Colón, cadenas en vida; fasto en la muerte

Colón, cadenas en vida; fasto en la muerte

Por Moisés Saab De la redacción de África y Medio Oriente El más cruel de ellos, ser enviado en cadenas a la corte que alguna vez abandonó en el camino a la gloria y la trascendencia, víctima de esa envidia y maledicencia que imprimieron a nuestra forma de ser los antepasados ibéricos mal que nos pese, sin olvidar los positivos, entre ellos la hidalguía y el quijotismo. Nunca faltan las teorías sobre conocimiento previo de la posibilidad de encontrar el oriente por el oeste, que resultaron chismes aunque tal vez se llamaran de otra forma en las postrimerías del siglo XV, cuando Colón se aprestaba a traer en su nombre el del padre de su religión, el Cristo Nazareno, y en su apellido la paloma (dicho colomba en su idioma natal, el italiano) a América que aún no se llamaba así y con la que tropezó en pleno delirio e instauró la dominación colonial de una España que recién comenzaba a ser unidad sociopolítica y no tanto lingüística. Y ¡oh, también!, valga el lamento, el oscurantismo de la Inquisición, la avaricia de los cortesanos y los pésimos hábitos de aseo (¿o falta de ellos?) de sus contemporáneos europeos, certificados por Isabel I la Católica, cuando proclamó con orgullo y sin recato que se había bañado dos veces en su vida: cuando nació y el día de su boda con Fernando de Aragón. Nada que ver con la arraigada costumbre de los aborígenes que encontró en Cuba “la tierra más hermosa que ojos humanos jamás vieron”, según quedó escrito en su diario en el cual abundaba la palabra “oro”.

Párrafo aparte para la instauración de la esclavitud, vergüenza de la humanidad que, a la postre, resultaría una bendición al conformar una nacionalidad que fundió lo mejor de España y África, con pinceladas de culíes chinos y migrantes árabes, para fructificar en este mosaico espléndido, ruidoso, colorido, salvaje y culto, todo en uno, que somos los cubanos. Valga la reminiscencia sobre Isabel, quien ganó fama de ser mujer de pelo en pecho como enfatiza la expresión aún repetida: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando” y alimentar una leyenda según la cual en algunas fechas el ectoplasma de la reina circula por algunas calles de la capital cubana como alma en pena. De vuelta al Almirante de la mar Océana es público y notorio que arrancó a los reyes católicos una serie de capitulaciones que de cumplirse lo habrían hecho rico como un Creso, pero solo consiguieron despertar la envidia y codicia de los cortesanos y condenarlo a una muerte prematura e inmerecida por abyecta. Así, de almirante, virrey y gobernador general de las Indias Occidentales, Colón pasó a ser un reo acusado de brutalidad con las poblaciones aborígenes americanas, remitido a la corte cargado de cadenas en la fétida bodega de una de las embarcaciones de la época.

Apenas tenía 56 años de edad cuando falleció, amargado con la visión de los burócratas enviados por la monarquía para gobernar sus posesiones americanas y a sus validos para apropiarse de lo que le correspondía según las capitulaciones firmadas con los reyes en el entusiasmo de los tiempos previos a que los nuevos descubrimientos convirtieran a España en el imperio donde nunca se ponía el sol. Colón había vuelto a la corte cargado de cotorras, arrastrando a un nativo que exhalaba humo por la nariz, perros que no ladraban y con poco más que mostrar por todos los maravedíes invertidos en la aventura, el inicio de su cuesta abajo en el favor real. Pero la muerte no fue el fin de los sufrimientos de Colón, cuyos despojos mortales serían con el tiempo objeto de polémica entre La Evangelista, hoy República Dominicana, La Habana y Sevilla. Residentes en los tres puntos se decían custodios de los restos del marino, que había sido salvado in extremis por los hermanos Pinzón de ser arrojado por la borda de la nao capitana hartos de seguir a un hombre que a todas luces no era ducho en el uso del astrolabio y con todos los indicios de andar perdido en aquel mar proceloso y hostil.

Está comprobado que la catedral de la capital cubana, bella en su vetustez, fue refugio de los restos del Almirante hasta el siglo XVIII, de donde viajó a la de Santo Domingo, Primada de las Américas, que es donde comienza la controversia, hasta terminar su peregrinar en la imponente catedral de Sevilla en cuya cúpula los cubanos tienen una vieja conocida, la Giraldilla original, madre de la que preside el edificio del Castillo de la Fuerza en La Habana. El problema radica en que los dominicanos son reticentes a desprenderse de los despojos del Almirante y aseguran que sino todos, por lo menos parte de los restos mortales del intrépido marino, permanecen en la primera tierra que avistó Rodrigo de Triana. Pero los españoles no dan su brazo a torcer y aseguran que hasta el último gramo de polvo cósmico de Colón está en la catedral de Sevilla, en el fastuoso féretro portado por sendos heraldos vestidos con tabardos engalanados con los blasones de Castilla, Aragón, Navarra y León, impresionante en su silencio mortuorio. Puro fasto, el que solo encontró el marino errante después de su muerte y de soportar la ignominia de ser aherrojado tras abrir a España las puertas de un mundo maravilloso por mágico con el que nunca se entendió: relegado de una madrasta que pudo ser madre Patria. arc/msl