En Gaza, el genocidio no termina cuando cesan las explosiones; permanece en los cuerpos, en los rostros y en la memoria de quienes consiguieron sobrevivir. Una de estas historias es la de Najwa Abu Atiwi, quien sobrevivió a un bombardeo israelí. Pero desde aquel día su vida cambió para siempre. Hoy lucha por conservar el único ojo que le queda y por recuperar una vida que parece haberse detenido.
La vida de Najwa Abu Atiwi cambió por completo después ataque genocida israelí contra su vivienda en el campo de refugiados de Al-Nuseirat. Sobrevivió, pero el precio fue devastador: perdió a una de sus hijas y a su ojo derecho…Además gran parte de su rostro quedó desfigurado. Las heridas no son solo visibles. La explosión le provocó graves lesiones en la mandíbula que le impiden abrir la boca con normalidad, dificultando incluso algo tan básico como comer.
También sufre problemas respiratorios que complican aún más su día a día. Cada jornada está marcada por el dolor físico y la incertidumbre. Pero las cicatrices más profundas son las emocionales. Najwa asegura que el trauma es insoportable.
Sus propios hijos sienten miedo al verla. Su hija menor, de apenas dos años, vive con otros familiares porque no consigue reconocer a su madre y se asusta cada vez que la ve. Antes de la guerra, Najwa trabajaba como peluquera. Dedicaba sus días a cuidar de otras mujeres y a construir el futuro de su familia.
Hoy, sin embargo, ni siquiera puede soportar mirarse al espejo. La mujer que ayudaba a los demás a sentirse mejor lucha ahora por aceptar su propia imagen. Hoy, mientras intenta seguir adelante, su mayor temor es perder también el único ojo que le queda, por lo que espera poder salir de Gaza para recibir tratamiento adecuado. Ahora espera una oportunidad para reconstruir no solo su rostro, sino también una vida que quedó destrozada por el genocidio.
Huda Hegazi, Gaza mbn/tmv