En el corazón del Valle de los Ingenios, declarado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, las Ciencias y la Cultura (Unesco) Patrimonio de la Humanidad en 1988 junto a la ciudad de Trinidad, se alza majestuosa la Torre Manaca Iznaga. Con sus más de 43 metros de altura, esta estructura de ladrillos de barro cocido significa símbolo arquitectónico muy reconocible de la antigua industria azucarera cubana y en un imán para los viajeros que buscan sumergirse en la historia de la isla. Construida en 1816 por orden de Alejo María del Carmen Iznaga y Borrell, la torre no solo destaca por su imponente altura -que algunos registros sitúan en 45 metros y siete niveles-, sino también por la dualidad de su función. Era campanario y atalaya.
Servía para llamar a los esclavos a las duras faenas en los cañaverales, para conservar el orden y, desde su cima, avistar incendios o posibles fugas, explica la información que atesora el sitio, hoy Museo de Arquitectura en el lugar. El sonido de sus centenarias campanas marcaba el inicio y el fin de la brutal jornada de trabajo, además de convocar a la oración. Sin embargo, como ocurre con los grandes monumentos, su origen está envuelto en leyendas. La más popular relata una disputa amorosa entre los hermanos Alejo y Pedro Iznaga.
Se dice que se jugaron el amor de una misma mujer a quien construyera la obra más grandiosa, comenta Marisol Fernández Ros, trabajadora del Museo de Arquitectura de Trinidad. Alejo levantó la torre, mientras Pedro, para no ser menos, perforó un pozo de 28 metros de profundidad que aún hoy utilizan los pobladores del valle. Declarada Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978, esta torre cubana de Pisa -apodada así por una ligera inclinación provocada por el paso de los siglos y los embates climáticos- es hoy un museo vivo. Subir sus casi 200 escalones (o más de 137, según la fuente) es una experiencia única que ofrece al visitante una vista panorámica inigualable del verde valle, un paisaje salpicado por los restos de lo que fueron más de 70 sitios arqueológicos industriales.
Más allá de su valor histórico, la Torre Manaca Iznaga es un pilar fundamental para el turismo en la región. La hacienda que la rodea, con su casa señorial y los antiguos barracones, se consolidó como una parada obligatoria para quienes visitan la Ciudad Museo de Trinidad. Iniciativas como el tren turístico Conociendo mi valle, que parte desde el parque central de Trinidad, incluye esta joya en su recorrido, demostrando que su capacidad para cautivar al visitante sigue intacta. La torre no es solo un vestigio del esplendor y la opulencia de la sacarocracia cubana, sino también un testimonio de una época de explotación, y su preservación es clave para entender la compleja historia que forjó la identidad de la nación. mem/rfc