Antes de Internet, un estudiante encontró en una biblioteca las piezas necesarias para diseñar una bomba atómica. Estados Unidos descubrió demasiado tarde que sus secretos ya no eran tan secretos

Antes de Internet, un estudiante encontró en una biblioteca las piezas necesarias para diseñar una bomba atómica. Estados Unidos descubrió demasiado tarde que sus secretos ya no eran tan secretos

No existían Google, los ordenadores personales ni una inteligencia artificial capaz de revisar miles de documentos en segundos. En 1976, investigar un asunto complejo todavía significaba pasar horas en una biblioteca, consultar informes impresos y realizar cálculos a mano. Aun así, un estudiante de 21 años consiguió reconstruir sobre el papel uno de los secretos más protegidos de la Guerra Fría. John Aristotle Phillips estudiaba en la Universidad de Princeton y no era precisamente una joven estrella de la física.

Según contó él mismo a The Washington Post en 1977 , se consideraba un alumno estrictamente corriente y, en ocasiones, incluso por debajo de la media. Todo cambió cuando decidió comprobar hasta dónde podía llegar una persona con formación científica utilizando exclusivamente información disponible para el público. El resultado fue un trabajo de 34 páginas que obtuvo la máxima calificación , llegó a los medios estadounidenses y atrajo el interés de gobiernos extranjeros, el FBI y la CIA. La prensa encontró rápidamente un apodo perfecto para su protagonista: “The A-Bomb Kid”, el chico de la bomba atómica.

No le pidieron construir una bomba, pero decidió acercarse todo lo posible © Alamy. Con el paso de los años, la historia terminó convertida en una leyenda universitaria: un profesor habría pedido a sus alumnos que construyeran una bomba y el FBI se habría quedado con el mejor proyecto. La realidad fue diferente, aunque no mucho menos inquietante. Phillips preparó su investigación como parte de un seminario de física relacionado con la proliferación nuclear .

No fabricó un arma real. Su propuesta consistía en estudiar los problemas que encontraría una organización terrorista o un país sin arsenal nuclear al intentar diseñar una bomba rudimentaria de plutonio. De acuerdo con The Washington Post, el documento llevaba por título The Fundamentals of Atomic Bomb Design y buscaba demostrar cuánto conocimiento podía obtenerse consultando información disponible en bibliotecas públicas. El trabajo recibió una A y convirtió al estudiante en una celebridad nacional.

Según explica el archivo histórico Nuclear Princeton , Phillips empleó un libro de ingeniería nuclear y dos documentos gubernamentales sin clasificar. La misma fuente sostiene que su proyecto fue el único del seminario que obtuvo la máxima nota y que algunos especialistas consideraron que el diseño podría haber funcionado, aunque nunca llegó a construirse. Su intención era exponer una idea incómoda: quizá el verdadero secreto nuclear ya no fuera el diseño de la bomba, sino el acceso al plutonio, a la maquinaria especializada y a la infraestructura necesaria para convertir esos conocimientos en un arma. El peligro no estaba en un documento, sino en unirlos todos Phillips no entró en instalaciones militares, no robó archivos y tampoco tuvo acceso a información clasificada.

Su diseño surgió de conectar fragmentos que ya circulaban legalmente. Ningún libro explicaba por sí solo cómo construir una bomba atómica. El problema aparecía al reunir diferentes textos, comparar sus datos y completar los vacíos entre ellos. El estudiante demostró que una información aparentemente inofensiva podía volverse mucho más sensible al combinarse con otras fuentes.

Tal como recuerda Princeton Alumni Weekly , la finalidad original del proyecto era dramatizar la necesidad de reforzar la protección de los combustibles nucleares. Si los principios científicos ya podían encontrarse en libros y archivos públicos, impedir el acceso al material fisible resultaba mucho más importante que intentar ocultar cada detalle teórico. Eso no significa que Phillips pudiera fabricar una bomba en su habitación. Nunca tuvo plutonio ni los recursos técnicos e industriales necesarios.

Su investigación era un diseño académico, no una prueba práctica. Sin embargo, el trabajo parecía lo bastante convincente como para preocupar a especialistas y autoridades. Aquella tarea universitaria había demostrado que la frontera entre el conocimiento público y los secretos militares era mucho más frágil de lo que Estados Unidos quería admitir. La prensa lo convirtió en una celebridad y entonces llegaron las llamadas © U.S.

Department of Defense. La existencia del documento comenzó a circular por Princeton y terminó llegando a los periódicos, la radio y la televisión. Algunos titulares insinuaron que Phillips prácticamente había construido una bomba en su habitación. La diferencia entre elaborar un modelo teórico y fabricar un arma real quedó sepultada bajo una historia mucho más espectacular.

La situación se volvió seria cuando comenzaron los contactos desde el extranjero. Según relató The Washington Post , gobiernos y personas de otros países trataron de conseguir sus planos. El periódico explicó que el interés internacional provocó la intervención del FBI y la CIA, mientras Phillips intentaba gestionar una fama que había crecido mucho más de lo esperado. Las fuentes ofrecen versiones diferentes sobre lo sucedido con el documento.

Nuclear Princeton sostiene que el FBI confiscó el trabajo después de que Francia y Pakistán intentaran comprarlo. En cambio, P rinceton Alumni Weekly afirma que el organismo envió a un agente al campus como medida de precaución para proteger a Phillips. La revista confirma, eso sí, que gobiernos extranjeros intentaron adquirir sus planes y que el caso llegó a mencionarse en debates presidenciales y en el Senado estadounidense. Por eso, decir que “el FBI se quedó con el mejor proyecto de la clase” funciona como un título poderoso, pero simplifica lo ocurrido.

No hubo un concurso para construir bombas. Lo indiscutible es que un trabajo universitario cruzó la línea que separaba una buena calificación de un asunto de seguridad nacional. El verdadero problema nunca fue la bomba Phillips utilizó después su notoriedad para hablar sobre el control de armamentos. Según Princeton Alumni Weekly , publicó junto con su compañero David Michaelis el libro Mushroom: The Story of the A-Bomb Kid y vendió los derechos para una película televisiva que nunca llegó a realizarse.

También se presentó como candidato demócrata al Congreso en 1980 y 1982, aunque perdió ambas elecciones generales. Más adelante fundó Aristotle Inc. , una empresa especializada en tecnología política y análisis de datos electorales. De acuerdo con un perfil publicado por Vanity Fair , la compañía llegó a manejar información detallada sobre alrededor de 175 millones de votantes estadounidenses y a trabajar con numerosas campañas políticas. La ironía resulta difícil de ignorar: el joven que se hizo famoso conectando datos dispersos para reconstruir un secreto nuclear terminó construyendo su carrera mediante la recopilación y el análisis de información.

Phillips nunca demostró que fuera sencillo fabricar una bomba atómica en casa. Las barreras materiales, económicas e industriales continuaban siendo enormes. Lo que sí demostró fue algo quizá más difícil de controlar: una información puede no ser peligrosa por separado y convertirse en un problema cuando alguien consigue reunir todas sus piezas. En 1976 necesitó meses, bibliotecas y una máquina de escribir.

Hoy, esas mismas conexiones pueden realizarse en segundos. Por eso la historia del “chico de la bomba atómica” ya no parece una simple rareza de la Guerra Fría. Parece una advertencia adelantada a nuestro tiempo.