Por Sakina Datoo * Entre el desfase horario, el proceso de instalarme, el encuentro con colegas periodistas, el esfuerzo por comprender lo que dicen y sienten los iraníes de a pie, y la lucha por asimilar mis propias emociones ante el martirio del Líder de la Revolución Islámica —más aún para mí, por tratarse de un guía espiritual para muchos de nosotros, los musulmanes chiíes—, mi mente ha permanecido en un incesante estado de reflexión, de esas reflexiones que irrumpen cuando menos se las espera. Nací en Tanzania, en el seno de una comunidad asiática donde el periodismo, especialmente para las mujeres, era considerado poco menos que un sueño imposible. Sin embargo, quedé cautivada por la pasión con la que Christiane Amanpour cubría la Guerra del Golfo Pérsico para la entonces relativamente nueva CNN , cuyas emisiones llegaban a través de un fenómeno aún más reciente en Tanzania: la televisión internacional en directo. Al volver la vista atrás, todavía me asombra hasta qué punto aquellas retransmisiones moldearon mi imaginación.
Hoy me encuentro en Irán. Aunque ideológicamente comparto muy poco con Amanpour, no puedo negar que fue ella quien despertó por primera vez en mí la pasión por convertirme en periodista. Contra todo pronóstico, obtuve la licenciatura en Periodismo en la Universidad Edinburgh Napier. Durante mis estudios tuve la oportunidad de cursar dos semestres distintos en Estados Unidos: primero en la American University, en Washington D.
C., y posteriormente en la Universidad de Missouri-Columbia, sede de la que es ampliamente considerada la primera escuela moderna de periodismo del mundo. Me entregué por completo al aprendizaje en algunas de las instituciones más prestigiosas del periodismo occidental. Fue precisamente en Mizzou donde finalmente conocí a la propia Amanpour. Más adelante continué mis estudios de periodismo de prensa escrita en Alemania antes de regresar a Tanzania para ejercer la profesión con la que había soñado desde mi infancia.
Los mejores años de mi carrera periodística transcurrieron en Tanzania. A medida que ascendía en las redacciones de distintos medios, apenas hubo un solo día en que no sintiera que estaba haciendo exactamente aquello para lo que había nacido. Cubrí las historias de niñas víctimas de abusos sexuales en pueblos y aldeas remotas, contribuyendo a sensibilizar a la opinión pública y a impulsar debates sobre políticas destinadas a proteger a las hijas del país. Asimismo, investigué importantes escándalos de corrupción, especialmente en el floreciente sector minero tanzano, sacando a la luz la manera en que los recursos públicos estaban siendo sistemáticamente expoliados.
En el proceso me gané numerosos enemigos. A los ministros que, en la práctica, estaban vendiendo su país al mejor postor no les agradaba el escrutinio. Tampoco a las corporaciones extranjeras que explotaban los recursos naturales de África, empresas que, en algunos casos, habían operado durante quince años sin pagar un solo dólar en impuestos sobre sociedades, alegando que jamás habían obtenido beneficios. Muchas personas poderosas resentían profundamente el trabajo que mis colegas y yo realizábamos y las verdades que estábamos sacando a la luz pública.
Pero ninguna de aquellas experiencias me preparó para comprender cómo es realmente el odio. Además de informar sobre corrupción y cuestiones sociales, también escribía con profunda convicción sobre Palestina. Tanzania era la nación de Mwalimu Julius Nyerere, el padre fundador cuyo firme e inquebrantable respaldo a la causa palestina era ampliamente conocido. Yarser Arafat visitaba con frecuencia Tanzania, y el país sirvió como uno de los principales bastiones de los movimientos de liberación en África y más allá del continente.
Incluso después del fallecimiento de Nyerere, ese espíritu perduró. Hace apenas dos décadas, el apoyo popular a Palestina entre los tanzanos seguía estando profundamente arraigado. Escribir sobre Palestina en Tanzania, por tanto, no suponía abrir un camino inexplorado. Era, sencillamente, un reflejo de los valores sobre los que se había edificado la nación.
Sin embargo, poco a poco comencé a percibir que la marea estaba cambiando. A medida que la clase política se veía cada vez más comprometida, la histórica posición pro palestina de Tanzania empezó a vacilar. Inevitablemente, ese cambio terminó llegando a la redacción. El medio de comunicación para el que trabajaba ya no podía tolerar mi postura; una postura que, irónicamente, reflejaba el propio y orgulloso legado histórico de Tanzania en apoyo de los movimientos de liberación.
A medida que el dinero y la influencia del sionismo comenzaron a abrirse paso en los medios de comunicación y en la política, me resultó imposible seguir al frente de una redacción que se había ido alejando de Palestina de manera constante. Así que me marché. No solo de la empresa, sino también del país. Necesitaba tiempo para reflexionar, no solo sobre mi carrera, sino también sobre la clase de periodista que quería seguir siendo. ¿Y qué mejor lugar para hacerlo que regresar a las aulas?
Ese camino me llevó a Londres, donde cursé una maestría en Gestión de Medios de Comunicación. Tenía muy poco deseo de regresar a un entorno en el que sentía que las puertas se habían cerrado para mi independencia como periodista. Después de haber recibido casi toda mi formación periodística en Occidente, seguía creyendo en los ideales de libertad de prensa y libertad de expresión que aquellas instituciones me habían enseñado a valorar. Así pues, invertí en Londres y fundé mi propia empresa de comunicación, decidida a ejercer un periodismo verdaderamente independiente.
Y mentiría si dijera que no era libre, al menos durante aquellos primeros años. Desde la política exterior hasta las luchas anticoloniales; desde denunciar el continuo expolio de los recursos de África hasta dar voz a quienes eran ignorados por los grandes medios de comunicación, cada mañana despertaba con el mismo entusiasmo que sentía de niña cuando veía a Amanpour en CNN . Sin embargo, para entonces ya se me habían caído las vendas de los ojos. Había empezado a comprender el papel que CNN —y la propia Amanpour— habían desempeñado en la construcción de determinados relatos y en la fabricación del consenso en favor de las intervenciones occidentales en Asia Occidental.
La periodista que en otro tiempo me había inspirado se había convertido, a mis ojos, en parte de la misma maquinaria que yo había dedicado mi carrera a cuestionar. Y eso me devuelve a Irán. Esta vez era diferente. Cuando solicité un visado de prensa y abordé un avión con destino a Irán, costeando yo misma el viaje, no representaba a ninguna cadena de comunicación.
Vine sola. Este viaje es, por tanto, profundamente personal y, al mismo tiempo, un experimento profesional. Es la historia de por qué sentí la necesidad de estar aquí, precisamente en este momento, pero también constituye mi primer intento serio de explorar las redes sociales como plataforma para un periodismo independiente. Soy visiblemente musulmana.
Llevo el hiyab. Sin embargo, mi periodismo nunca ha estado definido por la religión. Siempre ha tenido como fundamento la búsqueda de la justicia, independientemente de la fe, la etnia o la nacionalidad. Al mismo tiempo, nunca existió la posibilidad de ocultar quién era, ni tampoco quise hacerlo.
Lo que nunca declaré abiertamente, sin embargo, fue que soy musulmana chií. En parte, porque siempre he sido profundamente ajena al sectarismo. La división entre suníes y chiíes ha sido durante mucho tiempo una de las herramientas más eficaces del colonialismo. Divide a la Umma (Comunidad islámica), y resulta infinitamente más fácil dominar a las sociedades de mayoría musulmana, explotar sus recursos y perpetuar la influencia imperial.
Un mundo musulmán unido es mucho más difícil de someter que uno fragmentado. Pero, sentada hoy aquí, en Irán, he llegado a comprender que había algo más enterrado en mi interior. Miedo. No miedo a mi fe en sí misma, sino miedo a ser juzgada por ella.
Ese descubrimiento ha sido una de las reflexiones más inesperadas que este viaje ha suscitado en mí. Irán, pese al inmenso precio que ha pagado durante la reciente guerra impuesta por Estados Unidos e Israel, ha liberado a muchos de nosotros de maneras que trascienden con mucho la geopolítica. El costo ha sido inconmensurable. El mayor símbolo de ese sacrificio es, precisamente, la razón por la que estamos aquí: cubrir el funeral del Líder del país, quien fue martirizado junto con su familia en un acto que vulneró todos los principios del derecho internacional.
A los ojos de millones de personas, fue martirizado porque se negó a abandonar a Palestina. Los grandes medios occidentales tradicionales podrán seguir intentando presentar la historia bajo otra óptica, pero algo ha cambiado de manera fundamental. El velo se ha levantado. En todo el mundo, la gente le rinde homenaje, no solo en Irán, sino mucho más allá de sus fronteras.
Diplomáticos de decenas de países han venido a presentar sus respetos. Periodistas independientes comprometidos con la justicia han viajado hasta aquí. Y millones y millones de personas corrientes, tanto dentro de Irán como en el resto del mundo, lloran la pérdida de un hombre al que llegaron a considerar un símbolo de la resistencia. Para ellos, el ayatolá Seyed Ali Jamenei representa la resistencia frente al colonialismo sionista, la dominación imperial, la supremacía racial y los sistemas de explotación y abuso de poder que han llegado a definir nuestra época.
Pero, a través de esta pérdida, Irán no solo ha salido fortalecido, infundiendo a los iraníes dentro del país una renovada confianza en sí mismos —y no me refiero a los partidarios del autoproclamado príncipe, que celebraron la masacre de su propio pueblo—, sino que también ha dado a musulmanes chiíes como yo la confianza necesaria para abrazar nuestra propia identidad sin vacilación alguna. Hoy, por ejemplo, nos sentimos más libres para hablar abiertamente, en cualquier plataforma, del Imam Husein (P): el maestro de la resistencia frente a la injusticia y el hombre cuya postura en Karbala dio forma a una filosofía de resistencia que ha perdurado durante más de catorce siglos y que jamás podrá ser erradicada. “Una persona como yo no puede jurar lealtad a alguien como Yazid”, afirmó el Líder mártir en uno de sus últimos discursos, evocando las palabras del Imam Husein (la paz sea con él) en Karbala. Sin embargo, estar en Irán también me ha recordado que, junto a la historia del Imam Husein (P), debemos contar también la historia de su hermana, Hazrat Zeinab (la paz sea con ella). Porque, sin Hazrat Zeinab (P), no existiría el Karbala que hoy conocemos.
En las comunidades chiíes, Hazrat Zeinab (P) es honrada durante el mes que sigue a Muharram. Pero son muy pocos quienes, habiendo sido formados en el periodismo, se han sentido alguna vez con la confianza suficiente para presentarla también por lo que fue: posiblemente, la periodista de su tiempo. Fue Hazrat Zeinab quien se convirtió en la testigo presencial. La superviviente.
La narradora. La comunicadora. Transformó la conciencia pública al relatar lo sucedido en Karbala, aquello por lo que su hermano había luchado y la razón por la que había pagado el precio supremo. Sin su testimonio, Karbala podría haber quedado reducida a otra batalla más.
Gracias a sus palabras, se convirtió en una brújula moral eterna. Sin embargo, para muchos de quienes nos hemos formado en el periodismo occidental, hablar abiertamente de ella ha significado, con frecuencia, sentir que de algún modo comprometíamos nuestra credibilidad profesional con sentimientos religiosos; como si reconocer su legado nos hiciera parecer menos objetivos, menos rigurosos, menos profesionales. Y, sin embargo, aquí, en Irán, mientras contemplo cómo el funeral del ayatolá Seyyed Ali Jameneí domina las redes sociales en todo el mundo, no puedo evitar ver el legado de Hazrat Zeinab por todas partes. Hoy, el periodismo de la resistencia está siendo sostenido cada vez más por mujeres.
Mujeres valientes, firmes y sin complejos, que se niegan a dejarse intimidar por la muerte, la censura o la persecución mientras crean que están del lado de la verdad, del lado de la justicia y de la resistencia frente a la opresión. Eso ha quedado plenamente de manifiesto en Irán durante los más de 110 días transcurridos, donde mujeres inspiradas por Hazrat Zeinab han encabezado las concentraciones y manifestaciones nocturnas contra el enemigo. Exactamente como lo hizo Hazrat Zeinab. Y esto me devuelve al odio al que aludí anteriormente.
Como parte de este experimento personal con las redes sociales, publiqué mi primer video desde Irán, limitándome a documentar mi llegada a lo que describí como la tierra de la resistencia. Los insultos comenzaron casi de inmediato. Al conversar con otros periodistas presentes aquí, especialmente con corresponsales occidentales que cubren la información sobre Irán, comprendí enseguida que esto se ha convertido en la norma, y no en la excepción. Desde ser calificada de terrorista simplemente por cubrir una historia desde una perspectiva distinta de la que ofrecen los grandes medios tradicionales, hasta convertirme en blanco de ataques por parte de grupos pro-Pahlavi exiliados, convencidos de que nadie tiene derecho a contar una historia sobre Irán que no se ajuste a la narrativa que ellos prefieren, la hostilidad es incesante.
En mi caso, todo ello también ha dado lugar a otra constatación. A pesar de ser ciudadana británica, de considerar con orgullo al Reino Unido mi hogar desde hace casi dos décadas, de pagar mis impuestos, respetar la ley y criar allí a mis hijos, he descubierto que, para algunas personas, jamás seré lo suficientemente británica. Por mi aspecto. Porque llevo el hiyab.
Porque me opongo a la maquinaria de guerra de Estados Unidos e Israel. Porque ahora me encuentro en Irán. Porque he reconocido abiertamente que soy chií. Porque he expresado mi pesar por un líder espiritual cuyos principios considero que reflejaban los del Imam Husein (P Antes siquiera de pronunciar una sola palabra, ya había sido juzgada.
Ya había sido etiquetada. Ya me habían llamado traidora. Esa es la realidad de un mundo cada vez más polarizado, un mundo en el que las personas han perdido la paciencia para escuchar una misma historia desde una perspectiva distinta antes de desatar una avalancha de insultos. Pero, de manera extraña, también hay algo profundamente hermoso en todo ello.
Tras la tragedia de Karbala, Hazrat Zeinab soportó quizá el grado más extremo de persecución imaginable. Fue tomada prisionera junto con las mujeres y los niños de la Casa del Imam Husein (P), después de presenciar el brutal martirio de su hermano, de su familia y de sus compañeros. Cuando le preguntaron qué pensaba de todo lo que había sucedido, pronunció unas palabras que han resonado a través de la historia: “No veo nada más que belleza”. ¿Cómo podía alguien hablar de belleza después de un sufrimiento tan inimaginable? Porque lo que Hazrat Zeinab contempló no fue únicamente el dolor.
Vio lo que aquel sacrificio había revelado. Las máscaras habían caído. La hipocresía de aquella época había quedado al descubierto. Las líneas divisorias se habían vuelto inequívocamente claras.
Ya no quedaban cómodas zonas grises. O se estaba con Husein y con la justicia, o se estaba con Yazid y con la opresión. Quizá ese sea también el punto en el que nos encontramos hoy. A través de los sacrificios del pueblo iraní.
A través de los sacrificios del pueblo libanés. A través del genocidio que continúa desarrollándose contra el pueblo palestino. Algo ha quedado inequívocamente claro. Hay belleza en la polarización; no porque la división sea bella en sí misma, sino porque la verdad se ha vuelto más difícil de ocultar.
O se está del lado de quienes resisten el colonialismo, el imperialismo y la opresión, o, consciente o inconscientemente, se termina siendo cómplice de su perpetuación. * Sakina Datoo es una periodista radicada en el Reino Unido y presentadora de Press TV, originaria de Tanzania. Texto recogido de un artículo publicado en Press TV