Por: Mohammad Molaei Oculta en las profundidades de la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA, por sus siglas en inglés) para el año fiscal 2027, aprobada por el Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos y valorada en una cifra récord de 1,15 billones de dólares, se encuentra una disposición singular —la Sección 224— que logra discretamente lo que décadas de cabildeo abierto, transferencias de armamento y maniobras diplomáticas no pudieron conseguir: la fusión formal, institucional y jurídicamente codificada del ejército estadounidense con el del régimen sionista. Esto ocurre en un momento en que la opinión pública estadounidense, marcada por una guerra ilegal y no provocada contra Irán y por sus enormes consecuencias militares y económicas, desea una menor implicación en las guerras de Tel Aviv, no una mayor. Sin embargo, la Sección 224 ofrece exactamente lo contrario. No se trata de una partida presupuestaria ni de un nuevo paquete de ayuda, sino de la denominada “Iniciativa de Cooperación Tecnológica de Defensa Estados Unidos-Israel”: un plan a largo plazo para una arquitectura que ya no se basa en una relación de donante y receptor, sino en una modalidad cualitativamente distinta y mucho más peligrosa.
Bajo este esquema, los intereses estratégicos y las necesidades operativas de las fuerzas armadas más grandes del mundo son alineados gradual y sistemáticamente con —y posteriormente subordinados a— las necesidades de un régimen de apartheid que ha demostrado repetidamente su disposición a empujar a Washington hacia guerras regionales innecesarias y desastrosas. La arquitectura de la subordinación La Sección 224 exige que el secretario de Guerra designe a un agente ejecutivo específico dentro del Pentágono responsable de coordinar y ampliar los esfuerzos de cooperación entre Estados Unidos y las fuerzas armadas sionistas. Un nuevo nivel de coordinación institucionalizada y permanente entre Estados Unidos e Israel permitirá que la integración militar continúe más allá de los ciclos políticos y de las decisiones de cualquier administración particular, así como de los cambios en la opinión pública. Dicha integración queda incorporada a las instituciones permanentes del estamento militar estadounidense.
El alcance de esta disposición es extraordinario. Se aplica a la investigación y el desarrollo bilaterales, la coproducción de sistemas de armamento, las empresas conjuntas y, de manera especialmente preocupante, a la “integración de redes” y la “fusión de datos”. Este último componente merece una atención particular. La inteligencia clasificada obtenida mediante activos militares estadounidenses, financiados con recursos de los contribuyentes norteamericanos, podría ahora canalizarse directamente hacia los sistemas militares israelíes a través de mecanismos de fusión de datos.
Los ámbitos involucrados abarcan todo el espectro de la guerra de próxima generación: inteligencia artificial, computación cuántica, sistemas autónomos, energía dirigida, guerra cibernética y biotecnología. Estados Unidos no se limita a compartir tecnología; está suscribiendo un compromiso vinculante de codesarrollo profundo en todos estos campos simultáneamente. Al hacerlo, está renunciando de facto a una toma de decisiones independiente sobre el propio rumbo de su tecnología militar. Quizá el aspecto más perjudicial de la Sección 224 —desde una perspectiva estructural— sea aquello que permite y aquello que deliberadamente impide.
El marco tradicional de asistencia militar estadounidense al régimen sionista, por controvertido que fuese, estaba al menos nominalmente sujeto a supervisión democrática. El Congreso debía aprobar las asignaciones anuales de ayuda, y los programas de Ventas Militares al Extranjero estaban sujetos a revisión por parte del Departamento de Estado. La Sección 224 revierte todo ello. Al sustituir la ayuda exterior por una relación de entrelazamiento militar mediante mecanismos opacos, incluidos los procesos de adquisición militar y la cooperación industrial, las relaciones militares entre Estados Unidos e Israel entran en una nueva fase caracterizada por programas conjuntos clasificados y contratos estructuralmente protegidos frente a la rendición pública de cuentas.
Los arquitectos de la Sección 224 comprenden perfectamente que el pueblo estadounidense ya no respalda un apoyo militar incondicional a Tel Aviv. Una encuesta realizada conjuntamente por The New York Times y Siena College a mediados de mayo reveló que solo el 30 % de los estadounidenses consideraba acertada la decisión de ir a la guerra contra Irán. Otro sondeo mostró que apenas un 16 % aprobaba la continuación de las ventas de armas al régimen sionista sin restricciones. El establishment proisraelí de Washington ha extraído lecciones de estas cifras, aunque no de la manera que muchos estadounidenses podrían esperar.
No pretende recalibrar la relación. Por el contrario, ha optado por reestructurarla de una forma deliberadamente diseñada para escapar al escrutinio público, según destacan diversos expertos. 🔴Plan de integración militar entre EEUU e Israel 🔺El Congreso de Estados Unidos está impulsando un plan para integrar las fuerzas armadas de EEUU e Israel de una manera sin precedentes. pic.twitter.com/3ptwh9OJTq — HispanTV (@Nexo_Latino) May 30, 2026 La palanca del empleo: captura interna mediante dependencia industrial El mecanismo relacionado con el empleo activado por la Sección 224 constituye una de las características más sofisticadas de la ley. La disposición permite a la empresa israelí de fabricación de armamento Rafael ampliar sus plantas de coproducción en Estados Unidos, siguiendo el precedente ya existente de instalaciones israelíes establecidas en los estados de Arkansas y Mississippi. Una vez que una empresa armamentística israelí genera puestos de trabajo en un distrito congresional, crea para el representante de dicho distrito un interés político material en garantizar la protección de esa instalación específica, así como de la relación más amplia entre ambas partes que la sustenta.
El mecanismo opera mediante la dependencia económica y no a través de transacciones financieras directas. En virtud de la Sección 224, este mecanismo se extendería a decenas de otros sectores, desde instalaciones dedicadas al desarrollo de inteligencia artificial hasta centros de prueba de sistemas autónomos. Cada nuevo centro de producción constituye un nuevo punto de captura política. La arquitectura resultante no solo vincula al complejo militar-industrial estadounidense con el régimen sionista, sino que establece las bases políticas internas para que dicho vínculo se vuelva cada vez más irreversible con el paso del tiempo.
El contexto de la posguerra: institucionalizar la derrota No es posible leer la Sección 224 sin prestar especial atención al momento en que surge. Esta disposición fue incorporada discretamente al proyecto de la NDAA 2027 apenas unas semanas después del final de la guerra no provocada contra la República Islámica de Irán, una guerra lanzada por Estados Unidos e Israel que no logró alcanzar ninguno de sus objetivos declarados. Las capacidades misilísticas de Irán permanecen intactas. No se produjeron fracturas en su estructura de mando militar.
Conservó su red regional de fuerzas de resistencia aliadas. Lejos de salir debilitada, la República Islámica emergió de la tercera guerra impuesta con una capacidad de disuasión reforzada, un mayor sentimiento de unidad nacional y un papel más reconocido que nunca en la seguridad energética internacional. El consenso de posguerra en Estados Unidos se encuentra fracturado. Los grupos de ataque de portaaviones siguen siendo vulnerables en las confinadas aguas del golfo Pérsico.
La popularidad del liderazgo político estadounidense en asuntos de política exterior se sitúa en mínimos históricos. En este contexto, la introducción de la Sección 224 refleja no una confianza estratégica, sino una dependencia estratégica. Esta disposición constituye una confesión de debilidad estratégica. Washington, que ya había ocultado sus agendas regionales tras las de Tel Aviv durante la guerra, busca ahora formalizar esa subordinación.
El objetivo es garantizar que futuras administraciones, independientemente del sentir popular, se enfrenten a estructuras institucionales que hagan casi imposible cualquier desviación de ese rumbo. El respaldo bipartidista a esta disposición, bajo el liderazgo del presidente republicano del comité, Mike Rogers, y del principal representante demócrata, Adam Smith, resulta sumamente revelador. Apenas unas semanas antes, el senador demócrata Chris Van Hollen había criticado públicamente al régimen israelí en The New York Times por el “uso indebido” de la ayuda estadounidense. Sin embargo, la cúpula dirigente del establishment congresional trabaja discretamente para convertir en permanente e inmune a cualquier desafío político la base misma de esa influencia.
Una fusión contraria al mandato popular En su nivel más profundo, la Sección 224 encarna la transformación de lo que alguna vez fue una subordinación informal de la política militar estadounidense a los requerimientos estratégicos israelíes en una realidad jurídica e institucional. Es la primera vez en la historia que una superpotencia permite quedar estructuralmente vinculada a un “cliente” que ejerce semejante grado de influencia sobre sus procesos políticos internos. Esto no es lo que desea el pueblo estadounidense. Una encuesta de The New York Times concluyó que el 64 % de los encuestados consideraba que la guerra contra Irán había sido una decisión equivocada.
Otro sondeo mostró que el 38 % abogaba por una prohibición total de las transferencias de armamento al régimen sionista. Irán: EEUU e Israel generan inseguridad y no tienen cabida en futuro regional | HISPANTV Un alto cargo iraní ha denunciado las medidas hostiles de Estados Unidos y del régimen israelí como la principal causa de la inseguridad en Asia Occidental. Sin embargo, la maquinaria continúa avanzando entre bastidores, de manera tecnocrática y opaca, oculta en los intrincados detalles de subsecciones legislativas que pocos estadounidenses llegarán a leer alguna vez. Para el Eje de la Resistencia, la Sección 224 no resulta alarmante, sino confirmatoria.
La disposición pone de manifiesto precisamente las lecciones equivocadas que Washington ha extraído de su fallida Guerra de Ramadán. En lugar de recalibrar su estrategia, Estados Unidos está redoblando su apuesta, invirtiendo aún más en la institucionalización de su alineamiento con Tel Aviv y cerrando estructuralmente cualquier margen de flexibilidad política que pudiera necesitar para reevaluar su postura estratégica en la región. La doctrina de disuasión asimétrica de Teherán y del conjunto del Eje de la Resistencia siempre se ha basado en la realidad de que Estados Unidos e Israel constituyen, en la práctica, un único actor conjunto. La Sección 224 no modifica esa evaluación; simplemente la confirma, otorgando forma jurídica e institucional a una realidad operativa que ya existía.
Como señalan diversos analistas militares, existen escasas pruebas de que esta disposición favorezca los intereses estratégicos estadounidenses. Si acaso, sostienen lo contrario. La cuestión que ahora permanece abierta es la siguiente: ¿posee todavía el sistema político estadounidense la capacidad de corregirse y sanar sus disfunciones antes de que la fusión institucional que acaba de codificar convierta cualquier rectificación de rumbo en algo imposible? Texto recogido de un artículo publicado en Press TV