Es una estatua que custodia el corazón de La Habana y sirve de peregrinaje a amantes de la fotografía o simples caminantes. En el mismísimo centro de la capital, entre el bullicio de los habaneros y el asombro de los viajeros, se alza la primera estatua que Cuba dedicó a José Martí. No es la imponente torre de la Plaza de la Revolución ni el majestuoso mausoleo de Santiago, pero su historia y su ubicación la convierten en un símbolo único del culto al Apóstol. Fue inaugurada el 24 de febrero de 1905, en el entonces Parque Central, un espacio que había sido la plaza favorita de los habitantes durante las últimas décadas de la colonia española.
Allí, donde antes se erguía una estatua de la reina Isabel II, derribada tras la independencia, se colocó la efigie de mármol del héroe cubano, obra del escultor José Villalta de Saavedra. El lugar escogido no fue casual: el parque, rodeado por el majestuoso Gran Teatro y las calles Prado, Zulueta, Neptuno y San José, era y sigue siendo el epicentro de la vida habanera. La estatua, de mármol blanco, muestra a Martí en una actitud serena y reflexiva. Sin embargo, su entorno guarda otros secretos.
Los jardines del parque están trazados con 28 palmas reales, un tributo al día de su nacimiento, el 28 de enero. Y en el suelo, ocho tumbas simbólicas en forma de canteros rinden homenaje a los estudiantes de medicina fusilados en 1871, conectando la memoria del Apóstol con la de los mártires que lo precedieron. Esta obra, aunque más modesta que los grandes monumentos erigidos después, fue la primera y la más cercana al pueblo. No es una torre inalcanzable, sino una estatua que convive con el transeúnte, que lo observa desde el centro de la ciudad.
En ella se celebran actos de recordación y veladas históricas, manteniendo viva la tradición de honrar al Apóstol de la Independencia en el lugar donde La Habana late con más fuerza. mem/rfc