Por el personal del sitio web de HispanTV El anuncio del fin de la guerra contra la República Islámica de Irán y sus aliados fue recibido con un suspiro colectivo de alivio en una región que se encontraba al borde del abismo. Sin embargo, en cuestión de días, los cimientos del memorando de entendimiento comenzaron a resquebrajarse, revelando un juego de alto riesgo en el que las reglas están siendo reescritas incluso antes de que se seque la tinta. La reciente formalización de un memorando de entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) destinado a poner fin a la guerra de agresión estadounidense-israelí en todos los frentes, desde Irán hasta el Líbano y más allá, ha sido seguida por una flagrante violación de sus principios fundamentales por parte de los agresores, en particular del régimen sionista. Las continuas amenazas de una nueva guerra por parte de los más altos dirigentes estadounidenses, junto con los ataques permanentes del ejército israelí y la ocupación de partes del territorio libanés, no constituyen simples errores diplomáticos, sino un desmantelamiento sistemático del propio entramado del acuerdo.
Esta situación plantea una pregunta crucial: ¿puede sobrevivir una paz edificada sobre una base tan frágil o se trata simplemente de una pausa estratégica antes de la próxima guerra devastadora? En el núcleo de la cuestión no se encuentra únicamente la pregunta de si una guerra ha terminado formalmente, sino si el comportamiento de los actores involucrados se ajusta al espíritu y a las condiciones del propio acuerdo. Si las amenazas belicistas continúan, si la presión militar persiste en escenarios paralelos y si las condiciones pactadas siguen sin cumplirse, entonces el entendimiento sobre el “fin de la guerra” alcanzado hace unos días y previsto para ser firmado en Ginebra este viernes no puede considerarse, en términos significativos, plenamente concluido. En su lugar, emerge una fase híbrida: ni guerra activa ni paz genuina, sino una pausa estratégica moldeada por la coerción, las señales de fuerza y objetivos aún no resueltos.
Pacto de sangre y resistencia: cómo libaneses describen vínculo entre Irán y Líbano | HISPANTV “El extraño no es quien no conoce tu nombre. El extraño es quien ve tu casa ardiendo y luego pregunta por el color del humo”. El comportamiento de los agresores permanece inalterado Uno de los principales problemas es el incesante belicismo de altos responsables políticos estadounidenses, incluidas advertencias explícitas sobre la posibilidad de nuevos ataques militares si las negociaciones no producen los resultados deseados. Desde esta perspectiva, tales declaraciones no constituyen excesos retóricos, sino violaciones estructurales del propio espíritu del entendimiento.
Si un marco destinado a poner fin a la guerra pretende eliminar la coerción como instrumento de negociación, entonces la reintroducción de amenazas militares durante las conversaciones socava la premisa fundamental de la diplomacia de posguerra. Reconfigura la diplomacia no como un paso de alejamiento respecto al uso de la fuerza, sino como una prolongación de esta por medios alternativos. Según el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Seyed Abás Araqchi, el memorando fue concebido mediante un enfoque de dos fases para abordar la profunda desconfianza entre Teherán y Washington, una desconfianza nacida de décadas de promesas estadounidenses incumplidas y agresiones criminales. La primera fase estaba destinada explícitamente a garantizar un fin inmediato y permanente de la guerra en todos los frentes, incluido el Líbano.
El cese de las amenazas, la retirada de las fuerzas de ocupación en territorio libanés y la suspensión de las hostilidades militares debían constituir los pilares sobre los cuales se construiría la segunda fase: las negociaciones sobre cuestiones nucleares y el alivio de las sanciones. Sin embargo, el enemigo se ha negado a cumplir. Esto plantea una preocupación estructural más profunda acerca de la manera en que funcionan las negociaciones en entornos donde la opción militar no ha sido completamente abandonada. Cuando una de las partes continúa sugiriendo la posibilidad de una nueva guerra, el propio espacio de negociación queda distorsionado.
Deja de ser un ámbito neutral para el compromiso mutuo y se convierte en una extensión de la presión coercitiva, donde los resultados se moldean bajo la sombra implícita de la fuerza en lugar del reconocimiento recíproco de las limitaciones existentes. El comportamiento estadounidense no ha cambiado desde el alto el fuego de comienzos de abril. Washington ha seguido actuando como si la guerra continuara activamente. Las pruebas procedentes de principios de junio, cuando las negociaciones se encontraban en pleno desarrollo, muestran que mientras el presidente estadounidense, Donald Trump, afirmaba que se registraban avances para poner fin a la guerra, Estados Unidos lanzaba simultáneamente nuevos ataques contra instalaciones militares, radares y centros de inteligencia en el sur de Irán.
Este “enfoque pendular”, que oscila entre amenazas extremas y discursos de paz en cuestión de horas, destruye cualquier apariencia de confianza. Como ya ha advertido el liderazgo militar iraní, cualquier nuevo acto de agresión contra la infraestructura energética del país desencadenaría una respuesta severa. Sin retirada israelí del Líbano, el acuerdo Irán-EEUU sigue incompleto | HISPANTV Un memorando de entendimiento para poner fin a la guerra, que Irán y Estados Unidos tienen previsto firmar el viernes en Ginebra, solo tiene sentido en la medida en que se haga cumplir sobre el terreno. La situación en el Líbano y el destino del acuerdo EEUU-Irán La estipulación explícita relativa al Líbano contenida en el memorando ha sido tratada como una simple nota al margen por el régimen sionista, acusado de asesinar a niños.
El ministro Araqchi ha insistido repetidamente en que el fin de la guerra en el Líbano constituye una parte “inseparable” de cualquier acuerdo de paz. También dejó absolutamente claro que, desde la perspectiva de Teherán, las partes del acuerdo son Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán y el Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá) por el otro. Dado que los campos de batalla estaban interconectados, la paz también debía estarlo. Sin embargo, en abierta contradicción con este principio, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha declarado públicamente que las fuerzas armadas israelíes permanecerán en las zonas que actualmente ocupan en el Líbano durante el tiempo que consideren necesario.
El memorando entre Teherán y Washington no se limitaba a una única esfera bilateral, sino que estaba destinado a establecer un cese más amplio de las hostilidades enemigas en múltiples frentes. Si uno de esos frentes continúa activo —ya sea mediante la ocupación o mediante agresiones militares intermitentes—, entonces la integridad del marco general queda inevitablemente cuestionada. Se trata de una señal clara de que la guerra no ha terminado por completo y de que el requisito previo para iniciar la segunda fase de negociaciones no se ha cumplido. En consecuencia, resulta ilógico afirmar que una guerra ha concluido en todos los frentes mientras se mantiene activamente la ocupación de territorio en uno de ellos.
Para Irán, dada la situación en el Líbano, entrar en la segunda fase de negociaciones no solo sería estratégicamente desaconsejable, sino que constituiría una vulneración de la premisa principal del acuerdo. La razón fundamental para estructurar las conversaciones en dos etapas era garantizar que, una vez que ambas partes se comprometieran a un fin permanente de la guerra, las amenazas no pudieran utilizarse bajo ninguna circunstancia como instrumento de presión. Ello refleja una preocupación más amplia acerca de la secuenciación en la diplomacia internacional. En conflictos complejos, los acuerdos por fases están diseñados para generar confianza de manera gradual.
Sin embargo, también son vulnerables a la asimetría, cuando una de las partes percibe el cumplimiento como algo opcional o negociable, mientras que la otra lo considera un elemento fundacional. Cuando surge tal asimetría, el propio acuerdo corre el riesgo de degenerar en una guerra de interpretaciones en lugar de proporcionar claridad operativa. Los negociadores iraníes, incluido el ministro Araqchi, han señalado que Estados Unidos presentó exigencias adicionales que siguen siendo objeto de discusión incluso después del anuncio del memorando, lo que demuestra que Washington continúa intentando obtener concesiones bajo la sombra de su poder militar. ¿Cómo Irán convirtió su poder regional en una ventaja estratégica frente a EEUU? | HISPANTV En los anales de la historia militar y política moderna, las guerras suelen definirse por cambios territoriales, cifras de bajas o la firma de tratados. Sin embargo, existe un tipo de guerra más inusual: aquella en la que una nación se forja de nuevo en el crisol de una agresión ilegal y no provocada.
La fórmula aplicada a Venezuela no funcionará en Irán Proseguir con negociaciones de “posguerra” mientras se sufre bombardeos y amenazas equivaldría a establecer un precedente catastrófico. Transmitiría al enemigo el mensaje de que las amenazas y la agresión son herramientas eficaces para arrancar concesiones, garantizando así que el ciclo de guerra, alto el fuego y negociación se repita en el futuro. Asimismo, demostraría que la parte estadounidense sigue sin reconocer una realidad esencial acerca de Irán: Irán no es Venezuela y esa fórmula no funcionará en territorio iraní. La respuesta iraní, frente a estas reiteradas violaciones, debe ser calculada, proporcional y decisiva.
Aunque la posición oficial actual consiste en negarse a entablar diálogo hasta que se cumplan todas las condiciones estipuladas en el memorando, el siguiente paso debe definirse con claridad. Si la próxima ronda de conversaciones llegara a iniciarse y las violaciones persistieran —ya fuera mediante la continuación de las amenazas estadounidenses o de la ocupación israelí—, Irán debería activar sus propios instrumentos de presión. Esto incluiría, lógicamente, la activación de opciones militares y, de manera crucial, el estrecho de Ormuz. Se trataría de una respuesta proporcional al incumplimiento por parte del enemigo de sus compromisos y del único lenguaje comprensible para un adversario que solo entiende la fuerza.
En última instancia, la estrategia actual del enemigo está diseñada para obligar a Irán a negociar desde una posición de debilidad, aceptando un acuerdo que reproduzca los peores aspectos del pacto de 2015 o que garantice una futura guerra. La única forma de romper este ciclo y asegurar una paz estable y duradera es reafirmar que el fin de la guerra no es negociable. Asimismo, sería conveniente retrasar las rondas posteriores de negociación tras la firma del memorando para permitir que se produzca una desvinculación pública y política entre el acuerdo y las circunstancias bajo las cuales fue firmado. Tal retraso podría contribuir a estabilizar las percepciones, reduciendo la asociación inmediata entre amenazas y guerra.
Con el tiempo, ello podría reforzar la percepción de autonomía en la toma de decisiones y consolidar el compromiso del enemigo con el proceso diplomático. La cuestión de fondo no es si existe un alto el fuego sobre el papel, sino si el entorno político y estratégico se ha apartado realmente de la lógica de la guerra. Si las amenazas continúan, si la agresión militar persiste y si las condiciones siguen incumplidas, entonces la respuesta es que el enemigo está jugando un juego cuyas consecuencias podrían resultar catastróficas. Estados Unidos debe demostrar su compromiso con la paz mediante hechos y no únicamente con palabras, y la ocupación de los territorios libaneses debe cesar de inmediato.
Mientras la sombra de las armas continúe proyectándose sobre la mesa de negociaciones, no habrá ningún “arte del acuerdo”, sino únicamente el arte de la supervivencia.