De todas las ideas de bombero torero que introdujo Dragon Ball en la mente de millones de niños de los 80 y los 90, la de la Sala del Espíritu del Tiempo es sin duda alguna mi favorita. Una habitación, que en realidad es una puerta al vacío más absoluto, en la que un año en su interior equivale a un día fuera de ella. A la pregunta de quién narices querría perder un año de su vida, Goku y Vegeta daban una respuesta inesperada. Su entrenamiento dentro de la Cámara del Tiempo implicaba que ese año no se perdía, era una inversión de futuro que nos caló lo suficiente como para fantasear con poder entrar en esa sala.
Era una fantasía aparentemente absurda. No había rivales a los que enfrentarse, ni público frente al que lucirse, ni un premio más allá del esfuerzo y sus consecuencias, y sin embargo aquella idea nos enseñó algo que la psicología tardó décadas en descubrir. Cómo Dragon Ball introdujo la idea de la práctica deliberada Puede que el nombre de Anders Ericsson te suene bastante menos que el de Gohan (ni te culpo ni te juzgo, yo estaba igual que tú antes de empezar a investigar sobre todo esto), pero su trabajo desde que empezó a estudiar psicología está estrechamente ligado a la idea que nos ocupa. Ericsson pasó décadas, alrededor de 44 años, estudiando a bailarinas, cirujanos y violinistas con un único objetivo: descubrir cómo se crea un maestro.
Lo que descubrió en el proceso fue una realidad incómoda que, aún a día de hoy, desafía los cimientos de lo que entendemos por dominar una disciplina. Intuimos, por ejemplo, que un tutorial de YouTube, o incluso una tarde de ellos tragándote uno detrás de otro, no te hace experto en nada. Que visualizar contenidos sobre un tema no hace que, automáticamente, tu cerebro guarde a buen recaudo toda esa información que acabas de devorar. Sabemos que, para alcanzar ese hito, también hay que ponerlo en práctica, y que no sólo vale con dedicarle horas, sino que lo ideal es comprometerse durante días, o mejor aún, durante años.
Si las rachas de Duolingo han triunfado entre la población no es sólo porque el búho verde sea un manipulador emocional de manual, que también, sino porque esa idea del compromiso con la maestría se ha convertido en un mantra para nuestra civilización. Todo eso se remonta a Ericsson, al hombre que puso una línea de meta a ese desafío demostrando con su estudio que la maestría no era cosa ni de talento ni de meter horas sin más, sino de lo que él llamó práctica deliberada. Si practicas durante diez años, si lo haces de una forma tan intensa como prolongada mientras llevas tus límites un poquito más allá cada vez, te convertirás en ese maestro que buscas ser. Con la ilusión de haber encontrado por fin lo que ni la filosofía ni la psicología supieron responder hasta 1993, el mundo cayó de lleno en la trampa.
El estudio de Ericsson era lo suficientemente potente como para llamar la atención de la gente, así que cuando tocó darlo a conocer un periodista de The New Yorker convirtió su trabajo en una frase digna de poner en una taza de Mr. Wonderful: no hace falta talento, sólo 10.000 horas de práctica. Demasiado jugosa como para que no terminase calando entre la gente. De aquellos polvos estos lodos, que suele decirse.
Los cursos de 90 días, las maratones de programación, los tutoriales intensivos de YouTube, y las rachas de Duolingo que se alargan durante años, son esa misma idea errónea retozando en un lodazal. Lo que realmente hace al maestro Ericsson no tardó en escandalizarse por cómo se había tratado a su trabajo y llamó a esa idea una versión "errónea en varios sentidos" de lo que le había costado décadas comprender. Lo que tú, que simplemente interiorizarse lo que te contó la Habitación del Tiempo de Dragon Ball, probablemente ya has intuido de todo esto. Que el hecho de entrar en aquella sala vacía no hizo a Goku y a Gohan más fuertes y que, de rebote, un violinista que pasa 10.000 horas tocando la misma canción no se convierte en Paganini. (Sí, no era un chiste de cuñados, realmente existió un Paganini y se le considera el mejor violinista de la historia.
Otra historia para otro día). El caso es que el aprendizaje requiere método. Pide a gritos estructura, ganas, rozar el límite antes de ponerte en riesgo otra vez, y es justo lo que Dragon Ball mostraba. No entraban en aquella sala sólo para poder pasar más tiempo, sino para invertirlo mejor en su entrenamiento.
Sin aplausos, sin títulos que lo certificasen, sin resultados prometidos en menos de 90 días, con el esfuerzo continuado como único objetivo. Si el mundo del fitness se ha agarrado a ello como a un clavo ardiendo no es casualidad, pero el problema para esta frase de Mr. Wonderful que sin querer nos hemos vuelto a montar es que, lamentándolo mucho, en realidad el trabajo de Ericsson sobre la maestría tampoco se aplica a todo por igual. En 2014, un análisis del psicólogo Brooke N.
Macnamara transformaba el discurso una vez más: la práctica deliberada no funcionaba para todos por igual. Poniéndoles cifras exactas y estadísticas a cada maestría, explicaba el 26% del rendimiento en juegos, el 21% en música y el 18% en deportes, pero sólo afectaba al 4% en educación y menos de un 1% en el desempeño de un profesional en su puesto de trabajo. Vamos, que gimnasio y tocar el piano, bien, pero no había Sala del Espíritu del Tiempo capaz de conseguir que terminases siendo muy bueno en tu trabajo. A aquellos que no se agarraban a la regla de Ericsson, el psicólogo Robin Hogarth los llamó entornos perversos por razones obvias, porque no se regían por reglas claras ni dependían de patrones repetitivos, había algo más que resultaba de vital importancia: el feedback.
Si Gohan llegó a convertirse en aquél guerrero legendario no fue ni por el tiempo que pasó en aquella sala ni por todo el esfuerzo que puso en alcanzar esa hazaña, sino porque su padre estaba ahí con él para acompañarle en el proceso, guiarlo y reconducirlo cuando se saliese del camino. Es hasta poético que, después de todas las fumadas que nos quiso colar Dragon Ball, esa certeza sea la que nos ha calado más hondo.