Antes de que el Mundial le devolviera al primer plano, hubo un tiempo en el que Mikel Merino (30 años) solo podía esperar. Esperar a que el dolor remitiera, a que el pie respondiera y a que el fútbol volviera a llamar a su puerta. Por eso, cuando marcó el gol que metió a España en cuartos de final, sus primeras palabras no fueron de euforia, sino de alivio. “Es un alivio terrible”, confesó. “El hecho de estar aquí era algo impensable hace unos meses”. Porque hace apenas medio año el centrocampista parecía lejos de una cita así.
A finales de enero sufrió una fractura por estrés en el pie derecho que le obligó a detenerse en el momento más delicado de la temporada. La recuperación fue larga y desesperante. No volvió a jugar hasta la última jornada de la Premier League, donde apenas disputó 28 minutos. No estuvo en la final de Champions y no volvió a jugar hasta en la concentración de la Roja.
Luis de la Fuente, sin embargo, nunca dejó de creer en él. El seleccionador tenía un plan. Sabía que Merino no llegaría al Mundial en plenitud física, pero también conocía mejor que nadie su capacidad para aparecer cuando los partidos se deciden por detalles. La hoja de ruta fue paciente.
Apenas 22 minutos ante Irak, 29 frente a Perú, otros 19 contra Cabo Verde y media hora ante Arabia Saudí. Fue titular contra Uruguay, en un encuentro que no terminó de salirle bien, pero el cuerpo técnico no cambió de idea. Había que llevarle poco a poco hasta el momento en el que realmente hiciera falta. Y ese momento llegó en Dallas.
Como ya sucedió hace dos años en Stuttgart, cuando su cabezazo en la prórroga eliminó a la anfitriona Alemania y clasificó a España para las semifinales de la Eurocopa, Merino volvió a aparecer cuando el equipo más lo necesitaba, también en la víspera de las fiestas de San Fermín. El navarro es un especialista en los días grandes. En esos partidos en los que los focos apuntan a otros nombres y acaba siendo él quien escribe el desenlace. Después del gol, ya con la clasificación asegurada, dejó una de las imágenes más emotivas de la noche.
Merino miró hacia la grada y allí estaban sus padres, abrazados, con la tradicional pañoleta roja de San Fermín al cuello, emocionados, sin poder evitar las lágrimas. Ellos habían vivido de cerca todos esos meses de incertidumbre, las dudas y el trabajo que nadie ve cuando un futbolista se lesiona. “Estoy disfrutando de uno de los momentos más felices de mi carrera. Me acuerdo de todos los malos momentos, de la gente que me ha estado apoyando, de toda la gente que ha estado en los momentos difíciles cuando a mí me costaba. Merece cada día de esfuerzo.
Cada momento de dudas ahora cobra sentido”, resumió el navarro. Para chupinazo, el suyo ante Diogo Costa.