Noruega tiene razones para estar molesta con el arbitraje. El primer tanto de Bellingham, que ponía el empate momentáneo en el marcador para Inglaterra, no tendría que haber subido al electrónico. El combinado escandinavo protestó nada más el balón entró en la portería, ya que en el saque de portería previo de Nyland el esférico golpeó en el cable de la 'spidercam'. Las cámaras del encuentro captaron como la pelota cayó de forma casi vertical sobre Anderson, que inició la jugada de ataque.
La FIFA tuvo que emitir un comunicado explicando que el sensor del balón, que tanto debate ha generado en este Mundial, no había detectado ningún tipo de contacto y por ese mismo motivo el VAR no intervino. Sin embargo, no es la primera vez en esta cita mundialista que la tecnología genera polémicas. En dieciseisavos de final, también vivimos una situación parecida en el duelo de Portugal y Croacia que terminó con victoria lusa en la prórroga (2-1). A los balcánicos les anularon el gol de Gvardiol en el 103' dado que el sensor determinó que, pese a no apreciarse en las repetidas imágenes, Matanovic había entrado en contacto con la pelota al cabecear, provocando que Pasalic estuviera en fuera de juego antes de que el balón acabara en la red empujado por Gvardiol.
En esa ocasión, la FIFA mostró cómo el sensor detectaba un sutil contacto y que por tanto la decisión tomada por el árbitro era la correcta. En la nota hecha pública se añadió que "los sensores IMU alojados dentro del balón Trionda son capaces de detectar cualquier contacto leve, mostrado a los espectadores en la transmisión como un 'gráfico de latido cardíaco', y permitiendo a los oficiales un nivel sin precedentes de datos para tomar decisiones rápidas y precisas". Sin embargo, en el Noruega - Inglaterra parece que la tecnología falló.