Ocaso del tigre de papel estadounidense: cómo EEUU cambió sus valores por vanidad

Ocaso del tigre de papel estadounidense: cómo EEUU cambió sus valores por vanidad

* Por Ahmad Habibullah Numerosos libros y trabajos de investigación han examinado este fenómeno desde diversas perspectivas, tanto de forma directa como indirecta. Sin embargo, este proceso de declive también puede entenderse como un proceso de reducción o contracción. Históricamente, todo imperio se expande durante sus etapas formativas en las dimensiones política, económica, militar y cultural. No obstante, una vez alcanzado su apogeo, comienza gradualmente a contraerse hasta desaparecer finalmente en las páginas de la historia.

En un sentido metafórico, esta contracción es comparable a la representación recurrente de Estados Unidos como un “tigre de papel” en los medios impresos y electrónicos, así como en la literatura académica. La reducción de cualquier Estado o imperio comienza primero en la mente de su pueblo, aunque sus gobernantes y élites puedan tener una percepción completamente distinta. En el caso de Estados Unidos, este fenómeno resulta cada vez más visible en la actualidad. Muchos intelectuales y ciudadanos estadounidenses expresan preocupación por el deterioro de la posición del país como potencia líder a nivel mundial.

Por otro lado, sectores de la élite política, altos mandos militares y el establishment gobernante siguen actuando bajo la convicción de que Estados Unidos continúa siendo una superpotencia sin rival. Estados Unidos fue fundado sobre los principios expuestos en la Declaración de Independencia, que hacía hincapié en la libertad, la igualdad, los derechos humanos, la búsqueda de la felicidad, la justicia y la paz. Con el tiempo, sin embargo, las sucesivas administraciones estadounidenses se han ido alejando gradualmente de esos ideales fundacionales. Este alejamiento no solo ha afectado a los ciudadanos estadounidenses, sino que también ha tenido consecuencias de gran alcance para los pueblos de numerosos países, privándolos de esos mismos principios.

Desde esta perspectiva, ha existido una erosión continua e ininterrumpida de los valores fundacionales de Estados Unidos, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Además, la Declaración de Independencia se refiere a Dios como el ‘Juez Supremo del mundo’ y refleja una firme confianza en la providencia divina por parte de los representantes de las colonias en el momento de su adopción. La política estadounidense contemporánea se ha alejado de ese fundamento y, en su lugar, deposita una confianza abrumadora en el poder militar. Este cambio se ha manifestado mediante conflictos armados, intervenciones geopolíticas, guerras promovidas, golpes de Estado, explotación de recursos, operaciones de cambio de régimen, apoyo a gobiernos controvertidos y otras acciones consideradas desestabilizadoras y destructivas.

En el ámbito interno, políticas como la legalización del aborto, la venta de alcohol y el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo son presentadas como evidencia de un alejamiento más amplio de los valores religiosos tradicionales. Desde esta perspectiva, la fe en Dios ha sido sustituida gradualmente por un sistema de gobierno secular-fascista que se apoya principalmente en el poder militar y material para promover los intereses nacionales y proyectar influencia en el exterior. La educación superior es otro ámbito en el que Estados Unidos ha experimentado un declive significativo. Durante la década de 1980, las universidades estadounidenses dominaban las clasificaciones mundiales, y más de 16 de las 20 mejores universidades del mundo solían estar ubicadas en Estados Unidos.

Para los estudiantes talentosos de todo el planeta, estudiar en Estados Unidos representaba la máxima aspiración académica y una gran oportunidad profesional. Esta posición se ha debilitado considerablemente en los últimos años. Según esta visión, el declive puede atribuirse a factores como las restricciones a la libertad académica, las respuestas contundentes a las protestas en los campus, el uso de la fuerza policial contra estudiantes y profesores, procedimientos de visado cada vez más restrictivos, la reducción de oportunidades de becas, la interferencia política en los asuntos académicos y la desviación de recursos nacionales hacia el gasto militar. Como resultado, las universidades estadounidenses han ido perdiendo gradualmente su posición en la educación superior mundial.

De acuerdo con una evaluación reciente de las clasificaciones universitarias globales de 2025, las instituciones estadounidenses ya no dominan los primeros puestos mundiales en la medida en que lo hacían anteriormente. China ha superado a Estados Unidos en varios indicadores de producción académica y científica, incluido el número de tesis doctorales, citas de investigación y registros de patentes. En consecuencia, muchos estudiantes sobresalientes de todo el mundo optan cada vez más por destinos como Canadá, Australia, Europa y China para cursar estudios superiores, reflejando lo que algunos críticos consideran un cambio más amplio en el panorama académico global. Para mantener su posición como potencia hegemónica mundial y autoproclamado policía del mundo, Estados Unidos impulsó una serie de políticas y maniobras estratégicas destinadas a proyectar poder e infundir temor entre gobiernos, dirigentes políticos, estructuras militares y poblaciones de todo el mundo.

Hubo un tiempo en que un mensaje del presidente estadounidense podía obligar incluso a gobiernos poderosos a cumplir las exigencias de Washington. Sin embargo, hoy esa influencia hegemónica se ha reducido significativamente y ha sido sustituida cada vez más por una disposición de los Estados a desafiar, resistir y rechazar las directrices estadounidenses. Estados Unidos ha perdido gran parte de su antigua capacidad para imponer resultados a naciones más pequeñas y hacer prevalecer sus preferencias en el sistema internacional. La política exterior estadounidense, en particular su prolongado apoyo al régimen sionista y su reiterado uso del derecho de veto en las Naciones Unidas, ha contribuido a una disminución gradual del respaldo internacional a las posiciones de Washington.

En muchas cuestiones globales importantes, incluso aliados tradicionales de Estados Unidos se han mostrado cada vez más reacios a apoyar resoluciones promovidas por Washington, optando a menudo por abstenerse en votaciones clave. En numerosas ocasiones, los resultados de las votaciones en la ONU han puesto de manifiesto una marcada división entre Estados Unidos y el régimen sionista, por un lado, y una amplia mayoría de los Estados miembros, por el otro. Desde esta perspectiva, tales acontecimientos reflejan una reducción de la influencia diplomática estadounidense y un debilitamiento de su capacidad para moldear el consenso internacional. La estabilidad interna es otra prueba del declive estadounidense.

En cualquier nación desarrollada que aspire al liderazgo mundial, mantener un entorno interno pacífico y seguro se considera una responsabilidad fundamental de los dirigentes políticos y de las instituciones encargadas del orden público. Estados Unidos enfrenta serios desafíos internos en este ámbito. Entre los factores que pueden citarse figuran los elevados niveles de violencia armada, los tiroteos masivos, los delitos violentos, los crímenes de odio, el abuso de drogas, los suicidios y los disturbios sociales, considerados indicadores de un entorno social en deterioro. El aumento de la posesión de armas de fuego es visto asimismo como un reflejo de la creciente inseguridad pública y de la disminución de la confianza en la seguridad ciudadana.

Además, la brutalidad policial, particularmente contra comunidades minoritarias, ha generado una amplia controversia y ha desencadenado repetidas protestas a nivel nacional en numerosas ocasiones durante los últimos años. Estos acontecimientos revelan una erosión gradual de la cohesión social y de la confianza pública. La reducción de un entorno pacífico y estable tanto en las zonas urbanas como rurales de Estados Unidos ha contribuido a episodios recurrentes de agitación social, especialmente tras incidentes de gran repercusión que involucraron a víctimas pertenecientes a minorías. La tecnología y la innovación, consideradas durante mucho tiempo pilares de la fortaleza estadounidense, son también ámbitos en los que Estados Unidos enfrenta desafíos cada vez mayores.

Silicon Valley fue visto durante décadas como el centro mundial indiscutible de la innovación tecnológica. Sin embargo, con el tiempo, numerosas actividades manufactureras y tecnológicas fueron trasladadas a países como China, Hong Kong, Taiwán y otros, contribuyendo al surgimiento de nuevos competidores de gran peso. El espectacular colapso del Silicon Valley Bank constituye una señal simbólica de las vulnerabilidades existentes en el ecosistema económico y tecnológico estadounidense en general. El monopolio tecnológico del que alguna vez disfrutó Silicon Valley se ha debilitado considerablemente a medida que países como China han desarrollado capacidades avanzadas en áreas como la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y la manufactura de alta tecnología.

Al mismo tiempo, han surgido nuevas empresas y polos de innovación en distintas partes del mundo que desafían el predominio estadounidense en sectores de vanguardia. Una proporción significativa de los científicos, investigadores, becarios posdoctorales y profesores que trabajaban en universidades e industrias estadounidenses durante la segunda mitad del siglo XX eran inmigrantes. La creciente polarización política, la inseguridad laboral, las desigualdades en el ámbito profesional, las políticas migratorias restrictivas y las crecientes tensiones geopolíticas han hecho que Estados Unidos resulte menos atractivo para el talento internacional altamente cualificado. Como resultado, muchos investigadores de primer nivel y profesionales del sector tecnológico buscan cada vez más oportunidades en otros lugares, especialmente en China y en otras economías de rápido desarrollo.

Por ello, Estados Unidos ha experimentado una disminución gradual de su capacidad para atraer y retener talento tecnológico de clase mundial, debilitando así uno de los fundamentos clave de su influencia. La demostración definitiva de poder en los asuntos internacionales es la capacidad de obligar a un adversario a sentarse a negociar durante una guerra, aceptar las propias exigencias y salvaguardar los intereses estratégicos. La reciente guerra, que según el autor fue impuesta ilegalmente contra la República Islámica de Irán por Estados Unidos y su aliado histórico, el régimen sionista, se ha convertido en cambio en una pesadilla estratégica para Washington. Como autoproclamada superpotencia, Estados Unidos entró en la guerra con objetivos claramente definidos, entre ellos un ‘cambio de régimen’ en Irán y el desmantelamiento de su programa nuclear mediante ataques contra instalaciones nucleares clave.

Sin embargo, Estados Unidos no logró alcanzar sus objetivos y finalmente se vio obligado a detener su agresión ante la firme resistencia de la nación iraní, especialmente de las Fuerzas Armadas iraníes. El pueblo iraní demostró una notable capacidad de resistencia durante la guerra. A través de la movilización popular y de las manifestaciones de apoyo a sus dirigentes y fuerzas armadas, los iraníes contribuyeron a frustrar las expectativas de que la presión militar externa condujera a un colapso interno o a un ‘cambio de régimen’. En consecuencia, lo que algunos políticos y comentaristas militares estadounidenses habían imaginado como una vía para una transformación política en Irán terminó convirtiéndose en una aventura militar costosa e infructuosa.

La maquinaria bélica estadounidense, tras sufrir importantes reveses militares y estratégicos, se vio obligada a regresar a la mesa de negociaciones y moderar su retórica hacia Irán. Según esta perspectiva, ello constituye una prueba de un declive más amplio de la influencia militar estadounidense. A pesar de poseer la tecnología militar más avanzada del mundo, un arsenal nuclear y el mayor presupuesto de defensa, Washington no pudo imponer el resultado que deseaba y terminó aceptando condiciones en gran medida favorables a Teherán para poner fin a la guerra impuesta. La historia demuestra que las grandes civilizaciones y los Estados poderosos no surgen de la noche a la mañana.

Por el contrario, se construyen a lo largo de siglos mediante el esfuerzo de sus pueblos y la búsqueda de la justicia, la igualdad, la estabilidad y una gobernanza responsable. La influencia duradera más allá de las fronteras nacionales no se alcanza mediante la fuerza militar, sino a través de la autoridad moral y la promoción de la paz y la justicia. Los Estados que actúan de ese modo se ganan el respeto tanto de sus propios ciudadanos como de la comunidad internacional. Estados Unidos se ha alejado cada vez más de estos principios, y ese alejamiento se ha acelerado en las últimas décadas.

Como muchas potencias anteriores, Estados Unidos está experimentando un rápido declive de su autoridad moral y de su posición global. Ese declive suele comenzar mucho antes de hacerse visible en términos materiales. Así como imperios anteriores terminaron desapareciendo tras alcanzar su apogeo, Estados Unidos acabará enfrentando una trayectoria histórica similar. Las generaciones futuras estudiarán a Estados Unidos por su legado desastroso de intervenciones militares, guerras promovidas, explotación de recursos y hegemonía global. * El Dr.

Ahmad Habibullah es profesor universitario y escritor independiente especializado en política internacional. Imparte cursos sobre liderazgo académico y ética de la investigación en una universidad.