de forma burda ni usa diálogos simplones para sobreexplicar.

Su cine respira, te da el tiempo para incomodarte, juzgar y luego comprender y perdonar.