En casi todo el mundo, el código del semáforo parece imposible de discutir : rojo para detenerse, amarillo para advertir y verde para avanzar. Pero Japón lleva décadas demostrando que incluso algo tan universal como una luz de tráfico puede esconder una historia cultural mucho más extraña. Allí, la señal que permite avanzar se conoce como ao shingō, literalmente “señal azul”. El detalle desconcierta a muchos visitantes porque, a simple vista, la luz suele parecer verde.
Y aun así, tanto el uso cotidiano como la normativa japonesa siguen hablando de luz azul. La legislación vigente japonesa emplea la expresión aoiro no tōka, “luz azul”, para definir la señal que permite el avance de peatones y vehículos. La explicación no está en una bombilla especial ni en una extravagancia técnica, sino en el idioma. En el japonés antiguo, ao cubría un rango de colores más amplio que el azul actual , incluyendo tonos que hoy identificaríamos como verdes.
La palabra midori, usada hoy para verde, se consolidó más tarde y estuvo muy ligada originalmente a la vegetación y a lo joven. © LABODATOS Youtube. Cuando el idioma pesa más que el color La herencia de ao sigue apareciendo en expresiones cotidianas. En japonés se habla de aoringo para las manzanas verdes, aonori para ciertas algas verdes y aoba para las hojas jóvenes. Para un hablante de español, esa mezcla puede sonar contradictoria.
Para un japonés, forma parte de una tradición lingüística perfectamente normal. Con los semáforos ocurrió algo parecido. Cuando Japón adoptó estos dispositivos en el siglo XX, el sistema visual seguía la lógica internacional de rojo, amarillo y verde. Pero el nombre popular y legal terminó inclinándose hacia ao, no hacia midori.
La Federación Automovilística de Japón explica que, aunque al principio los semáforos se reconocían como rojo, amarillo y verde siguiendo el modelo extranjero, la normativa de posguerra ya empezó a describir la luz de avance como azul, una denominación que se mantiene en el reglamento actual. El resultado fue una solución muy japonesa: no cambiar la palabra, sino ajustar el color. En muchos casos, los semáforos usan un verde con un matiz azulado, lo suficiente como para cumplir con la función universal del “verde para avanzar”, pero también para seguir encajando con la palabra ao. Varios análisis sobre esta peculiaridad lo resumen así: no son semáforos azules en sentido estricto, sino verdes ubicados en el extremo más azulado del espectro.
Una luz de tráfico que cuenta una historia cultural Lo interesante es que esta rareza no cambia la circulación. En Japón, la luz “azul” cumple la misma función que el verde en cualquier otro país: permite avanzar. La diferencia está en cómo se nombra, y ahí aparece una idea más profunda: los colores no son solo fenómenos físicos, también son categorías culturales. Cada idioma divide el mundo visual de una manera distinta.
En español distinguimos sin problema entre azul y verde, pero eso no significa que todas las lenguas hayan trazado siempre la frontera en el mismo lugar. En Japón, esa frontera se movió con el tiempo, pero algunas palabras antiguas sobrevivieron dentro de usos modernos. Por eso el semáforo japonés es mucho más que una curiosidad turística. Es una pequeña prueba de que la lengua no se limita a describir la realidad: también la organiza.
Una luz que para nosotros es verde puede seguir siendo azul para millones de personas porque la historia del idioma la colocó ahí. Y quizás esa sea la parte más fascinante. Los semáforos están diseñados para eliminar dudas, pero el caso japonés demuestra que incluso las señales más universales pueden tener una capa cultural escondida. En Japón, avanzar no siempre es seguir el verde.
A veces, avanzar también es obedecer al azul. Fuente: Xataka.