Europa acaba de recibir una buena noticia energética, pero puede ser justo la excusa que frene su transición más urgente

Europa acaba de recibir una buena noticia energética, pero puede ser justo la excusa que frene su transición más urgente

Una buena noticia para la factura, una mala señal para el futuro Cuando baja el precio del petróleo, casi todos respiran. Los mercados se relajan, las empresas reducen parte de sus costes y los hogares esperan facturas menos agresivas. Eso ocurrió tras el acuerdo entre Estados Unidos e Irán para aliviar la tensión en el estrecho de Ormuz , una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. Por ese paso marítimo circula una parte enorme del petróleo mundial y del comercio global de gas natural licuado.

Cuando la zona se bloquea o se vuelve insegura, los precios reaccionan de inmediato. Europa lo sabe bien: aunque no todos los países dependan físicamente del gas que cruza Ormuz, el petróleo y el GNL se compran en mercados globales. Si el sistema se tensiona, el golpe llega igual. La paradoja es que ese alivio puede transformarse en una trampa.

Cuando la energía fósil se encarece, los gobiernos aceleran permisos renovables, discuten electrificación industrial y prometen reducir dependencias externas. Cuando los precios bajan, la urgencia desaparece. Y en política energética, la falta de urgencia suele ser el primer paso hacia la inacción. © FRANCE 24 Español Youtube. Cambiar de proveedor no es cambiar de modelo Durante los meses de tensión, Europa reaccionó con medidas de emergencia.

Se habló más de renovables, de redes eléctricas, de eficiencia y de autonomía energética. Pero buena parte del esfuerzo inmediato volvió a pasar por el mismo lugar de siempre: comprar combustibles fósiles, solo que a otros proveedores y a precios más altos. Ese es el problema de fondo. Sustituir GNL del golfo Pérsico por GNL de Estados Unidos, Catar o Australia puede resolver una crisis puntual, pero no cambia la estructura de dependencia.

Europa deja de depender de un cuello de botella, pero sigue atada a un mercado global volátil donde cualquier conflicto, bloqueo o decisión geopolítica puede trasladarse a la factura. España aparece en una posición algo más cómoda porque su suministro de gas está más diversificado y tiene un peso importante de Argelia y Estados Unidos. Aun así, no vive aislada del mercado internacional . Si el precio global sube, la presión llega por la electricidad, la industria, el transporte y los bienes que dependen de energía importada.

El petróleo barato puede enfriar la transición La transición energética no avanza solo porque existan objetivos climáticos o discursos ambiciosos. Avanza cuando hay presión política, social y económica. Y pocas cosas generan tanta presión como una factura energética imposible de sostener. Cuando esa presión baja, también baja la voluntad de hacer reformas incómodas.

No es una hipótesis nueva. Después de grandes crisis petroleras, muchos países impulsaron programas de eficiencia, diversificación y ahorro energético. Pero cuando los precios volvieron a caer, parte de esa ambición se diluyó. Europa ya vivió algo parecido con el gas ruso: durante años se conocía el riesgo, pero mientras el suministro parecía barato y estable, la dependencia se mantuvo.

La reapertura de Ormuz no elimina el riesgo geopolítico. El estrecho seguirá siendo vulnerable, Irán seguirá ocupando una posición estratégica y el sistema energético global seguirá dependiendo de rutas marítimas frágiles. Lo único que cambia, por ahora, es la percepción inmediata del peligro. Y eso puede ser suficiente para frenar decisiones clave.

La transición necesita blindarse contra los ciclos de precios Europa tiene un objetivo claro: reducir de forma drástica sus emisiones hacia 2040. Pero entre el objetivo legal y la realidad hay una larga lista de pasos intermedios: redes eléctricas más fuertes, permisos renovables más rápidos, electrificación industrial, almacenamiento, rehabilitación energética de edificios y financiación estable. El riesgo es que la caída del petróleo no borre la meta, pero sí enfríe el camino para llegar a ella. Por eso, la transición energética necesita mecanismos que no dependan del precio del barril de cada temporada.

Fondos anticíclicos, inversiones obligatorias y reglas claras podrían evitar que cada alivio coyuntural se convierta en una excusa para aplazar lo importante. La reapertura de Ormuz puede ser una buena noticia para los mercados, pero Europa debería leerla con cuidado. El verdadero éxito no será pagar un poco menos por la energía durante unos meses. Será aprovechar el recuerdo de la crisis para reducir de una vez la dependencia que hizo que ese estrecho pudiera condicionar la economía de todo un continente.

Fuente: TheConversation