Un simple cuadro de malestar estomacal veraniego suele despacharse en la consulta médica como una gastroenteritis común de veinticuatro horas. Pero cuando la descomposición se prolonga durante semanas, acompañada de una hinchazón abdominal extrema, los médicos apuntan hacia un enemigo mucho más serio. El consumo de productos agrícolas crudos sin el tratamiento higiénico adecuado está detrás del aumento de infecciones por microorganismos emergentes, con Estados Unidos como principal afectado, registrando ya miles de casos. Uno de los más complejos de rastrear es la Cyclospora cayetanensis, un patógeno unicelular que se aferra con fuerza a los alimentos frescos y cuyo ciclo biológico parece diseñado por un guionista de ciencia ficción. ¿Qué es la Cyclospora?
La ciclosporosis es una infección intestinal provocada por un protozoo microscópico que ingresa en nuestro organismo por vía fecal-oral. Según la documentación de la Asociación Médica Americana (AMA), una vez que el ser humano ingiere los ooquistes (la fase del parásito equivalente a un huevo protector), estos se abren paso de forma directa hacia el intestino delgado. Evidentemente, nadie hace esto de forma consciente. El contagio ocurre siempre a nivel microscópico a través de las vías de transmisión indirecta»: - Manos (falta de higiene): Es el caso habitual.
Una persona infectada va al baño, no se lava bien las manos con jabón y luego toca un pomo de una puerta, un billete, un teléfono o prepara la comida de otros. Quien viene detrás toca esa superficie, se lleva la mano a la boca (para comer, rascarse o morderse las uñas) e ingiere el patógeno. - Agua contaminada: Si las aguas residuales no se tratan correctamente y se filtran en ríos, pozos o redes de agua potable, las personas pueden infectarse directamente al beber de ahí o al bañarse en lagos o piscinas con fallos de depuración. - Alimentos lavados: Las frutas, verduras u hortalizas (como las lechugas o las fresas) que crecen a ras de suelo y se riegan con agua que contiene restos microscópicos de heces, o que se lavan con agua no potable, les adhieren el parásito. Una vez infectado, es en las paredes intestinales donde el microorganismo se reproduce y destruye las células epiteliales, provocando un síndrome de malabsorción. La Dra.
Rebecca Schein, especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad Estatal de Michigan, detalla que los síntomas son muy característicos: una diarrea extremadamente líquida y frecuente, que puede superar las tres deposiciones al día, unida a una sensación de plenitud y gases muy molesta. En personas con un sistema inmunitario sano, el cuadro puede remitir de forma natural, pero el proceso de expulsión puede demorarse más de seis semanas, alternando periodos de aparente mejoría con recaídas. A diferencia de las bacterias comunes, la Cyclospora presenta la particularidad de que los huevos expulsados a través de las deposiciones necesitan madurar en el exterior durante varias semanas de calor para volverse infecciosos. Esto significa que el contagio directo de persona a persona es muy curioso, ya que la transmisión requiere obligatoriamente un vehículo indirecto como el agua de riego o la tierra contaminada. ¿Cómo se trata la Cyclospora?
A pesar de tratarse de un protozoo, las terapias antiparasitarias convencionales suelen mostrar una baja eficacia frente a este patógeno. El tratamiento combina una serie de antibióticos específicos, concretamente el trimetoprima-sulfametoxazol (conocido comercialmente como Bactrim o Septra). Esta pauta médica suele prolongarse entre siete y diez días, logrando neutralizar la replicación del microorganismo y acelerando la recuperación de la mucosa intestinal. Recomendaciones de la FDA para evitarlo Para minimizar la presencia de estos ooquistes y de cualquier otra carga bacteriana en los vegetales que consumimos crudos, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos o FDA propone un protocolo de higiene estricto: - Lavarse minuciosamente las manos con agua tibia y jabón durante al menos 20 segundos antes y después de manipular los alimentos. - Cortar y desechar cualquier zona de la fruta o verdura que presente magulladuras o daños visibles donde el parásito pueda acumularse con mayor facilidad. - Enjuagar la pieza entera bajo el grifo antes de pelarla para evitar que el filo del cuchillo arrastre los patógenos de la piel al interior del alimento. - Frotar suavemente los productos bajo el chorro de agua corriente.
No es necesario emplear jabones ni desinfectantes específicos para alimentos, pero sí es sumamente útil usar un cepillo limpio para fregar hortalizas duras como pepinos o melones. - Secar los productos con un paño limpio o papel de cocina para eliminar por arrastre las bacterias restantes y retirar siempre las hojas más externas de lechugas y repollos antes de su consumo.