Silencio y murmullos, algún pitido, así acoge la numerosísima afición uruguaya a su seleccionador cuando el nombre de Bielsa suena en la megafonía del Hard Rock Stadium. Ya no le querían antes del Mundial. Esa indiferencia pública enmascara un malestar por las decisiones del técnico rosarino con el altavoz de los medios uruguayos, con los que no tiene sintonía. Dos empates, uno de ellos ante Cabo Verde, no ayudan a suavizar las cosas.
Tiene dos estrellas de campeón del mundo Uruguay, 1930 y 1950. Luis Suárez sigue los partidos en el palco de honor. Araujo continúa lesionado. La defensa es un desastre.
Pero todos queremos que nuestra selección gane el Mundial. Sale Bielsa al campo con una camiseta XXL, enorme para un cuerpo que ahora tiene una apariencia enjuta con esos 70 años vividos alrededor del mundo del fútbol. Se sienta en la nevera para ver mejor el fútbol, pero hasta eso parece raro y es que desde el banquillo no se ve la profundidad del juego. El día que hicieron las fotografías oficiales para la FIFA, Bielsa miraba al suelo.
El fotógrafo le pedía una sonrisa pero él respondió “no soy un modelo” para rebekarse ante la comercialización del fútbol. No le gusta EE.UU. y que impulsaran el ‘Fifagate’ cuando les interesó. No le gustan las pausas de hidratación. No le gustan los estadios donde el césped no está para el fútbol.
No le gusta que las cosas no estén en orden. Le aman casi todos los futbolistas a los que ha entrenado, dicen de él que se aprende tanto, que es tan obsesivo, que algunas veces pasan semanas hasta que son capaces de asimilar tantos conceptos. Grandes entrenadores y seleccionadores se declaran discípulos de Bielsa. De su obsesión cuentan mil anécdotas en Bilbao.
Pedía que le levasen los periódicos a las cinco de la mañana (no entendía que el kiosko abriera más tarde) porque a esa hora él ya llevaba tiempo trabajando, daba largos paseos solo y se sentaba a hablar con los pescadores más veteranos, le encantaba leer y ver películas españolas. Marcó a una generación de jóvenes del club bilbaíno y también a los periodistas: daba siempre la alineación un día antes y permitía ver los entrenamientos. Aún rezan por él las hermanas clarisas de Getxo, a las que fue a conocer con su esposa. Se encerró después de entrenar a la selección de Argentina en un monasterio, él y sus libros, sin móviles ni contacto con el exterior.
Salió al cabo de tres meses porque empezó a hablar y responderse solo. “Conocí la locura”, dijo. Lean esta definición que hace Bielsa de sí mismo: “Soy tóxico, relacionarse conmigo empeora al que se relaciona. Si, tóxico, personas que sólo ven el error, que demandan, que nunca está satisfecho con nada, que van a comer y llevan un diario para no tener que hablar con el resto porque quieren estar concentrados en el trabajo. Yo lo vivo.
Esa conducta está basado en el miedo, temo perder mucho más de lo que disfruto ganando. Esta obsesión es la búsqueda de recursos que te alejen de la derrota. Salvo grandes irresponsables como Cruyff o Menotti, a los entrenadores nos pasa esto. Llevo 40 años así”.
No es un loco, es un genio loco por su trabajo