A cuatro décadas del gol que fue historia, guerra, venganza y arte

A cuatro décadas del gol que fue historia, guerra, venganza y arte

Argentina le ganaba 1-0 a Inglaterra y el partido tenía el pulso tenso de las historias que se juegan mucho más allá del fútbol. Hacía apenas cuatro minutos que Diego Armando Maradona había marcado el gol más insolente de la historia de los Mundiales, aquel manotazo disfrazado de picardía que más tarde sería bautizado como “La Mano de Dios”, y los ingleses seguían rodeando al árbitro con indignación mientras los argentinos sonreían con esa mezcla de alivio, revancha y travesura que solo entiende quien alguna vez sintió que el destino le debía algo. El ambiente estaba cargado de electricidad. Inglaterra jugaba con rabia; Argentina, con el corazón acelerado.

Y en el centro de todo estaba Diego, pequeño entre gigantes, caminando sobre el césped como quien guarda un secreto. Desde la tribuna podía verse cómo observaba el campo con una serenidad extraña, casi ajena al ruido. Los defensores ingleses ya no lo miraban únicamente como a un rival; comenzaban a mirarlo con esa incomodidad que produce lo imprevisible. Terry Butcher respiraba pesado, Peter Reid corría con el gesto endurecido y Peter Shilton mascaba bronca bajo los tres palos.

Todos sentían que aquel número diez tenía algo distinto, algo imposible de medir en velocidad o talento. Era otra cosa. Una especie de fuego. Entonces Héctor Enrique le entregó la pelota en mitad de la cancha y el fútbol cambió de forma.

No fue un pase trascendental ni una jugada preparada. Fue una pelota simple, rutinaria, una de esas que aparecen cientos de veces en cualquier partido. Pero cuando Diego la tocó con el pie izquierdo, el estadio entero pareció inclinarse hacia adelante. Algo en el cuerpo de Maradona anunciaba peligro.

Primero amagó suavemente, casi caminando, y enseguida empezó a acelerar. Glenn Hoddle llegó tarde a la primera presión, Reid intentó seguirlo con desesperación como quien intenta alcanzar un tren que ya partió, Butcher retrocedió y Fenwick dudó un instante; Diego siguió avanzando con la pelota pegada al botín como un violinista que acaricia una melodía conocida únicamente por él. Cada toque parecía escrito de antemano. El césped desaparecía bajo sus piernas y el ruido del Azteca comenzaba a crecer desde las tribunas como una ola gigantesca que todavía no rompía, pero ya venía empujando todo a su paso.

En Buenos Aires los bares quedaron mudos, en Rosario alguien dejó un plato servido sobre la mesa sin apartar la vista del televisor, en Nápoles los fanáticos se inclinaron hacia la pantalla como si reconocieran a un hijo, y en Inglaterra, millones de personas observaban aquella carrera con una mezcla de miedo e incredulidad. Porque Diego no solo corría contra defensores ingleses, corría contra el peso de la historia, contra la memoria fresca de una guerra absurda, contra el dolor todavía abierto de las Malvinas, contra la sensación de inferioridad de un país golpeado que encontraba en ese zurdo bajito una forma de desquite poético. Víctor Hugo Morales empezó a levantar la voz desde la cabina de transmisión y el relato se convirtió en música. “Ahí la tiene Maradona…”, dijo, y millones sintieron un escalofrío, porque había jugadas que se anunciaban solas y aquella llevaba el perfume de las cosas eternas. Diego dejó atrás a Sansom con un movimiento mínimo, apenas una insinuación de cintura que bastó para quebrar al defensor.

Butcher intentó cerrarle el camino y quedó girando sobre sí mismo, humillado por la velocidad de una idea. Fenwick alcanzó a tocarlo, pero era como querer detener el agua con las manos. Maradona avanzaba cada vez más rápido y, sin embargo, daba la impresión de moverse en cámara lenta, como ocurre en las escenas inolvidables del cine, esas en las que uno sabe exactamente lo que va a pasar y aun así el corazón late con violencia esperando el desenlace. Entonces apareció Shilton.

Grande, desesperado, lanzándose hacia adelante para achicar el arco y salvar a Inglaterra. Durante una fracción de segundo el tiempo quedó suspendido. El Azteca contuvo el aire. Diego vio venir al arquero y entendió todo en un instante.

Después contaría que pensó: “Ahora esta es mía”, y fue suya. Amagó con una suavidad insultante, dejó que Shilton cayera vencido hacia un lado y empujó la pelota con delicadeza hacia el arco vacío mientras Butcher se arrojaba inútilmente desde atrás. La red se movió despacio, casi con timidez, antes de que el mundo explotara. Lo que vino después fue una estampida emocional imposible de ordenar.

El Azteca tembló bajo un rugido salvaje. Argentinos abrazándose con desconocidos, hombres llorando sin vergüenza, periodistas gritando desaforados, niños saltando sobre sillones en casas humildes, gente golpeando mesas, tocando bocinas, cayendo de rodillas frente al televisor. Y sobre todo eso, como una banda sonora destinada a sobrevivir al tiempo, apareció la voz rota de Víctor Hugo Morales lanzando aquella frase que quedó tatuada para siempre en la memoria del fútbol: “Barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste?” Maradona corría con los brazos abiertos hacia la banda mientras sus compañeros lo perseguían enloquecidos. Pero ya no era un futbolista celebrando un gol, era un hombre escapándose de su propia condición humana.

Había algo sagrado y callejero en esa imagen: el pibe de Villa Fiorito convertido en un dios pagano frente a los ojos del planeta. Cuarenta años después, el fútbol sigue produciendo estrellas, estadios llenos y goles espectaculares. Pero aquella corrida continúa sola en algún rincón imposible de alcanzar, porque no fue únicamente una obra maestra técnica ni una genialidad deportiva. Fue un acto de rebeldía convertido en arte, la demostración de que un hombre, durante varios segundos, puede hacer que el mundo entero olvide respirar.

Y desde entonces, cada vez que alguien habla del Gol del Siglo, en realidad está hablando de algo mucho más raro y más difícil: está hablando del instante exacto en que el fútbol tocó la eternidad con el pie izquierdo de Diego Armando Maradona. mem/blc