La FIFA tenía razón con los precios de las entradas del Mundial 2026

La FIFA tenía razón con los precios de las entradas del Mundial 2026

De haberme dicho que más de 70.000 fanáticos del fútbol llenarían el SoFi Stadium de Los Ángeles un lunes por la noche para ver el partido entre Nueva Zelanda e Irán, te habría respondido: ni en cien años. Pues eso es precisamente lo que ocurrió este 15 de junio. Y lo que es todavía más sorprendente, los precios de las entradas se encarecieron un 23% en los tres últimos días previos al inicio del partido, lo que elevó el precio mínimo en las plataformas de reventa hasta la astronómica cifra de US$420. Y todo ello, para un partido entre un país en conflicto militar con EE.UU. y otro de solamente cinco millones de habitantes al otro lado del planeta.

Ninguno de estos dos equipos había superado nunca la fase de grupos del Mundial, ¡pero qué emocionante empate a 2-2 nos regalaron! La subida de precios es consecuencia del frenesí colectivo desatado por el inicio del mayor evento deportivo del planeta. En cuanto inició el partido, muchas de las preocupaciones previas al torneo, desde el calor y los problemas de transporte hasta el inevitable fatalismo de algunos comentaristas, todo pasó a un segundo plano. Tras una semana de partidos, los aficionados están entusiasmados, los estadios están casi llenos, las audiencias televisivas baten récords y los precios de reventa de las entradas se disparan a medida que el entusiasmo de los aficionados cobra impulso.

Esto es aún más evidente en el caso de la selección de Estados Unidos. Durante meses, los organizadores lucharon por vender las entradas para esos partidos. Pero tras la contundente victoria de los estadounidenses sobre Paraguay en el partido inaugural, los precios para ver al equipo local se han disparado. Por mucho que me cueste admitirlo, esto es una gran reivindicación para la FIFA y su tan criticado sistema de precios dinámicos.

Le está ayudando al organismo rector del fútbol a recaudar ingresos jamás vistos, mientras persigue su objetivo de generar US$13.000 millones durante el ciclo de 4 años que cierra con este torneo. El sistema puede que no sea ni justo ni transparente, y sea una forma descarada de hacer dinero que traiciona el espíritu popular que hizo del fútbol el deporte más bonito e igualitario del mundo. Aun así, está demostrando ser tremendamente eficaz a la hora de maximizar los beneficios de la Copa del Mundo, la mayor fuente de ingresos de la FIFA. La FIFA, una organización sin ánimo de lucro únicamente en papel, exprime hasta el último dólar a los aficionados, las ciudades anfitrionas y sus socios.

No es ninguna sorpresa. Si alguien seguía dudando de que el fútbol no es un faro de moralidad, sino esencialmente una gigantesca empresa, el negocio de la pasión en sí mismo, solo tiene que fijarse en esta versión XXL del Mundial: 48 equipos. 16 ciudades anfitrionas, en tres países. Ahora todo es más grande, más nuevo y más lucrativo. Además, cuando la demanda sigue superando a la oferta por un margen tan amplio, la política de precios dinámicos acaba inevitablemente por generar precios astronómicos en las entradas.

Por eso la FIFA necesitaba este Mundial en EE.UU., el mayor mercado de entretenimiento del mundo, con México y Canadá como socios. Más de seis millones de entradas a la venta parecen muchas, pero no cuando cerca del 35% de la riqueza privada mundial está concentrada en EE.UU., que además alberga la mayor población inmigrante del planeta. Si a eso se suman aficionados con alto poder adquisitivo y seguidores que viajan desde el extranjero, hasta un Jordania-Austria un martes por la noche en San Francisco puede atraer a casi 70.000 espectadores. Las entradas para Cabo Verde contra Arabia Saudita el 26 de junio se revenden actualmente por unos US$600, después de haber llegado a costar apenas US$8.

No lo digo con gusto. Después de meses de intentos fallidos y horas buscando entradas a precio oficial, terminé aceptando una realidad incómoda: este es un Mundial muy extravagante. Más allá de las estrategias de venta de la FIFA, los precios reflejan una demanda enorme. Ante la alternativa de verlo desde casa, acabé pagando una suma difícil de justificar para ver a Argentina defender su título en Dallas la próxima semana.

Y debo admitir algo: me sentí mal en el momento en que hice clic en “comprar”, y todavía me arrepiento un poco de haber dejado que la pasión se impusiera a mi lógica financiera. Mi consuelo es pensar que Lionel Messi puede repetir el extraordinario triplete que le regaló a Argentina y al mundo este martes por la noche; esos momentos no tienen precio. Y este Mundial ya nos ha dado varios, desde el histórico empate de Cabo Verde ante la favorita España hasta los aficionados escoceses animando las calles de Boston y una Times Square convertida en un santuario del fútbol Y esto es precisamente lo que les da a la FIFA y a su rimbombante presidente, Gianni Infantino, el poder para exprimir a sus clientes. Así como el Vaticano tiene el monopolio de la salvación de las almas, la FIFA tiene vía libre para sacar el máximo provecho de ingenuos, perdón, aficionados como yo, que al final solo deseamos vivir un momento de gloria en la cancha.

Hay que reconocerlo: la FIFA puede ser una organización que muchos disfrutan criticar, pero también es muy buena en lo que hace. La ampliación a 48 equipos fue muy cuestionada por el temor a una caída en la calidad del torneo. Sin embargo, ya nos ha permitido ver a varias selecciones modestas superar las expectativas. Si a eso se suman un juego más dinámico, una producción televisiva de primer nivel y el atractivo de las grandes estrellas, el resultado es un espectáculo electrizante.

Todavía está por verse si las tácticas agresivas de la FIFA terminan provocando una reacción de los aficionados. Y motivos para quejarse no faltan, más allá de los elevados precios de las entradas: el trato recibido por la selección iraní, las cuestionadas pausas obligatorias para hidratación y la posibilidad de que el presidente Donald Trump busque protagonismo en la ceremonia de premiación, todo bajo la supervisión de la FIFA. Seguramente cada aficionado tendrá sus propias críticas. Esta nota no refleja necesariamente la opinión del consejo editorial de Bloomberg LP y sus propietarios.

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