Por el equipo editorial del sitio web de Press TV Durante décadas, EE.UU. aplicó una política de la denominada “máxima presión” contra la República Islámica de Irán, una estrategia sustentada en sanciones económicas asfixiantes, aislamiento diplomático y amenazas militares con el objetivo de someter al país. La premisa subyacente era que esta combinación de medidas obligaría a Irán a modificar de forma sustancial su postura frente a la potencia hegemónica mundial o, en su defecto, desencadenaría un colapso interno. Sin embargo, la reciente guerra impuesta a la República Islámica y sus consecuencias —que incluyeron negociaciones de Irán desde una posición de fuerza para consolidar las ganancias obtenidas en el campo de batalla— han puesto de manifiesto que dicha estrategia no solo fue ineficaz, sino también profundamente errónea en su concepción. El memorando de entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) firmado entre Teherán y Washington constituye hasta la fecha el reconocimiento político más claro de que la política de “máxima presión” ha fracasado en todos los frentes y de que Irán ha emergido más fuerte y unido.
La arquitectura del fracaso La política estadounidense de “máxima presión” se sustentaba en varios supuestos equivocados. En primer lugar, que las sanciones económicas, por sí solas, podían obligar a una nación de 90 millones de habitantes, dotada de un considerable peso geopolítico y de una probada capacidad de resistencia histórica, a capitular. En segundo lugar, que las amenazas militares disuadirían a Irán, en lugar de fortalecer su determinación para resistir a la potencia hegemónica. Y, en tercer lugar, que las divisiones internas desembocarían en el colapso político del país.
Ninguno de esos objetivos concebidos por el adversario llegó a materializarse. Por el contrario, el énfasis de Irán en la resiliencia a largo plazo, las alianzas regionales y la continuidad estructural desmintió el escenario de erosión imaginado en los centros de poder de Washington. Como han comenzado a reconocer analistas de seguridad próximos a los círculos políticos y militares de Estados Unidos e Israel, las políticas basadas en la “máxima presión” y en la explotación de disturbios internos no produjeron los resultados previstos. La más reciente oleada de disturbios promovidos por Occidente en Irán, registrada poco antes del estallido de la guerra a gran escala, ha llegado prácticamente a su fin y ya no existe un movimiento de protesta nacional activo capaz de provocar el cambio que Washington perseguía.
El sistema iraní, estructurado institucionalmente y no dependiente de una sola persona, ha demostrado ser mucho más sólido de lo que suponían los planificadores militares occidentales. El memorando de entendimiento con EEUU consolida a Irán como superpotencia regional | HISPANTV El memorando de entendimiento con EE.UU. consolida a Irán como superpotencia regional tras el fin del conflicto y el reajuste del equilibrio regional. El factor del campo de batalla Lo que transformó este estancamiento estratégico en un avance diplomático decisivo fue el desarrollo de la guerra. Cuando Estados Unidos e Israel lanzaron su agresión militar conjunta y a gran escala contra Irán a finales de febrero, su objetivo era destruir las capacidades militares iraníes y forzar el rápido colapso de la República Islámica.
En lugar de ello, Irán respondió con una amplia y coordinada campaña de misiles y drones que infligió graves daños a instalaciones estadounidenses en toda la región del Golfo Pérsico, así como a infraestructuras militares israelíes estratégicas en los territorios ocupados. Posteriormente, medios de comunicación estadounidenses reconocieron que varias bases situadas en Baréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos sufrieron interrupciones operativas. Al mismo tiempo, Irán pasó a controlar el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial cada día. Esta medida provocó una fuerte conmoción en los mercados internacionales, contribuyendo al aumento de los precios de los combustibles y de la inflación en Estados Unidos, lo que añadió presión económica a los reveses militares sufridos por Washington.
El mensaje era inequívoco: mantener la presión sobre Irán tendría costes que trascenderían ampliamente las fronteras iraníes. Antes de la denominada Guerra del Ramadán, Irán había advertido que cualquier nueva agresión contra el pueblo iraní no quedaría circunscrita al territorio nacional, sino que tendría repercusiones en toda la región. El ministro iraní de Asuntos Exteriores, Seyed Abás Araqchi, expresó esta realidad al afirmar que las Fuerzas Armadas iraníes habían logrado “un importante logro estratégico” frente a la agresión de adversarios dotados de armamento avanzado, incluido arsenal nuclear. Naturalmente, tras una victoria de tal magnitud, era necesario consolidarla mediante un acuerdo o entendimiento que obligara al adversario a hacer concesiones.
El memorando: la traducción diplomática de una victoria El memorando de entendimiento suscrito entre Teherán y Washington refleja este nuevo equilibrio de poder. Sus disposiciones son reveladoras: el levantamiento inmediato del bloqueo naval ilegal impuesto por Estados Unidos, la reapertura del estrecho de Ormuz mediante mecanismos coordinados entre Irán y Omán, la liberación de miles de millones de dólares en activos iraníes congelados y el compromiso de trabajar hacia el levantamiento total de todas las sanciones primarias y secundarias. Más importante aún, Estados Unidos se ha comprometido a no interferir en los asuntos internos de Irán y a no emplear ni amenazar con emplear la fuerza contra el país, garantías que Teherán llevaba años reclamando. Las obligaciones asumidas por Irán, en cambio, son relativamente limitadas.
Teherán ha aceptado contribuir a garantizar el tránsito seguro del comercio marítimo por el estrecho de Ormuz —situación que ya existía antes de la guerra— y reafirmar que no buscará desarrollar armas nucleares, al tiempo que participará en conversaciones sobre el futuro de sus reservas de uranio altamente enriquecido y de su programa de enriquecimiento. Las cuestiones nucleares más complejas han quedado aplazadas para una segunda fase de las negociaciones y no fueron resueltas en favor de Washington. Las críticas en la capital estadounidense no tardaron en poner de relieve esa asimetría. El líder de la minoría demócrata en el Senado, Chuck Schumer, sostuvo que el acuerdo podría representar una de las mayores concesiones jamás realizadas por Washington a Teherán.
Por su parte, el senador Adam Schiff afirmó que el documento “favorece más a Irán que a Estados Unidos”. ¿Cómo Irán convirtió su poder regional en una ventaja estratégica frente a EEUU? | HISPANTV En los anales de la historia militar y política moderna, las guerras suelen definirse por cambios territoriales, cifras de bajas o la firma de tratados. Sin embargo, existe un tipo de guerra más inusual: aquella en la que una nación se forja de nuevo en el crisol de una agresión ilegal y no provocada. La dimensión económica Las implicaciones económicas, por sí solas, ilustran el alcance del cambio. Expertos del sector energético estiman que el levantamiento de las sanciones sobre las exportaciones petroleras iraníes podría aportar a Teherán entre 60 000 y 70 000 millones de dólares adicionales al año.
El principal negociador iraní, Mohamad Baqer Qalibaf, declaró en una entrevista televisiva el martes que, desde la firma del memorando, Irán ha vendido más de 50 millones de barriles de petróleo. Ello reviste especial importancia para una economía sometida durante años a la presión de sanciones calificadas de ilegales e injustas. A diferencia de acuerdos anteriores, en los que los fondos liberados solían quedar restringidos a fines humanitarios, el nuevo memorando concede al Banco Central iraní un amplio margen para determinar el destino de esos recursos. La inclusión de un propuesto fondo de reconstrucción de 300 000 millones de dólares, aunque todavía no haya sido activado, demuestra el éxito de Irán al convertir la recuperación económica en un componente formal de las negociaciones que pusieron fin a la guerra.
El dilema estratégico de Washington Para Estados Unidos, el memorando representa un profundo dilema estratégico. Una retirada corre el riesgo de proyectar una imagen de debilitamiento de su capacidad de disuasión global, mientras que una escalada podría agravar la crisis y elevar los costes económicos y de seguridad, especialmente en un contexto de competencia entre grandes potencias y de desafíos internos. Las encuestas muestran que aproximadamente el 85 % de los estadounidenses se opone a una guerra contra Irán, mientras que el impacto económico derivado del cierre del estrecho de Ormuz había comenzado a tener un coste político para la Administración, particularmente a medida que se acercan las elecciones legislativas de mitad de mandato de noviembre. La Administración Trump ha intentado presentar el acuerdo como una “gran victoria”, pero las evidencias apuntan en sentido contrario.
Prácticamente ninguno de los objetivos de guerra proclamados explícitamente por el presidente Donald Trump —como destruir el programa nuclear iraní, eliminar su industria de misiles o desmantelar su red regional de aliados— figura en el memorando de entendimiento. Lo que estamos presenciando no es simplemente el final de una guerra impuesta, sino el colapso de un paradigma vigente durante décadas. La premisa de que una potencia dominante puede imponer su voluntad mediante sanciones y amenazas militares ha sido cuestionada de forma fundamental. La consolidación de redes multipolares y la aparición de actores regionales cada vez más autónomos y asertivos significan que la coerción unilateral ya no impone la sumisión, sino que profundiza la resistencia.
Irán acudió a estas negociaciones desde una posición de fuerza, impuso condiciones a su adversario y se negó a hacer concesiones o aceptar exigencias. El levantamiento de las sanciones no constituye únicamente uno de los puntos del memorando de entendimiento; representa el fin mismo de la política de “máxima presión”. Los próximos meses pondrán a prueba si este entendimiento provisional puede transformarse en un acuerdo duradero. Sin embargo, una realidad ya resulta evidente: el cálculo estratégico para tratar con Irán ha cambiado de manera fundamental.
Las estrategias basadas en la presión unilateral ya no son suficientes.