En una liga que cada poco tiempo encuentra una nueva cara que convertir en el centro de todas las críticas, Brad Stevens ha emergido como la diana perfecta del inicio del mercado. El general manager de los Celtics lleva unos días recibiendo más palos que la piñata del Doctor Octopus, y cuesta decir que de manera inmerecida después de la mil veces cuestionada decisión de dar salida a Jaylen Brown. Decisión que lo ha convertido en el enemigo público número 1 de Boston durante, al menos, unas semanas. Pero decisión que, curiosamente, llega apenas dos meses y medio después de que el propio Stevens se alzara con el premio a Ejecutivo del Año .
Un premio concedido por el trabajo realizado durante todo el curso pero, sobre todo, durante el pasado verano. El de los Celtics afrontó aquella offseason con el particular reto de aliviar la carga salarial de un equipo que costaba lo que un campeón pero que, con Jayson Tatum recién lesionado del Aquiles, no parecía aspirar a serlo. Y ese reto, si nos centramos en los números, se gestionó de forma impecable. Unos 40 millones menos en salarios, unos 350 millones menos en impuesto de lujo, y uno de los equipos más caros de la liga pasaba a estar por debajo del apron .
Le pusieron una misión y Stevens la cumplió. Sin embargo, personalmente nunca fui demasiado fan de aquella hoja de ruta. O mejor dicho, de la forma en que se elevó su gestión a los altares a la hora de analizarla. Entendía lo que estaban haciendo, pero ahorrar dinero a multimillonario nunca está entre mis prioridades a la hora de valorar una gestión.
Pero, en época del nuevo CBA y del segundo apron , comprendí que este era un rumbo necesario para dejar de estar maniatados y poder operar libremente cuando volvieran a sentirse listos para competir. Entendí, como muchos otros, que los Celtics reajustaban sus fichas para tomarse la 25-26 como una temporada de transición y llegar a este verano con opciones de volver a rearmarse como todo un aspirante a campeón. Pero claro, resulta que eso no es lo que ha terminado pasando. Y así, en retrospectiva, cuesta no ver aquel verano como el inicio de una demolición en la que se ha seguido avanzando en 2026. ¿Efecto mariposa?
Tras varios días dándole vueltas, la salida de Brown tal como se ha dado solo puede responder a una cosa: el absoluto convencimiento de Brad Stevens de que con esa plantilla no se podía ganar un anillo. De lo contrario, no se toma una decisión estrictamente financiera que, a todas luces, te hace peor equipo. Y, factor emocional aparte, si se le acepta esta premisa (que es debatible), el traspaso tiene su lógica. Boston consigue flexibilidad y asets para, con ellos, volver a rearmar el equipo en el futuro y dar a Tatum un bloque con el que volver a ganar.
Brad Stevens ha querido dejar claro en la rueda de prensa que el traspaso de Jaylen Brown tiene detrás cuestiones meramente financieras Pero habla como si el actual CBA no existiese cuando firmó a Brown por el 35% del Cap en 2023 o como si PG cobrase mucho menos (32,8%) pic.twitter.com/PCpTdC7TH0 — nbamaniacs (@nbamaniacs) July 7, 2026 Yo, personalmente, no termino de comprar ese argumentario, pero puedo entender su lógica interna. Veo qué ruta se está siguiendo incluso si no es la que yo seguiría. El problema es que a la conclusión de que esta era una plantilla con la que era imposible pelear por un anillo se llega tras los traspasos que desmantelaron el proyecto que venía de ganarlo en 2024. Y por tanto, ahora cuesta no ver el verano pasado con otros ojos, porque lo que entonces parecía un movimiento lateral con el que ganar tiempo y flexibilidad de repente se antoja como un paso atrás.
Uno que empezó a cerrar la ventana de campeonato y que puede haber iniciado una reacción en cadena. Porque la duda que queda flotando es clara: si Brad Stevens no hubiera hecho lo que hizo en 2025, o al menos no de forma tan drástica (quedándose a Holiday por ejemplo), ¿se habría sentido en la necesidad de hacer lo que ha hecho en 2026? Y claro, como todo movimiento que se hace mirando al futuro, juzgarlo en el presente puede ser un acto de imprudencia, sobre todo cuando hablamos de una de las mayores mentes del baloncesto moderno. Pero es difícil no dudar de si este patadón a la línea temporal del proyecto era el camino a seguir, de si era realmente necesario separar a un jugador que estando sano es top 5 de la liga y a un MVP de las Finales a cambio de la esperanza de enderezar el rumbo de unos… ¿años? ¿meses?
Y aunque yo crea que no, puedo atisbar por qué en Boston piensan que sí. El problema es que tal vez no pensarían así si en el último verano se hubiesen hecho las cosas de forma diferente. (Fotografía de portada: David Butler II-Imagn Images)