Componer un discurso histórico es un ejercicio interpretativo, estético, moral y político a la vez, y lo es incluso antes de que se haya discutido un solo hecho. Escribir sobre Irán exige asumir esta condición de partida. El relato occidental sobre la República Islámica suele moverse dentro de una urgencia epistemológica: catalogar, domesticar o descartar aquello que se sustrae a sus categorías liberales. Ante un proyecto político nacido fuera de la matriz secular, el pensamiento europeo y norteamericano tiende a diagnosticar una carencia, la ausencia de sus propias instituciones, y convierte esa carencia en una anomalía histórica que debe ser corregida.
El 6 de junio de 1989, millones de iraníes ocuparon las calles de Teherán para dar sepultura al ayatolá Ruholá Jomeini. Los asistentes se golpeaban el pecho al ritmo de los cánticos fúnebres, mientras el lamento de las mujeres se alzaba por encima del estruendo. En un momento de la ceremonia, los dolientes se abalanzaron sobre el féretro con tal fuerza que el cuerpo del líder, de 86 años y envuelto en un sudario blanco, cayó fuera del ataúd y quedó momentáneamente entre la muchedumbre. Los registros reconocen aquel funeral como la mayor concentración proporcional de población jamás reunida en un evento: unos 10,2 millones de personas, aproximadamente una sexta parte de los iraníes de entonces.
La caída del cuerpo físico entre la muchedumbre fue una metáfora material de la disolución de la frontera entre el individuo y la colectividad. Aquel funeral se celebró en un momento de estabilidad discursiva casi absoluta. A falta de un sistema referencial alternativo, la relación entre las palabras y sus referentes quedó fijada al nivel de la propia multitud: millones de cuerpos presentes suprimían cualquier tentativa de reinterpretación pública del signo. Una consecuencia de esa estabilidad fue que la figura del Imam Jomeini, y con ella la de la propia República Islámica, resultara durante años impensable fuera del marco de la victoria histórica.
La derrota política carecía de léxico en aquel horizonte simbólico. Durante los años en que el Imam Jomeini ejerció como Wali e Faqih , la magistratura suprema de la arquitectura constitucional iraní, el espacio público estuvo saturado por el significante "mártir", sobre todo durante la guerra Irán-Irak, conocida en el discurso oficial como la "Defensa Sagrada". El gobierno islámico otorgó al mártir, a su familia y a su círculo cercano una posición estructural. Morir así reordenaba el lugar del individuo y su linaje en el cuerpo político-teológico, incorporándolos a un discurso de honor y sacrificio.
El duelo dejaba de ser un asunto privado para convertirse en un acto de soberanía estatal. El cineasta Morteza Avini acompañó durante años a jóvenes que dejaban atrás a sus familias para dirigirse al frente con la expectativa del martirio. La pregunta que recorre sus películas es, en el fondo, sencilla: ¿qué llevaba a esos jóvenes a caminar hacia la muerte con esa disposición de ánimo? En el marco interpretativo de Avini, la historia occidental aparece como una historia de lo material —el cuerpo, la técnica, la innovación—, donde cada época se define por sus transformaciones tecnológicas.
Frente a ella, propone una historia "no escrita", la del alma, ligada a la tradición de los profetas y de los imanes en el chiismo duodecimano. El Imam Jomeini ocupa, dentro de ese esquema, un lugar que rebasa la política: aparece como una figura situada en esa misma continuidad espiritual, alguien que inaugura un nuevo capítulo en la historia del alma. Desde ahí, la guerra deja de ser un conflicto territorial para convertirse en un proyecto de alcance teológico que exige sujetos dispuestos a participar en él. Lo que las cámaras de Avini registran son multitudes atravesadas por un lenguaje de amor, deber y entrega.
Morir en combate se inscribe en una narrativa de sentido que sus documentales repiten con rigor metódico. Avini formaba parte de aquel entramado discursivo, y Jomeini era su expresión más visible. El funeral del Imam Jomeini se produjo cuando nada amenazaba aquella centralidad: las palabras y sus referentes se mantenían fijos al nivel de la muchedumbre, sin que existiera un sistema alternativo capaz de desestabilizarlos. El funeral del ayatolá Ali Jamenei se ha celebrado esta semana en un momento histórico-político radicalmente distinto, y es aquí donde vuelve a plantearse la cuestión central: la relación entre los presentes posibles, los pasados que se activan para sostenerlos y los futuros que de ahí se derivan.
Jamenei murió el 28 de febrero de 2026, en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que marcó el inicio de la guerra de ese mismo año contra Irán; junto a él murieron su hija, su yerno, su nuera y un nieto. El funeral, previsto para principios de marzo, se aplazó a causa del conflicto y está teniendo lugar estos días. Las procesiones han recorrido Teherán, antes del enterramiento definitivo en Mashad, su ciudad natal. La geografía del cortejo traza una cartografía política precisa.
Al cruzar la frontera hacia Irak para detenerse en los santuarios chiitas el recorrido ha dibujado en el mapa una geografía de la devoción que ignora las fronteras nacionales establecidas por el colonialismo británico a principios del siglo XX. Este trayecto reafirma la continuidad material de una comunidad creyente que trasciende el Estado-nación occidental, oponiendo a la lógica sykes-picotiana la lógica ummática de los santuarios. Lo que se despliega no es una simple peregrinación, sino la afirmación de un espacio político propio, articulado en torno a los lugares santos del chiismo y no en torno a los mapas trazados por las potencias europeas. Frente a este despliegue, la narrativa hegemónica en los centros de poder occidentales ha explicado la escala de la asistencia (entre 10 y 15 millones) en términos de coerción y gubernamentalidad estricta.
Según esta lectura, el número de personas en la calle representaría un ejercicio de control biopolítico, orquestado con transporte gratuito, alojamiento y comida facilitados por el Estado. Esta interpretación conecta el presente con un pasado fabricado como telón de fondo: la instauración de la República Islámica como anomalía que interrumpió una supuesta normalidad secular. Proyecta así un futuro donde la única opción viable es la desaparición de este modelo estatal y su sustitución por una forma alineada con la norma liberal. Reducir la movilización de millones de personas a un mero cálculo de incentivos materiales revela los límites hermenéuticos del pensamiento liberal.
El marco epistemológico occidental carece de herramientas conceptuales para comprender una subjetividad política forjada fuera de su propia matriz. Ante la evidencia de un afecto colectivo que no responde a la lógica del interés individual ni al consumo, la reacción instintiva consiste en negar su autonomía y atribuirlo a una manipulación externa. Se rechaza la posibilidad de que el sacrificio, la devoción y el duelo puedan operar como motores políticos genuinos, capaces de estructurar la acción humana de manera independiente a los marcos del capitalismo. Si el liberalismo político concibe al individuo como una unidad aislada que solo se agrega a la colectividad mediante el intercambio o la coacción, la presencia de millones de cuerpos dolientes que escapan a ambas lógicas se vuelve ininteligible.
Esa ininteligibilidad, sin embargo, dice más sobre las limitaciones del observador que sobre la naturaleza del fenómeno observado. Existe otra lectura, anclada en la propia tradición política del Islam, que explica el funeral del ayatolá Jamenei en relación directa con el del Imam Jomeini. La diferencia principal entre ambos momentos radica en la posición que ocupa el significante del martirio dentro del campo político. En 1989 ese campo estaba prácticamente saturado por él: el martirio operaba como significante hegemónico, capaz de organizar y articular el sentido público sin fricción.
Hoy, debe competir en un terreno de significación más fragmentado, sometido a décadas de guerras híbridas, sanciones económicas y campañas de desinformación. Pero lejos de haberse debilitado, esa fragmentación ha puesto a prueba la solidez de un vínculo que no depende de la coacción, sino de una tradición viva. La respuesta popular ha sido, una vez más, masiva. El Estado no ha tenido que convocar a nadie: la convocatoria ha surgido de la calle, de los barrios, de las mezquitas y de los hüseyniyés que han tejido una red de duelo paralela a la oficial.
Lo que para la mirada externa es "instrumento" o "recurso", para los iraníes es la expresión natural de una lealtad que no necesita ser recordada porque forma parte del sustrato de su identidad política. El aparato estatal ha desplegado simbología, sí: el rojo y el negro combinando duelo, martirio y promesa de venganza; la referencia explícita a Kerbala; el puño cerrado de Jamenei convertido en imagen oficial de la campaña conmemorativa. Pero ese despliegue se ve como un reflejo de lo que ya estaba en las calles. El Estado no fabrica el sentimiento; lo recoge, lo amplifica y lo devuelve a la comunidad en forma de reconocimiento.
La teología política iraní no es un recurso de emergencia, sino la gramática profunda de una sociedad que ha hecho del martirio una categoría central de su experiencia histórica. Lo que en 1989 era una gramática compartida de forma inconsciente, en 2026 sigue siendo el núcleo duro de la identidad colectiva, ahora explicitado y defendido con mayor conciencia porque el enemigo exterior ha multiplicado sus ataques. La escala de la participación pública demuestra que el significante del mártir no sólo no se ha agotado, sino que ha recobrado una intensidad renovada. Ya no es un fondo incuestionado, pero precisamente por eso su invocación es más significativa: requiere un acto de adhesión consciente, una elección reiterada frente a la propaganda hostil.
Las décadas de guerra híbrida no han logrado erosionar la capacidad del martirio para movilizar afectos políticos y estructurar formas de identificación colectiva. Al contrario, la han puesto a prueba y la han reforzado, demostrando que la teología política iraní posee un dinamismo propio que las lecturas externas no sólo no logran captar, sino que se empeñan en negar porque su reconocimiento implicaría admitir la legitimidad de un proyecto alternativo al orden liberal. Cada narrativa sobre el funeral del ayatolá Jamenei selecciona su pasado y proyecta su futuro, y cada selección es una apuesta política sobre qué cuenta como continuidad y qué como ruptura. El pasado no espera pasivamente a ser leído: se activa, se recorta y se pone a trabajar cada vez que un presente necesita significar algo y un futuro debe mantenerse abierto.
Lo que ha tenido lugar esta semana en las calles de Irán e Irak es la materialización de esa disputa. Los millones de cuerpos que han acompañado el féretro están afirmando una línea temporal que conecta el presente con un pasado de lucha anti-colonial y de soberanía epistémica, proyectándose hacia un futuro de autonomía. Frente a los intentos de reenmarcar la República Islámica dentro de categorías foráneas que la condenan a la incomprensión o a la extinción, el funeral ha funcionado como una impermeabilización simbólica: una demostración de que el proyecto político iraní sigue generando sus propios términos de existencia, sus propios mártires y su propio sentido de la historia. En ese sentido, el cortejo fúnebre no se ha limitado a despedir a un líder; ha reivindicado la autonomía de una tradición política que insiste en narrarse a sí misma con sus propias palabras, sobre sus propios cuerpos y a lo largo de su propia geografía sagrada.