La ciudad de El Dorado acabó siendo calificada como un mito. Una tecnología de detección demuestra que puede existir

La ciudad de El Dorado acabó siendo calificada como un mito. Una tecnología de detección demuestra que puede existir

Durante la época de las exploraciones marítimas de hace 500 años, había un nombre que tenía obsesionados a todos los conquistadores y colonizadores europeos que llegaban al continente sudamericano o a Centroamérica: El Dorado. Contaban las leyendas que se trataba de una enorme ciudad hecha en su práctica totalidad de oro macizo; desde los caminos de su núcleo urbano hasta los principales edificios religiosos y de la realeza tribal gobernante. Películas como Aguirre, La Cólera de Dios, La Ruta hacia El Dorado, y otras han plasmado esa figura que se cobró miles de vidas de muchos exploradores que trataron de localizarla en los siglos XVI y XVII, y al final acabó siendo calificada como un mito. Pero una tecnología de escaneo por laser moderna, LiDAR, ha demostrado que la ciudad sí existió, aunque no como los relatos hacían creer.

Su verdadero tesoro era que podía sostenerse agrariamente en un terreno tan poco apropiado para cultivar como lo era la selva amazónica. ¿Qué era realmente El Dorado? Cuando en 1541 Gonzalo Pizarro envió una expedición dede la ciudad de Quito con 220 hombres y 4.000 aliados indígenas en busca de El Dorado, las condiciones de un terreno tan inexplorado hasta para los propios nativos se cobraron la vida de la mayor parte de la expedición. Sólo Francisco de Orellana y unos pocos hombres más sobrevivieron, entre ellos fray Gaspar de Carvajal, cronista de la empresa. De acuerdo a los escritos del dominico, la expedición atravesó regiones con asentamientos densos y continuos que en algunos tramos se extendían durante más de 80 kilómetros a lo largo de las orillas del Rio Amazonas, y desfallecidos ya consiguieron alcanzar una región en la que habían asentamientos densos y continuos, y que en algunos tramos se extendían durante más de 80 kilómetros a lo largo de las orillas del río.

El nombre que perseguían tenía un origen muy distinto al que encontraron. El Dorado nació como un ritual muisca en el lago Guatavita: el nuevo zipa -el jefe de la tribu- se cubría de polvo de oro y lanzaba ofrendas al agua desde una balsa ceremonial. Cuando los españoles llegaron a Guatavita y no hallaron ninguna ciudad, la leyenda no murió, migró. Pasó de ser un hombre a una ciudad, luego a un reino, después a un imperio...

Cada expedición fallida empujaba la promesa un poco más lejos. Así fue como el nombre acabó viajando cientos de kilómetros hasta la selva que atravesaría la expedición. Tras regresar Orellana, de Carvajal, y los pocos supervivientes, la historia corrió como la pólvora, y varias expediciones de otras potencias coloniales se propusieron encontrar la mítica ciudad, cuando en realidad el nombre de El Dorado se refería al gobernante de la misma, no a la urbe en sí. Tras más de un siglo de expediciones infructuosas, se llegó a la conclusión de que lo relatado por de Carvajal era tan solo una fantasía colonial de los españoles.

Pero la ciencia ha acabado demostrado que la mítica ciudad sí pudo existir. El LiDAR, la herramienta que mapeo la zona desde el cielo Hay una tecnología fotométrica conocida como LiDAR (Detección y Rango por Luz o Light Detection and Ranging según sus siglas) que ha sido utilizada desde hace varios años para explorar y cartografiar de manera más segura la superficie que cubre la selva amazónica. Puede instalarse en varios vehículos, incluidas aeronaves, lo que ha permitido desde su introducción estudiar la composición y configuración de un terreno incluso cuando obstáculos como bosques densos no permitían ver el suelo. Esta misma tecnología fue utilizada para explorar el terreno del estado mexicano de Campeche, y en el proceso descubrieron algunas civilizaciones perdidas.

En 2013, The Nature Conservancy of Mexico realizó un estudio forestal sin ningún propósito arqueológico en la zona, pero ocultos en los datos que habían recogido estaba la clave de una civilización perdida sin que ellos lo supieran. Once años después (en 2024), Luke Auld-Thomas -que estaba doctorando en la Universidad de Tulane-, encontró una ciudad maya entera mientras hacía una búsqueda en Google. Aplicando un análisis arqueológico a los datos recogidos, encontró una región que contenía los restos de más de 6.600 estructuras, incluyendo pirámides de proporciones similares a Chichén Itzá o Tikal. La bautizó Valeriana.

No estaba en la selva que buscaba Orellana (Campeche queda a miles de kilómetros de la Amazonía) pero el patrón que revelaba era el mismo que llevaba siglos escondido bajo el dosel forestal. Los habitantes originales de la zona desarrollaron una forma de cultivo en un suelo tan pobre para las plantaciones como el amazonas. Allí sobrevivieron, además de gracias a la caza y la pesca, mediante cultivos de otras plantas, como el maíz, el alimento más común entre los nativos de toda américa. De hecho, hay films y documentos que detallan cómo los propios habitantes de aquellas zonas se referían al cereal como "tesoro" u "oro".

Probablemente lo que Orellana y su expedición también encontraron fueran grandes cantidades de maíz en aquellas latitudes. Señalar además que la ciudad de Valeriana no fue la única descubierta con el LiDAR. En 2018, el arqueólogo Marcello Canuto y su equipo publicaron en la revista Science un mapa de 2.144 kilómetros cuadrados de la región del Petén guatemaltenco, y posteriormente se determino que en esa zona había casi diez veces más estructuras que las halladas por Auld-Thomas en Valeriana; con calzadas, terrazas y embalses que demostraban que allí vivió una población altamente numerosa. La cuestión es que el LiDAR, cada vez que es utilizado para explorar la región central de Sudamérica, descubre nuevas evidencias de urbanismo avanzado y denso en zonas como las Tierras Bajas Maya centrales.

Y queda la incógnita mayor: la propia Amazonía, la selva que sí recorrió Orellana, sigue en gran parte sin escanear. Los exploradores del siglo XVI murieron buscando una ciudad de oro que no existía. La ironía es que atravesaron a pie civilizaciones enteras sin verlas. El LiDAR ha tardado cuatro siglos en darles la razón a medias: no había oro, pero sí ciudades.

Imagen de portada: PashiX (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0) En 3DJuegos | La NASA lleva más de 50 años usando un cementerio espacial, pero no está en la órbita de la Tierra