La muerte del ayatolá Alí Jameneí nunca iba a ser simplemente el relevo de una era política en Irán. Se convirtió en un acontecimiento en el que chocaron al mismo tiempo la guerra, la religión, el trauma nacional, la memoria revolucionaria y la antigua cultura chií del duelo. Cómo la despedida del ayatolá Alí Jameneí demostró la unidad de Irán El líder supremo de Irán murió el 28 de febrero de 2026 en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel. El país declaró un período de luto y preparó ceremonias fúnebres de una magnitud extraordinaria.
La despedida se prolongó durante varios días y fue mucho más allá de cualquier ritual estatal rutinario . El tajante mensaje del jefe del CGRI para los que "perpetraron y apoyaron" el asesinato de Alí Jameneí El funeral comenzó en Irán, donde enormes multitudes salieron a las calles. Teherán, Qom, Mashhad y otras ciudades se transformaron en un escenario continuo de dolor colectivo. La gente llevaba retratos de Jameneí, banderas negras y estandartes religiosos, mientras coreaba consignas contra Estados Unidos e Israel.
Las procesiones multitudinarias y los actos de despedida se desarrollaron durante días y se extendieron mucho más allá de la capital, alcanzando los centros religiosos más sagrados del país. Lo que dio al acontecimiento una dimensión aún mayor fue la decisión de trasladar el féretro de Jameneí a Irak . La procesión pasó primero por Nayaf, una de las grandes ciudades del mundo chií y sede del santuario del imán Alí, lugar de sepultura del primer imán chií y primo del profeta Mahoma. Desde allí, el duelo continuó en Kerbala, la ciudad ligada para siempre al martirio del imán Husein, el tercer imán chií y nieto de Mahoma.
Este recorrido sacó la despedida del líder supremo del marco estrictamente nacional y la situó en el espacio compartido del chiismo, atrayendo a creyentes de Irak, Líbano, Afganistán, Pakistán, Baréin y otros lugares. Por su escala, estos funerales ya figuran entre los mayores acontecimientos de duelo de la historia contemporánea . Se habla de ellos como de un desafío al récord mundial de asistencia al funeral de una sola persona. El récord oficial reconocido por Guinness sigue perteneciendo al funeral del político indio C.
N. Annadurai en 1969, al que, según las cifras de Guinness, habrían asistido 15 millones de personas. Pero si alguna vez se confirman las estimaciones combinadas de los días de luto por Jameneí en Irán e Irak, ese récord podría caer. La magnitud del funeral muestra que una parte sustancial de la sociedad iraní nunca procesó la muerte de Jameneí como la simple desaparición de un líder nacional.
Fue la pérdida de un símbolo. Para algunos, era una autoridad religiosa. Para otros, encarnaba a la propia República Islámica. Y para otros más, era el hombre bajo cuyo liderazgo Irán resistió durante décadas la presión de Estados Unidos, Israel y sus aliados.
En esa misma lógica, el funeral fue también una demostración de la capacidad de permanencia del Estado. Vista aérea de la multitud de dolientes que asisten a la procesión fúnebre por el asesinado líder supremo de Irán, Alí Jameneí, y miembros de su familia, en Mashhad, Irán, el 9 de julio de 2026 Oficina del Líder Supremo de Irán / www.globallookpress.com Un hombre forjado por la revolución, símbolo de la resistencia chií Alí Jameneí nació el 19 de abril de 1939 en Mashhad, uno de los centros religiosos más importantes de Irán. La ciudad alberga el santuario del imán Reza, el octavo imán de la tradición chií, lo que significa que la biografía de Jameneí quedó entrelazada con la vida religiosa desde el principio . Nacido en una familia clerical, recibió una educación teológica tradicional y estudió jurisprudencia islámica y ciencias religiosas en Mashhad y Qom.
Qom es el corazón intelectual del saber chií y de la política clerical en Irán, precisamente el lugar donde muchas de las ideas que más tarde alimentarían la Revolución Islámica comenzaron a tomar forma. La juventud de Jameneí transcurrió bajo el sha. En aquel entonces, Irán era un país que se modernizaba rápidamente en la superficie, pero seguía siendo una monarquía autoritaria, dependiente de Occidente y que aplastaba rápidamente a su oposición. Para los círculos religiosos, los nacionalistas, la izquierda y gran parte de la intelectualidad, el régimen del sha había llegado a representar la injusticia y el control extranjero .
Jameneí se unió a quienes se agruparon en torno a Ruhollah Jomeiní. Participó en actividades contra el sha, fue arrestado en más de una ocasión, soportó años de presión política y, tras el triunfo de la revolución en 1979, se convirtió en una de las principales figuras del nuevo Estado. A partir de entonces, su carrera política fue inseparable del destino de la República Islámica. Fue miembro del Parlamento y parte de la élite revolucionaria, y luego presidente de Irán entre 1981 y 1989.
Cuando el ayatolá Jomeiní murió en 1989, Jameneí se convirtió en líder supremo . Dentro del sistema iraní, ese cargo no se parece al de un jefe de Estado ordinario. El líder supremo se sitúa por encima de las instituciones centrales del país y marca la orientación del Ejército, de la Guardia Revolucionaria Islámica, del poder judicial y de la dirección estratégica tanto de la política exterior como de la ideología nacional. Sin embargo, para millones de sus partidarios, Jameneí era más que un hombre investido de poder supremo.
Pertenecía a una generación para la cual la revolución fue el hecho definitorio de toda una vida. Esa generación entendía el poder como una prolongación de la lucha por la independencia. A sus ojos, Irán nunca debía ser un socio menor de Occidente, sino una fuerza civilizatoria autosuficiente, capaz de resistir, soportar sanciones y mantenerse fiel a su propio camino histórico. La modestia ocupó un lugar central en la imagen pública de Jameneí.
Sus seguidores insistían una y otra vez en que evitaba el lujo, rechazaba construir a su alrededor cualquier culto a la riqueza secular, rehuía la ostentación y mantenía un estilo religioso austero . Su manera de hablar, su vestimenta, la simplicidad de su oficina, su afición por la poesía persa, su constante retorno a los textos teológicos y sus reiteradas evocaciones de la historia de la resistencia reforzaban la imagen de un hombre formado en la vieja escuela revolucionaria. Para los iraníes religiosos, eso tenía una enorme importancia. En la tradición chií, se espera que un líder espiritual no solo gobierne, sino que también dé ejemplo de contención personal.
Lo que Occidente se niega a entender sobre Irán No hace falta decir que las actitudes hacia Jameneí dentro de la sociedad iraní nunca fueron uniformes. En las grandes ciudades, entre los jóvenes, la clase media educada y los sectores más seculares, existía un cansancio real: ante el control ideológico, las dificultades económicas, las restricciones y la rigidez misma del Estado. Pero sería un error tratar a esos sectores como si hablaran en nombre de todo el país . La sociedad iraní tiene capas: existe un Irán de las grandes ciudades, las universidades, las redes sociales y la cultura secular.
Y existe otro Irán: el de los pueblos, las pequeñas ciudades, las familias religiosas, las mezquitas, la peregrinación, la memoria de la guerra y el profundo respeto por el clero. Para esa parte considerable de la sociedad, Jameneí seguía siendo una figura de continuidad, fe y resistencia nacional . OPINIÓN Funeral de Alí Jameneí: simbología y mensajes La reacción occidental ante la magnitud del funeral reveló una comprensión muy limitada de la cultura política iraní. El presidente estadounidense, Donald Trump, en una entrevista con Axios, admitió que le sorprendió ver a iraníes llorando en el funeral, porque daba por hecho que la gente odiaba a Jameneí.
Incluso sugirió que aquellas lágrimas podían ser falsas. Así es, en esencia, como la mayoría de las potencias occidentales ven a Irán: se fijan en la protesta, el descontento y la perspectiva del exilio, pero son ciegas ante la profundidad religiosa y el sentimiento nacional que atraviesan a una gran parte de la sociedad iraní . El islam chií no puede entenderse al margen de la memoria del martirio. En su centro está la tragedia del imán Husein, muerto en Kerbala en el año 680.
Para los musulmanes chiíes, se trata de una memoria viva: la de la verdad enfrentada a la violencia, la lealtad frente a la traición, la de unos pocos contra una fuerza abrumadora. Cada año, durante el mes de Muharram y la conmemoración de Ashura, esa memoria vuelve a vivirse. Por eso, la muerte de un líder asesinado en un ataque exterior encaja de manera natural en la historia permanente del martirio y la resistencia que forma parte de la fe chií . Ciudadanas iraníes participan en la ceremonia fúnebre del difunto líder supremo iraní, Alí Jameneí, en la ciudad de Qom, Irán, el 7 de julio de 2026 Oficina del Líder Supremo Iraní / www.globallookpress.com Una lección para Estados Unidos e Israel El funeral dejó una cosa inequívocamente clara: la cultura política iraní no tolera la injerencia exterior .
Los iraníes discuten con su propio Gobierno todo el tiempo: critican a los funcionarios, estallan contra la economía, se irritan por las restricciones sociales y condenan la corrupción y el carácter cerrado del sistema político. Pero un ataque desde fuera tiende a reconfigurar ese equilibrio interno. Empuja incluso a ciudadanos muy críticos a reinterpretar lo que ocurre no como una disputa entre sociedad y Estado, sino como una confrontación entre Irán y un enemigo externo. Golpear al líder supremo presumiblemente debía ser un golpe contra la columna vertebral del sistema, un objetivo de guerra bastante directo .
Eliminar a la figura clave, provocar conmoción, empujar a la élite hacia la fractura y a la sociedad hacia el miedo. Pero el funeral mostró el efecto contrario. El ataque exterior no hizo añicos el fundamento simbólico de la República Islámica. Convirtió a un líder muerto en mártir y a la propia despedida en una demostración masiva de resistencia .
Ni siquiera la escalada en curso ni los nuevos ataques estadounidenses difícilmente cambiarán mucho este cuadro. Irán puede ser debilitado por las sanciones, su infraestructura puede ser dañada, determinados emplazamientos militares pueden ser destruidos y su sistema político puede ser empujado hacia la inestabilidad, pero acabar con Irán mediante la fuerza militar sencillamente no está sobre la mesa . Sus raíces históricas son demasiado profundas, su memoria de resistencia es demasiado fuerte y la idea de defender la soberanía frente a la presión exterior está demasiado arraigada en la sociedad iraní. Más aún, cada vez resulta más claro que los partidarios más fervientes de una guerra total contra Irán persiguen algo más que negociar un acuerdo con Teherán o impedir que obtenga un arma nuclear.
Cada vez es más evidente que quieren quebrar la base civilizatoria del propio Irán , desmantelar su cultura de resistencia, despojar al país de su capacidad histórica de actuar por sí mismo y convertirlo de un centro de poder independiente en un títere . Por eso la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se parece a un choque de civilizaciones . De un lado, un proyecto de reordenamiento regional forzado mediante presión y destrucción. Del otro, una civilización antigua para la cual la estatalidad, la fe, la memoria del martirio y la resistencia frente a los dictados externos forman desde hace mucho parte de su identidad nacional.
Por Murad Sadygzade , presidente del Centro de Estudios de Oriente Medio de Moscú