La imagen, erguida en la entrada de la bahía, es uno de esos monumentos que parecen haber estado siempre ahí, mirando el horizonte. Pero su historia es más bien un viaje errante por la ciudad, que incluye olvido, deterioro y un regreso a casa. La figura del dios romano del mar fue encargada por el capitán general Miguel de Tacón durante su gobierno (1834-1838) y traída desde Génova, Italia. Fue inaugurada en 1839, ya bajo el mandato de su sucesor Joaquín de Ezpeleta, con un propósito muy práctico: servir de fuente para abastecer de agua potable a las embarcaciones menores de la Capitanía y la Real Hacienda que atracaban junto al Castillo de la Fuerza.
Para ello, se colocaron grandes argollas de bronce para el amarre de las naves. La escultura era también un lugar de esparcimiento, con canapés de mármol para que los paseantes disfrutaran de la brisa. Pero ya en 1871, el deterioro -agravado por el impacto del bergantín norteamericano J.B. Hautington en 1845- obligó a retirarla.
Comenzó entonces un peregrinaje: fue trasladada al Paseo del Prado, luego al Parque de la Punta, y más tarde guardada en el Depósito Municipal. A principios del siglo XX, la Secretaría de Obras Públicas la reinstaló en el parque Gonzalo de Quesada, en El Vedado, donde permaneció durante décadas, sin tridente y con sus surtidores fuera de uso. No fue hasta 1997 que la Comisión Nacional de Monumentos aprobó su rescate y traslado a la Oficina del Historiador, que la devolvió a su lugar original: la orilla del litoral, cerca del Castillo de la Fuerza. La estatua, como un guardián mitológico, otea ahora el mar desde su pedestal.
El Neptuno de La Habana es, en definitiva, un símbolo de la capacidad de la ciudad para recuperar su memoria. mem/rfc