Noches de calor asfixiante como la que acabamos de vivir son precisamente las que hacen que muchos de nosotros odiemos el verano. La primera ola de calor de la temporada no sólo traía temperaturas por encima de los 40 grados, también un fenómeno que pocas veces nos paramos a analizar, el cómo el calor es capaz de conseguir que todo te moleste. La cola del super, el coche de delante, un comentario sin la menor intención de iniciar una discusión… Y sin embargo, la psicología es plenamente consciente de hasta qué punto el calor provoca eso sin que nos demos cuenta. El calor y la agresividad van tan de la mano que, hace 47 años, Apocalypse Now lo convirtió en parte de su relato.
Cuando el calor hizo que Apocalypse Now hiciera honor a su nombre Decía Francis Ford Coppola que, cuando se metieron en la jungla de Filipinas para rodar su adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, lo hicieron en las mejores condiciones posibles. Tenían todo el dinero que querían y más equipo del que necesitaban, pero eso fue precisamente lo que provocó una controvertida explosión. La mecha, en cambio, la encendió un calor abrasador, de esos tan húmedos como asfixiantes que son capaces de provocar tifones que destruían los decorados que acababan de montar. Las jornadas interminables se juntaron con la constante reescritura del guión, Coppola entraba en cólera cada dos por tres lanzando objetos a una parte del equipo y despidiendo a la otra y, en general, era como si la locura que pretendían mostrar con el personaje de Marlon Brando se hubiese apoderado de ellos.
Cuando llegó a Cannes con una película sin terminar, Coppola lo explicó de la forma más cristalina posible: "Teníamos acceso a demasiado dinero, demasiado equipo. Construimos aldeas en la selva y el clima las destruyó, y nos volvimos locos. Finalmente me di cuenta de que no estaba haciendo la película. La película se estaba haciendo sola, o la jungla la estaba haciendo para mí".
Para sorpresa de casi nadie, lo de ver cómo una ola de calor es capaz de agriar el carácter a cualquiera, hasta el punto de provocar escenarios de violencia completamente inesperada (Un día de furia sería otro buen ejemplo del mundo del cine), no ha pasado desapercibido para la psicología. De hecho, hasta le ha puesto nombre y ha intentado explicar sus límites. La psicología del calor Se le conoce como hipótesis del calor y busca explicar el cómo y el por qué de las temperaturas altas provocando una agresividad incontrolable. Que ese factor existe es, a estas alturas de la película, algo completamente intachable.
Cuando los análisis han cruzado olas de calor con los registros policiales, ese mismo patrón aparece una y otra vez aumentando los episodios de violencia. De hecho, en zonas más cálidas y en los meses más calurosos, las cifras de crímenes son mucho más altas que si las comparas a nivel de escala con ciudades más frías, incluso aunque los niveles de pobreza y densidad de población sean mucho más altas en estas últimas. Hay algo en el calor que, efectivamente, nos deja tocados de la cabeza, pero ese algo lleva años escapándose entre los dedos. De ahí que la psicología hable de hipótesis y no de sentencias, porque cuando hemos intentado replicar ese mismo efecto en condiciones controladas de laboratorio, esas incontestables cifras sobre la agresividad no han salido a relucir.
Sabemos que el calor hace que los lanzadores de béisbol sean más propensos a golpear con la bola a los bateadores rivales, pero seguimos sin entender el porqué. Lo que dice la hipótesis del calor es que esa incomodidad irrefrenable, entre el agobio que genera durante el día y luego te impide dormir por la noche, se parece sospechosamente a la que sufre el cuerpo cuando se enfada. Dice la psicología que, muy probablemente, el cerebro intenta buscar una explicación a ese estado y termina agarrándose a lo que mejor conoce. De confundir el bochorno con enfado, la cabeza pasa a buscar al primer culpable con el que se cruce y, como no podía ser de otra forma, cualquier cosa se convierte en la excusa perfecta para encender la mecha.