Corría el año 1971 cuando un pescador de Maine se topó con una foca huérfana de pocas semanas. Tras acogerla y alimentarla a base de biberones, el hombre decidió quedársela. La llamó Hoover. La amistad entre el hombre y la foca no duró mucho porque el tamaño del animal no tardó en convertirse en un problema, así que tomó la decisión de donarla al New England Aquarium de Boston, donde Hoover pasó el resto de sus días.
Lo habría hecho como cualquier otra foca de no ser porque, tras cinco años en el acuario de la ciudad, el animal empezó a hablar. Con frases como "hello there", "come over here", "hurry" y "hey hey", la foca Hoover parlante se convirtió en toda una sensación y como era de esperar, empezó a atraer la atención de los expertos. Igual que ocurre con ciertos mamíferos acuáticos, simios y aves, los expertos creen que este tipo de animales mantienen cierta relación con el rasgo evolutivo que nos permitió hablar a los humanos, y gracias a ese eslabón tienen la capacidad de imitar sonidos aprovechando su anatomía vocal. De hecho, Hoover ni siquiera fue la primera foca en hablar.
El caso de Jenny, una foca circense de 1959 que también imitaba ciertas palabras, demostraba que lo ocurrido con Hoover no era casualidad, que había alguna forma de empujar a las focas a imitar sonidos humanos. Ahora sólo faltaba descubrir cómo funcionaba ese sistema y por qué se reproducía sólo en ciertos animales. La clave estaba en el momento en el que las focas, aún sin saber reproducir sonidos, interiorizan los cantos de apareamiento que escuchan desde el nido. Al alcanzar la madurez sexual, esos sonidos vuelven a repetirse para avisar de su condición al sexo opuesto, y eso es justo lo que estaba haciendo Hoover.
La gran diferencia es que los cantos que escuchó en sus primeras semanas no fueron los de otras focas, sino los de aquél hombre que había estado cuidándola. Imagen | Steve Adams